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Las Fuerzas Indígenas del Protectorado (II)

Por Jesús Guzmán Villaverde
14/07/2026 - 04:30
Imágenes cedidas

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Del auxiliar indígena al soldado profesional: la evolución de las fuerzas indígenas españolas (1860-1911)

La desaparición de los antiguos Mogataces y de los Regimientos Fijos tras el abandono de Orán en 1792 no supuso el final de la colaboración entre España y las poblaciones musulmanas del norte de África. Por el contrario, la experiencia acumulada durante casi tres siglos demostró que la integración de combatientes indígenas constituía un recurso militar de enorme valor estratégico.

Durante el siglo XIX, la creciente importancia de Ceuta y Melilla, junto con la progresiva penetración española en el territorio marroquí, obligó al Ejército a desarrollar un nuevo modelo de fuerzas auxiliares. La guerra había cambiado, pero seguían siendo imprescindibles hombres capaces de moverse con rapidez por un terreno abrupto, conocer las rutas de las cabilas y obtener información donde los soldados peninsulares apenas podían desenvolverse.

Ese proceso de transformación conduciría, paso a paso, al nacimiento de una de las unidades más prestigiosas de la historia militar española: las Fuerzas Regulares Indígenas.

Las Fuerzas Indígenas de la Berbería: la recuperación de un modelo probado

La Guerra de África de 1859-1860 confirmó definitivamente que la defensa de las plazas españolas no podía depender exclusivamente de tropas llegadas desde la Península. Las operaciones demostraron que el conocimiento del terreno constituía un factor decisivo y que las antiguas experiencias desarrolladas con los Mogataces conservaban plena vigencia.

Con esta idea surgieron las Fuerzas Indígenas de la Berbería, organizadas oficialmente en 1864 para reforzar la seguridad de Ceuta y Melilla mediante personal musulmán encuadrado bajo mando español.

Estas nuevas unidades representaban una evolución respecto a los antiguos Mogataces. Su organización era más estable, su disciplina más rigurosa y su dependencia de las Comandancias Generales mucho más directa. Sin embargo, mantenían la esencia del modelo tradicional: soldados indígenas dirigidos por oficiales españoles y empleados en aquellas misiones donde su experiencia resultaba insustituible.

"Las operaciones demostraron que el conocimiento del terreno constituía un factor decisivo y que las antiguas experiencias desarrolladas con los Mogataces conservaban plena vigencia"

Entre sus cometidos figuraban la vigilancia de fronteras, el reconocimiento del terreno, la obtención de información, la protección de convoyes y la mediación con las tribus amigas.

Su uniformidad reflejaba igualmente esa doble identidad. Conservaban elementos tradicionales marroquíes, como la chilaba, el burnús y el turbante, pero fueron incorporando progresivamente prendas reglamentarias españolas, simbolizando así la transición entre las antiguas tropas auxiliares y las futuras unidades militares permanentes.

Melilla y el nuevo escenario africano

La segunda mitad del siglo XIX estuvo marcada por una creciente presencia española en el norte de Marruecos. La presión internacional sobre el sultanato, el interés de las potencias europeas y la importancia estratégica del Estrecho situaron nuevamente a Ceuta y Melilla en el centro de la política exterior española.

Sin embargo, el territorio rifeño presentaba enormes dificultades para cualquier ejército convencional. La abrupta geografía montañosa, la fragmentación tribal y la guerra de guerrillas convertían cualquier operación militar en una empresa extremadamente compleja.

Los oficiales españoles comprendieron muy pronto que la victoria no dependería únicamente del número de soldados o de la superioridad del armamento, sino de la capacidad para adaptarse a una forma de combatir completamente diferente a la europea.

Era necesario crear fuerzas capaces de pensar y actuar como el enemigo sin dejar de pertenecer al Ejército español.

Los Moros Tiradores del Rif: el primer paso hacia la profesionalización

Ese cambio comenzó a materializarse en 1909.

La campaña desarrollada en torno a Melilla, y especialmente el desastre sufrido en el Barranco del Lobo el 27 de julio de aquel año, puso de manifiesto las graves limitaciones de las tropas peninsulares frente a los combatientes rifeños.

Las emboscadas, el dominio del terreno y la extraordinaria movilidad de las cabilas obligaban a replantear completamente el sistema militar español.

El comandante general de Melilla, José Marina Vega, impulsó entonces la creación de una nueva fuerza integrada por indígenas leales a España: los Moros Tiradores del Rif.

Organizados oficialmente en septiembre de 1909, estaban formados por soldados rifeños bajo mando de oficiales españoles.

