No es casualidad que el Viejo Continente comience a admitir que el conflicto bélico de Ucrania no se libra solamente en el campo de batalla. Porque lejos de su acepción de las trincheras, tanto los gobiernos como los servicios de inteligencia advierten con inquietud el incremento de sabotajes, ataques cibernéticos y un sinfín de hechos anómalos contra infraestructuras críticas.
Y es que lo que durante meses daba la sensación de ser sucesos esporádicos, ahora empieza a describir un modus operandi amenazador: una campaña híbrida en toda regla preparada para erosionar a los países miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
Los frentes de presión violenta crecen fundamentalmente en el Norte de Europa. Véanse los casos concretos de Alemania, Polonia, Estonia o Finlandia, quienes condenan interferencias GPS, u operaciones turbias o cuestionables de barcos rusos y daños sobre cables submarinos imprescindibles para las telecomunicaciones y el abastecimiento energético.
En tanto, se presume que Moscú evalúa la solvencia o resolución occidental mediante prácticas equívocas que originan inestabilidad política y económica. De hecho, el Mar Báltico se ha convertido en otro de los marcos de esta guerra sigilosa, previniendo sobre posibles desplazamientos de barcos rusos especializados y próximos a infraestructuras submarinas. En este contexto, Reino Unido afirma haber malogrado alguna maniobra submarina en el Atlántico Norte contra infraestructuras estratégicas.
La inquietud está servida, porque más del 95% del flujo global de comunicaciones financieras e internet estriba de cables submarinos. Un ataque conjugado tendría efectos inmediatos sobre redes militares, sistemas de comunicación y mercados europeos. Pero la influencia rusa no se circunscribe únicamente a la inmensidad de las aguas. La Oficina Europea de Policía (Europol) y servicios de inteligencia han identificado una acentuación de boicots cuajados mediante redes criminales y reclutas atraídos por la web.
Según informó el diario británico The Guardian, los analistas europeos presienten que Moscú maneja organizaciones herméticas para llevar a término ataques informáticos y operaciones de desestabilización sin dejar rastro alguno que permita adjudicarle dichas intervenciones.
Justamente, este es el núcleo duro de la denominada guerra híbrida: desenvolverse firmemente por debajo del umbral que produciría una respuesta militar convencional. La estrategia armoniza ciberataques, espionaje, presión energética, propaganda y sabotajes precisos capaces de desestabilizar, pero sin inducir a una guerra abierta. La Unión Europea (UE) cree que este patrón de operaciones se agrande conforme se dilata en el tiempo la guerra en Ucrania.
Mientras tanto, Moscú sigue robusteciendo sus capacidades de inteligencia y guerra cibernética. Informaciones divulgadas por el ya citado The Guardian desvelaron programas universitarios rusos afines al GRU, asignados a instruir especialistas en operaciones psicológicas y hacking. Occidente presagia que Rusia esté reubicando parte del enfrentamiento con Ucrania al interior de las sociedades europeas, explorando ensanchar el temor y deteriorar el apoyo político y económico de Kiev.
Con lo cual, Europa está detectando que la nueva guerra ya no se emprende con carros de combate rebasando los límites fronterizos. Esta puede abordarse bien con un cable amputado bajo el mar, o una interferencia sobre un aeropuerto civil. O si cabe, mediante un ciberataque contra una red energética.
De este modo, Europa ha hallado en el cielo su muro de contención. Y es ahí donde ronda la que muchos contemplan la herramienta que puede decantar la balanza: un segmento espacial que ensambla ejércitos, salvaguarda sistemas y activos indispensables para la sociedad y localiza hostilidades antes de que éstas se plasmen.
Desde comienzos de 2022, cuando Rusia arreció su ofensiva contra Ucrania, Europa interpretó que la seguridad continental poseía un flanco indefenso. Moscú no solo prosperaba con tanques y drones, sino con acciones dispuestas a amordazar sistemas, inhabilitar comunicaciones y exasperar a su contendiente. Luego, para resistir en un conflicto moderno requería agudeza visual para percibir detalles a distancia e instrumentos resistentes a agresiones que no dejaran agujeros y desconcierto.
