Ceuta volvió a mirarse anoche en el espejo de su propia identidad. Y lo hizo de la mejor manera posible: reivindicando la convivencia no como un eslogan institucional ni como una palabra vacía de sentido o contenido, sino como una forma de entender la vida y de construir sociedad.
La entrega del Premio Convivencia 2026 al escritor Amin Maalouf trascendió el carácter protocolario habitual de este tipo de ceremonias para convertirse en una reflexión colectiva sobre el momento que atraviesa el mundo. En tiempos marcados por guerras, polarización, fanatismos y discursos identitarios excluyentes, el mensaje lanzado desde el Teatro Auditorio del Revellín adquirió una dimensión especialmente poderosa.
No era casual que el reconocimiento recayera en un pensador cuya obra lleva décadas alertando de los peligros de convertir las identidades en trincheras.
Maalouf ha explicado mejor que casi nadie que el ser humano pertenece simultáneamente a múltiples mundos y que reducir esa complejidad a una única etiqueta conduce inevitablemente al conflicto. Su pensamiento resulta hoy más vigente que nunca.
Pero la gala no fue únicamente un homenaje a un escritor universal. Fue también una reivindicación de Ceuta. De esa Ceuta que muchas veces se observa desde fuera con simplificaciones y simplificidades injustas, pero que continúa demostrando cada día que personas de diferentes culturas, religiones y orígenes pueden convivir compartiendo espacios, afectos, preocupaciones y futuro.
Ese fue precisamente uno de los mensajes centrales de la noche. La convivencia no surge de la uniformidad, sino del respeto a la diferencia.
Ceuta no es ejemplo porque aquí todos piensen igual, recen igual o procedan del mismo lugar.
Precisamente es ejemplo porque, pese a las diferencias, la inmensa mayoría de los ceutíes ha aprendido que no existe otra alternativa que convivir.
Y esa enseñanza adquiere en estos tiempos un valor enorme. Especialmente en una época en la que el ruido, el enfrentamiento y el miedo parecen abrirse paso con demasiada facilidad en las sociedades democráticas.
Las palabras pronunciadas durante el acto, desde la reflexión humanista de Amin Maalouf hasta la defensa institucional de la convivencia realizada por Juan Vivas y Pilar Orozco, dejaron una idea clara: convivir exige voluntad, responsabilidad y compromiso diario. No es una meta conquistada para siempre. Es un patrimonio frágil que debe protegerse constantemente frente a quienes pretenden fracturarlo desde el odio, el prejuicio o la exclusión.
Por eso el Premio Convivencia sigue teniendo sentido veinte ediciones después. Porque recuerda algo esencial: que la paz social no depende únicamente de grandes discursos internacionales, sino también de lo que ocurre cada día en las calles, en las escuelas, en los barrios y en las relaciones cotidianas entre vecinos.
Este jueves, Ceuta quiso enviar precisamente ese mensaje al mundo. Un mensaje sencillo, pero profundamente necesario: frente a quienes levantan muros, siempre habrá ciudades dispuestas a tender puentes. Y pocas ciudades saben tanto de puentes como Ceuta.