Su misión consistía en realizar reconocimientos, proteger convoyes, asegurar las líneas de comunicación, custodiar posiciones avanzadas y participar directamente en operaciones de combate.

La unidad destacó inmediatamente por su capacidad para desenvolverse en el terreno montañoso, su resistencia física y su profundo conocimiento del idioma y de las costumbres locales.

Su eficacia confirmó definitivamente que el futuro de las operaciones en Marruecos pasaba por integrar combatientes indígenas dentro de estructuras militares permanentes.

Las Harkas: la guerra tribal al servicio de España

Junto a estas primeras unidades permanentes continuaron utilizándose las Harkas, fuerzas irregulares reclutadas entre tribus amigas para operaciones concretas.

La palabra árabe harka significa literalmente “expedición” o “movimiento militar”, reflejando perfectamente su naturaleza temporal.

Estas agrupaciones no constituían unidades permanentes. Se organizaban para una campaña determinada y, una vez finalizada la misión, regresaban a sus respectivas cabilas.

Su principal ventaja residía en la extraordinaria movilidad y conocimiento del terreno. Actuaban como exploradores, guías, fuerzas de flanqueo o guerrilleros, hostigando continuamente al enemigo y proporcionando una valiosa información a los mandos españoles.

Sin embargo, presentaban importantes limitaciones.

Su lealtad dependía con frecuencia de acuerdos económicos o tribales; carecían de disciplina militar homogénea y su organización variaba considerablemente de una harka a otra.

Además, el mando español debía negociar continuamente con los caídes y jefes tribales, dificultando la unidad de acción.

Pese a ello, las Harkas constituyeron un auténtico laboratorio táctico del que surgirían las futuras fuerzas indígenas permanentes.

Dámaso Berenguer y una idea revolucionaria

Entre quienes mejor comprendieron las posibilidades de aquellas tropas destacó el teniente coronel Dámaso Berenguer Fusté.

Berenguer observó que los combatientes indígenas reunían cualidades excepcionales para la guerra en Marruecos: conocían cada valle y cada barranco, hablaban los dialectos locales, dominaban las tácticas de combate irregular y poseían una extraordinaria resistencia física.

"El comandante general de Melilla, José Marina Vega, impulsó entonces la creación de una nueva fuerza integrada por indígenas leales a España: los Moros Tiradores del Rif"

Pero también era consciente de sus limitaciones.

Mientras las Harkas continuaran siendo fuerzas temporales, ligadas a intereses tribales y con escasa disciplina militar, nunca podrían constituir una verdadera fuerza de choque.

La solución consistía en conservar todas sus virtudes y eliminar sus defectos.

Era preciso crear una unidad permanente, perfectamente organizada, instruida según los reglamentos del Ejército español, equipada con armamento moderno y sometida a una cadena de mando estable.

Aquella idea transformaría por completo la historia militar española en el norte de África.

El nacimiento de los Regulares

El 30 de junio de 1911 una Real Orden dio vida oficialmente a las Fuerzas Regulares Indígenas de Melilla.

Con aquella decisión culminaban más de cuatro siglos de evolución iniciados con los Mogataces de Orán.

Los nuevos Regulares conservaban el profundo conocimiento del terreno característico de las antiguas tropas indígenas, pero incorporaban disciplina, organización permanente, instrucción militar y una sólida cadena de mando dirigida por oficiales españoles.

Ya no eran auxiliares ocasionales ni guerreros contratados para una campaña.

Eran soldados profesionales.

Su creación supuso una auténtica revolución doctrinal para el Ejército español y marcaría el inicio de una nueva etapa en las campañas de Marruecos.

Un cambio decisivo en la historia militar española

Entre 1860 y 1911 España transformó completamente su forma de entender la guerra en el norte de África.

Las antiguas tropas auxiliares fueron evolucionando hasta convertirse en unidades permanentes capaces de combatir con la misma eficacia que cualquier fuerza regular europea, pero conservando las ventajas que proporcionaba el conocimiento del medio africano.

Las Fuerzas Indígenas de la Berbería, los Moros Tiradores del Rif y las Harkas constituyeron los escalones intermedios de un proceso de aprendizaje militar iniciado tres siglos antes.

Sobre esa experiencia nacerían los Regulares y, poco después, las Mehal-las Jalifianas, dos instituciones que protagonizarían las campañas del Protectorado y que alcanzarían un lugar destacado en la historia del Ejército español.

La historia de aquellas unidades demuestra que la adaptación al terreno, la integración de diferentes culturas militares y la capacidad para aprender de la experiencia fueron factores decisivos para la evolución de la estrategia española en el norte de África.

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