Por eso, mientras la OTAN se readaptaba en tierra, Bruselas comenzó a trenzar una red reservada en el espacio. La argumentación era sencilla: si Rusia explota el universo como extensión de operaciones tácticas, Europa debe hacer lo mismo, pero mejorado. Ahora, los satélites de navegación, los sistemas de alerta temprana y las antenas de espionaje se han transformado en una suerte de abrigo sideral que vigoriza la independencia del continente de cara a las amenazas externas.
El salto en la evolución es más profundo de lo que pueda considerarse. Hasta no hace mucho y en gran medida, Europa estaba en manos de la tecnología americana para mantener dinámicos sus sistemas de defensa. Pero el devenir reclama autonomía. La instauración de constelaciones como Galileo, que pugna claramente con el GPS, o Copernicus, esencial para avistar desplazamientos y movimientos terrestres y marítimos, ha destapado un período en la que Europa no admite supervisiones tecnológicas.
La guerra en Ucrania deja variantes inmediatas. Algunos satélites europeos delataron con presteza la puesta en marcha de tropas rusas hacia los límites fronterizos. Al igual que aspectos orbitales se convirtieron en evidencias concluyentes para fundamentar crímenes de guerra o pronosticar ataques.
Cuando Moscú pretendió obstaculizar señales o dejar sin internet a lugares específicos, la réplica europea fue tonificar los canales superpuestos, garantizar la ciber protección de sus redes y desenvolver infraestructuras más diseminadas. El caso es que si un nodo sucumbe, otro le toma la delantera. La defensa se encuentra en la cantidad, la resiliencia y la invisibilidad dependiente de sistemas que gravitan a miles de kilómetros, lejos de los drones kamikaze.
Y no se trata exclusivamente de no perderlos de vista, porque en medio del desbarajuste que causan los altercados híbridos entre lo digital y militar, los datos de observación terrestre pueden ser el extremo entre una nación interrumpida y un país prevenido.
“Mientras la disuasión nuclear fortalecía el equilibrio estratégico global, se sumaba otra forma de conflicto. Si acaso, una manera más imprecisa, manejable y complicada de atribuir. Me refiero a la guerra híbrida”
Desde adelantarse a los permisibles cortes de gas o electricidad, hasta preservar cables submarinos o inspeccionar vías comerciales, los satélites son los guardianes fijos de una Europa frágil, pero consecuente de sus fortalezas. A todo ello ha de añadirse un ingrediente geopolítico: el espacio traza autoridad y disuasión. Un continente capacitado para acomodar satélites que contrarresten acometidas rusas, envía un recado categórico: Europa desea autonomía estratégica y no traspasará su seguridad a quienes quieren menoscabarla.
La defensa espacial no corresponde sólo al presente, sino a una realidad potencial en el que Rusia, o cualquier otro actor opuesto, intente golpear infraestructuras sin traspasar fronteras, o sin lanzar un solo proyectil. Por lo tanto, la UE ha resuelto que sus escudos ya no son meramente metálicos, ni sus ojos meros radares en tierra. Actualmente están suspendidos en el silencio, inspeccionando donde el enemigo lo desconoce.
Con estas connotaciones preliminares, durante más de seis décadas la disuasión nuclear compuso la columna vertebral de la estabilidad estratégica global. No obstante, las guerras en Ucrania, Oriente Medio y Asia, confirman a todas luces que la posesión de armas nucleares ya no imposibilitan agresiones armadas, misiones secretas, ciber agresiones ni campañas de desgaste estratégico.
En este momento son los drones, la inteligencia artificial (IA), la guerra de la información y las funcionalidades combinadas en cuanto a las capacidades híbridas, las que determinan el alcance de los conflictos del siglo XXI.
Minúsculas tecnologías voltearon la historia de la humanidad con el calado que en su momento ocasionaron las armas nucleares. Las explosiones de Hiroshima (6/VIII/1945) y Nagasaki (9/VIII/1945), respectivamente, no solo aceleraron la terminación de la Segunda Guerra Mundial (1-IX-1939/2-IX-1945). Igualmente, estrenaron un nuevo tiempo estratégico en el que la supervivencia de los estados, pasó a subordinarse en la capacidad de echar por tierra al contendiente.
