Las recientes declaraciones de la plataforma animalista "Defensa Animal" contra la celebración de la Pascua del Sacrificio (Eid al-Adha) han vuelto a abrir un debate que, lejos de ser nuevo, exige ser abordado con serenidad, respeto y honestidad intelectual.
Toda sociedad democrática debe garantizar el derecho de cualquier colectivo a expresar sus convicciones éticas. Quienes defienden los derechos de los animales tienen pleno derecho a plantear sus argumentos y a promover una reflexión social sobre el bienestar animal. Sin embargo, ese mismo respeto debe extenderse también hacia las creencias religiosas, las tradiciones culturales y las prácticas que forman parte de la identidad de millones de personas en todo el mundo y de miles de ciudadanos en nuestra propia ciudad.
La Pascua del Sacrificio no es una simple práctica relacionada con el sacrificio de un animal. Es una de las celebraciones más importantes del calendario islámico y conmemora la disposición del profeta Ibrahim (Abraham) a obedecer a Dios, convirtiéndose en un símbolo de fe, entrega, solidaridad y compromiso moral.
Reducir esta festividad a una imagen de sufrimiento animal supone ignorar deliberadamente su dimensión espiritual, familiar y social. Durante estos días, miles de familias se reúnen, fortalecen sus vínculos, comparten alimentos y ayudan a quienes más lo necesitan. La carne obtenida del sacrificio no tiene una finalidad comercial ni lucrativa, sino que tradicionalmente se distribuye entre familiares, vecinos y personas vulnerables, reforzando valores de solidaridad y ayuda mutua.
Resulta llamativo que algunos discursos presenten esta celebración como una excepción moral inaceptable mientras la inmensa mayoría de la sociedad continúa consumiendo carne procedente de mataderos industriales donde se sacrifican millones de animales cada año. Quienes consideran legítimo consumir carne deberían, al menos, reconocer la existencia de una evidente contradicción cuando se condena exclusivamente una práctica religiosa mientras se normalizan otras formas de sacrificio animal mucho más masivas e invisibles para la opinión pública.
Además, en el caso concreto de Ceuta, la celebración se desarrolla bajo estrictos controles sanitarios y veterinarios. Los mataderos móviles instalados por la Ciudad Autónoma no existen para fomentar el sufrimiento animal, sino precisamente para garantizar que el sacrificio se realice dentro de unas condiciones controladas, supervisadas y ajustadas a la normativa vigente en materia de higiene, seguridad alimentaria y bienestar animal.
La existencia de veterinarios, sistemas de control sanitario, cámaras frigoríficas, espacios habilitados específicamente para esta finalidad y protocolos de supervisión responde precisamente al objetivo de minimizar cualquier sufrimiento innecesario y asegurar el cumplimiento de la legislación.
Sin embargo, existe otro aspecto que apenas aparece en este debate y que merece ser recordado. El Islam establece normas muy estrictas sobre el trato a los animales. La compasión hacia ellos forma parte de los principios fundamentales de esta religión.
El Corán y las enseñanzas del Profeta Muhammad (la paz sea con él) contienen numerosas referencias al deber de tratar a los animales con dignidad y evitar cualquier forma de crueldad. El maltrato animal no solo es rechazado, sino que constituye una falta moral dentro de la tradición islámica.
El Profeta Muhammad enseñó:
"Allah ha prescrito la excelencia en todas las cosas. Si sacrificáis, hacedlo de la mejor manera. Que cada uno afile bien su cuchillo y alivie el sufrimiento del animal."
Asimismo, prohibió que un animal presenciara el sacrificio de otro, ordenó evitar cualquier sufrimiento innecesario y condenó expresamente el maltrato hacia los seres vivos.
Por su parte, el propio Corán deja claro que el sentido último de esta celebración no reside en la sangre ni en la carne:
"Ni su carne ni su sangre llegan a Allah, sino que lo que llega a Él es vuestra piedad." (Corán 22:37)
Este versículo desmonta una idea fundamentalmente equivocada, la Pascua del Sacrificio no gira en torno a la muerte del animal, sino alrededor de valores espirituales como la obediencia a Dios, la gratitud, la solidaridad y la generosidad hacia quienes tienen menos recursos.
Por supuesto, en una sociedad plural existirán personas que no compartan estas creencias o que consideren que ningún sacrificio animal es éticamente aceptable. Esa posición merece respeto. Pero el respeto debe ser recíproco.
La convivencia no se construye imponiendo una visión moral única sobre el conjunto de la sociedad. Tampoco señalando o cuestionando tradiciones religiosas practicadas de forma legal y pacífica por miles de ciudadanos.
Ceuta ha sido históricamente un ejemplo de convivencia entre culturas, religiones y sensibilidades diferentes. Esa convivencia exige comprender que no todos pensamos igual, que no todos vivimos nuestras creencias de la misma forma y que precisamente la riqueza de una sociedad democrática radica en su capacidad para respetar esas diferencias.
Defender el bienestar animal y respetar la libertad religiosa no tienen por qué ser objetivos incompatibles. Ambos principios pueden convivir cuando existe voluntad de diálogo, respeto mutuo y reconocimiento de la diversidad.
Porque una sociedad verdaderamente libre no es aquella en la que todos piensan igual, sino aquella en la que personas diferentes pueden convivir respetándose mutuamente.
Abdelkamil Mohamed Mohamed







Que pesadilla con la religión.
Tienes esa tradición y esas creencias por casualidad, no porque sean las verdaderas.