El Recinto Sur, un barrio fragmentado de fisonomía andalusí, me recuerda al querido barrio del Albaycín de Granada o al barrio de los moriscos de Chefchaouen. De hecho, parece que el nombre de al-bayyazin viene a significar “barrio en pendiente o cuesta”, como nuestro abigarrado y laberíntico barrio de El Recinto, que sortea varias colinas y que se va encajando y ascendiendo entre el Pasaje Recreo Bajo, Pasaje Central, Pasaje Recreo Alto, Patio Castillo, el llanito, Pasaje de las Heras, calle Sevilla, Calle Túnez, Vista Alegre, Huerta de Asunción, Patio José Raggio, Patio Diamante, Montecillo... un dédalo de nombres cuyo plano no he sabido encontrar. En las laderas de la calle Molino, Huerta del Molino y pasajes perimetrales, adaptándose a la geografía del terreno, se apiñan cubos de divertidos colores, con una arquitectura popular de contrastada inspiración norteafricana: tapia alta y puerta pequeña en la fachada que da a la calle, ampliándose hacia dentro con zaguán, escaleras y patio o huerta. Los accesos peatonales y escalonados conectaban el Recinto Sur con el Recinto Norte para sortear los antiguos lienzos de las murallas defensivas y los bancales de las huertas.
El barrio empezó a poblarse y a urbanizarse de los siglos IX al XI, cuando el emirato y el califato de Córdoba. Es, pues, uno de los barrios más antiguos de la época medieval. El yacimiento de la Huerta Rufino, declarado Bien de Interés Cultural, forma parte de El Recinto, pero es de época posterior, concretamente del siglo XIV o época Marinida. Luego llegaron los portugueses y los españoles y el barrio se fue desmantelando y, progresivamente, fortificándose entre el siglo XVII y XVIII, de ahí su nombre de El Recinto: muros, baluartes, torres, fortalezas para defender los flancos Norte, Sur y Oeste de la península de la Almina. Surgen así el foso de la Almina, la batería del Pintor, Torre del Molino, Cuerpo de Guardia, San Andrés... ¡Me pierdo! Prefiero pensar en la vida civil. ¡Qué divertido tuvo que ser jugar en los terraplenes de El Recinto, sentarse a charlar en las puertas abiertas de las casas en las tórridas noches de verano. Me gusta imaginarme sus huertas en terrazas y las casas-patio con sus pozos y aljibes; dejarme mecer por el tintineo del agua de pequeñas fuentes... Me llega el olor a galán de noche y a jazmín, a limoneros, a plantas aromáticas, a higueras y parral; también a pan recién hecho y a leche recién ordeñada, a aceite y a vinagre.
Actualmente apenas quedan algunos despachos de comestibles y la famosa panadería El Molino, y quizás alguna costurera o modista; atrás quedaron los repartidores de leche, los carboneros y los pescadores que subían la captura del día gritando el producto a viva voz.
El Recinto sólo ocupa el 0,8% del territorio de Ceuta, pero es uno de los barrios más compactos y suigéneris de la ciudad. Muchas de esas huertas, con su antigua ganadería y su vaqueriza, sus zonas de juego y de recreo, sus casas autoconstruidas, han desaparecido y reconvertido en moles de bloques de pisos. Se han perdido espacios culturales como el Teatro Cervantes o los Multicines África, y quizás oratorios o masyid; apenas pude encontrarme en el barrio con dos mezquitas, esbeltas y deliciosamente decoradas, una con tonos amarillos, Abou Abbas Sebli, la otra azul y blanco, Masyid Qubââ. Probablemente haya más lugares de culto islámico porque en Ceuta hay unas 42 a 59 comunidades registradas.
Me cruzo con una mujer magrebí castellanizada con su pelo al aire y su camisa de la legión con bandera española. Le pregunto que si es del barrio. Ella me dice que no, que es de El Chorillo, pero que lleva mucho tiempo viviendo aquí, que el barrio ha cambiado mucho: “Antes era un barrio de barracas y arenal, con campo de fútbol; había más cristianos, pero han ido vendiendo sus casitas bajas y se han ido yendo; ahora quedan menos, pero la convivencia es estupenda y el barrio muy tranquilo; además, tiene unas vistas espectaculares al Monte del Hacho, al Estrecho y a los acantilados, junto a la playa de El Sarchal, que la consideramos nuestra”.
Empiezo a desandar el camino y vuelvo a pasar por los mismos recovecos sombríos que, de tan intrincados, estrechos y esquinados, estremecen, quizás porque guardan la memoria de los depósitos de cadáveres del antiguo Hospital de la Cruz Roja y de la necrópolis islámica de los siglos XIII y XIV. En los múltiples cruces de calles me voy decidiendo, según mi intuición o intentando recordar los colores de las casas; también hay flechas en el suelo que llevan a alguna parte, pero no sé a dónde. No se ve un alma, apenas unos albañiles portando ladrillos, alguna mujer o anciano de vuelta de sus quehaceres, y, de repente, el rugir de una moto acercándose. El barrio estaba limpísimo. Las fachadas lucían sus vivos colores como si estuvieran recién pintadas: verde, azul, rosa, amarillo, granate...
Estoy segura que el barrio esconde más tesoros que sólo sus convecinos conocen: el lugar de la era donde se aventaba el trigo, los molinos de viento y de sangre (de tracción animal), quizás un lavadero, un arroyo... lo desconozco; lo que sí creo es que si este barrio se encalara todo de blanco (o no) y se abrieran teterías, baños, restaurantes y tiendas de artesanía árabes, sería como otro Albayzín, un reclamo turístico para la ciudad y una oportunidad para ampliar las zonas donde convivan nuestras múltiples identidades.