Ni que decir tiene que la presentación del arma atómica cambió de modo drástico la tendencia militar tradicional. Así, desde Carl von Clausewitz (1780-1831) hasta Helmuth Karl Bernhard Moltke (1800-1891), la guerra era entendida como un mecanismo político cuyo designio trataba disciplinar la voluntad al enemigo mediante el desgaste de sus capacidades militares. La irrupción del arma nuclear agitó ese discurso.
Por vez primera, el triunfo militar podía emparejarse al desmoronamiento sincrónico del ganador. De allí resultó el menester de perfeccionar una nueva hipótesis estratégica. Tal es así, que algunos escritores abrazaron esta mutación. Recuérdese literalmente el párrafo que puntearía la doctrina posterior: “Hasta ahora el objetivo principal de las fuerzas armadas era ganar guerras. De ahora en adelante, deberá ser evitarlas”.
Despuntaba así, el engranaje de la disuasión.
Para algunos autores la disuasión residía en persuadir al contrincante de que el precio de una operación estaría por encima de cualquier beneficio deseable. La importancia de la disuasión no permanecía tanto en la aplicación de la fuerza, sino en el convencimiento de su puesta en escena. La amenaza debía ser viable, plausible, proporcionada y concebida por el enemigo.
La sola efectividad de un arsenal nuclear no avalaba la disuasión, ya que lo realmente significativo era que el contrincante supusiera que el arsenal podría ser esgrimido en sus diversas formas.
Como es sabido, la Guerra Fría (12-III-1947/26-XII-1991) causó una incongruencia histórica: jamás antes la humanidad había acaparado parecida capacidad mortífera. Con todo, tampoco se desencadenó un conflicto directo entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Si bien, surgía la denominada diplomacia de la violencia, cómo la capacidad de provocar futuras pérdidas podía erigirse en un maquinaria política.

La razón de ser fue la conocida destrucción mutua asegurada. Ambos bloques conservaban la bastante capacidad como para replicar a cualquier acometida nuclear mediante un desquite catastrófico. Como es de sobra conocido, la tríada estratégica (misiles balísticos intercontinentales, submarinos nucleares y bombarderos estratégicos) patrocinaban la conservación de una parte importante del arsenal.
La deducción es sencilla: ningún mandatario o gobernante se tomaría su tiempo para vencer una guerra nuclear. La disuasión operaba porque el uso del arma comprendía el sacrificio estratégico. Conjuntamente, se constata otro elemento que suele soslayarse: desde 1945, ninguno de los actores principales volvería a poner en juego en combate armas nucleares. Con el transcurrir de los lapsos se asentó una manifestación política, moral y cultural distinguida como tabú nuclear.
Posteriormente, la esfera internacional propagó una progresiva reprobación hacia cualquier viabilidad de manejo del arma atómica contra poblaciones civiles. Los acuerdos de control de armamentos, el Tratado de No Proliferación Nuclear y numerosos pactos incrementaron esta predisposición.
En nuestros días, ningún dirigente puede no tomar en cuenta el elevado precio político, diplomático y moral que comportaría convertirse en el segundo individuo en dictaminar un ataque nuclear y lo que ello conllevaría.
Contradictoriamente, el logro de la disuasión comenzó a desbaratar su propia fiabilidad. Cuanto menos razonable resulta la utilización del arma nuclear, menos eficaz se vuelve como medio de contención habitual.
Mientras la disuasión nuclear fortalecía el equilibrio estratégico global, iba añadiéndose otra forma de conflicto. Si acaso, una manera más imprecisa, manejable y complicada de atribuir. Me refiero a la guerra híbrida, disponiendo a un tiempo acciones militares convencionales, guerra electrónica, fuerzas especiales, campañas de desinformación, ciberataques, coerción económica, sabotajes, uso de actores proxy, empleo masivo de drones e inteligencia artificial.
Su principal capacidad radica en maniobrar por debajo del principio que demostraría el crecimiento progresivo de acciones, ya que no explora obligatoriamente desarmar militarmente al enemigo, sino entre otros sinónimos: agotarlo, perturbarlo, desmembrarlo, atajarlo e inutilizar su esfuerzo político.
La guerra entre Rusia y Ucrania configura posiblemente el centro de investigación estratégico fundamental desde el punto y final de la Guerra Fría. Allí se confirmó una certeza que muchos teóricos no admitían: la posesión de armas nucleares no imposibilita embates convencionales.
Tómese como ejemplo, que Ucrania consiguió acometer bombarderos estratégicos rusos coligados a la tríada nuclear, mediante drones de bajo coste encubiertos en su zona. Este incidente aglutina un enorme alcance teorizante, ya que Rusia había defendido durante años que cualquier agresión contra activos estratégicos, justificaría sin paliativos una réplica nuclear.
Como quiera que sea, cuando estos activos fueron en efecto alcanzados, la represalia rusa llevaba la rúbrica convencional. De esta manera, la amenaza nuclear no cesó, pero indiscutiblemente vició su credibilidad.
La crisis reinante entre Irán, Israel y Estados Unidos, ratifica esta inclinación, debido a que el estado hebreo cuenta con uno de los sistemas de disuasión nuclear más avanzados del mundo.
A pesar de todo, Hamás atacó el 7/X/2023, Hezbolá lanzó miles de cohetes, los hutíes trastornaron la navegación en el Mar Rojo e Irán puso en marcha ataques frontales con misiles y drones.
Aun así, ninguno de estos actores se vio disuadido por la mera efectividad del depósito nuclear israelí. En contraste, Israel hubo de contestar con uñas y dientes mediante operaciones especiales, guerra electrónica, inteligencia, defensa antimisiles y ataques convencionales. O lo que es igual: ingenios propios de la guerra híbrida.
Otro hecho paradigmático forma parte de la colisión entre India y Pakistán durante 2025, pues ambos acumulan armas nucleares. Amén, que no detuvo el conflicto convencional más profundo entre ambos desde 1999. En esta ocasión, daba la sensación de que los arsenales nucleares salvaron el agravamiento, aunque no impidieron el combate.
"La inteligencia artificial, los drones, la guerra de la información y las funcionalidades combinadas en cuanto a las capacidades híbridas, son las que determinan el alcance de los conflictos del siglo XXI"
Dicho esto, podría sostenerse que la disuasión nuclear sigue operando para truncar la aniquilación total, pero ya no es suficiente para frenar ataques definidos. La irrebatible innovación militar del siglo XXI no es nuclear, sino tecnológica.
Para ser más preciso en lo fundamentado, un dron de algunos cientos de dólares se encuentra en condiciones de dar al traste con sistemas valorados en decenas de millones. Al igual que la inteligencia artificial aviva gestiones estratégicas antes contenidas a estados mayores, como ocurre con la guerra electrónica que inhabilita los sistemas de mando. Y qué decir de los satélites que facilitan inteligencia estratégica, comunicaciones y geolocalización, como las redes sociales son capaces de dar un golpe sobre la mesa y virar la voluntad política de cualquier sociedad. El nexo costo-beneficio se ha transpuesto: la asimetría alivia cada vez más al pionero, que al más fuerte.
Se tiene la opinión que la disuasión por castigo concede protagonismo de cara a la disuasión por negación. Ya no basta con amenazar, es preciso oponerse. Ahora, la anticipación transformadora se erige en una capacidad de influencia crucial como la capacidad ofensiva. Por lo que quien salvaguarda sus activos vitales, preserva sus comunicaciones, implementa inteligencia artificial, escuda sus redes y amortigua las acometidas sin colapsar, poseerá ventajas resolutivas.
En consecuencia, la respuesta de Europa ante cualquier conflicto híbrido, máximamente adjudicado a Rusia, se cimienta en una planificación concertada entre la UE y la OTAN. Y se encamina básicamente en afianzar la disuasión, robustecer la ciberseguridad, proteger infraestructuras críticas y repeler la desinformación.
Ante ello, estaríamos hablando de cinco ejes de respuesta con sus métodos y vectores que sucintamente estriban en la protección de infraestructuras críticas; ciberseguridad y resiliencia corporativa/organizacional; combate a la desinformación; gestión del espacio aéreo y, por último, centro de excelencia contra las amenazas híbridas.
Primero, los estados miembros están intensificando la inspección en cables submarinos de comunicación y gasoductos, tras producirse diversos sabotajes. Estos comprende operaciones navales combinadas y la fusión de información operativa. Segundo, por medio de la Directiva UE 2022/2555 y el plan de ciberdefensa de la UE junto con el marco político, Europa aumenta las directrices de prevención en los servicios esenciales para aislar ataques cibernéticos y hackeos.
Tercero, la UE ha mejorado equipos como el East StratCom Task Force para determinar, presentar y contrarrestar campañas de adulteración de información y noticias falseadas dedicadas a fracturar a la sociedad.
Cuarto, ante las irrupciones reincidentes de drones no identificados en estados bálticos y escandinavos, el bloque ha activado el establecimiento de sistemas de defensa aérea integrados y protocolos para invalidar drones como amenaza emergente.
Y quinto, el centro europeo de excelencia para la lucha contra las amenazas híbridas se halla situado en Helsinki (Finlandia). Este organismo bajo los auspicios de la UE y la OTAN facilita estudios, capacitación y pruebas prácticas para que los estados miembros y socios de la Alianza Atlántica se desenvuelvan de manera ordenada.
Evidentemente, tanto la Comisión Europea como líderes europeos instan a que la réplica se irradie a la defensa militar tradicional. De ahí, que los principales desafíos pasen por la asignación resuelta, consiguiendo identificar a los ejecutores de sabotajes y ciberataques con mayor prontitud; disuasión integrada, forjando un consenso preciso sobre las sanciones o un esfuerzo unificado para dar respuestas diplomáticas y económicas cuando un país es agredido y, por último, autonomía estratégica o soberanía, aminorando la sujeción tecnológica y militar con relación a potencias externas.
De lo expuesto en estas líneas, no ha de soslayarse que Estados Unidos se está apartando de su histórica declaración compartida de amenazas y de su compromiso multilateral con Europa. En este momento, la Unión ha de lidiar sola al aumento del envite híbrido de Rusia, mientras fortalece su resiliencia.
Ciertamente, la subordinación continua de Europa con respecto a la cooperación transatlántica para su seguridad, ha acabado en una desprotección sistémica. Conforme la política interna norteamericana se retira del multilateralismo, el estado americano deja de financiar o desguarnece entidades que en el ayer abogaron por la sinergia conjunta para contrapesar acciones de dominio.
El hecho confirmado de la inmovilización del Consejo de Comercio y Tecnología UE-EEUU, proyectado tiempo atrás como pieza clave de la cooperación digital, acentúa todavía más la marcha atrás de Washington. Estos componentes habían provisto preliminarmente un acoplamiento asentado en el reconocimiento simultáneo del menester de anular las amenazas híbridas, simbolizando la voluntad política de proceder en defensa de los intereses recíprocos.
No es baladí, que día a día esta conformidad se agrieta bajo el paraguas de la administración de Donald Trump (1946-80 años), cuyo retardo de la cooperación multilateral y de las alianzas enraizadas atenúan la respuesta combinada a las amenazas híbridas. Al mismo tiempo, la cercanía territorial de Europa a Rusia y sus interconexiones, frecuentemente unilaterales, modifican a más no poder las tácticas híbridas vigentes y venideras en algo mucho más turbulento dentro de la Unión que propiamente en Estados Unidos.
Llegados a este punto de la disertación, el desafío radica en desplegar capacidad institucional, tecnológica y geopolítica para afrontar los movimientos escabrosos de influjo y las posibles campañas de sabotaje, sin estar en manos de la coordinación o el apoyo de Estados Unidos. Así, esta encrucijada consiste en fraguar un procedimiento de resiliencia debidamente europeo, que contemple la infraestructura y la seguridad digital e informativa como partes integrantes de su soberanía, legitimidad democrática e idoneidad integral.






