La ausencia de un servicio de incineración animal y la prohibición de trasladar animales fallecidos fuerzan a las familias a viajar a la península con sus mascotas aún con vida.
Lili tenía 15 años y medio. Fue parte de su familia durante toda una vida. Como cualquier ser querido, merecía una despedida tranquila, acompañada y digna.
Pero en Ceuta eso no es posible.
Tras una revisión veterinaria que no hacía prever un desenlace inmediato, su estado empeoró en cuestión de días: dejó de caminar, apenas comía y sufrió varios episodios convulsivos. Ante su deterioro, su familia tomó la decisión más difícil: evitarle más sufrimiento y dejarla descansar.
Fue entonces cuando apareció el verdadero problema.
En Ceuta no existe un servicio de incineración de mascotas. Y, además, cuando un animal fallece, su traslado fuera de la ciudad está prohibido. Esto obliga a las familias a tomar una decisión extrema: viajar a la península con su mascota aún con vida, si quieren poder despedirse de ella y conservar sus cenizas.
Eso fue lo que ocurrió con Lili.
En un estado muy delicado, su familia tuvo que trasladarla hasta Algeciras para poder garantizarle un final digno. Un viaje marcado por la angustia, el miedo y el dolor de saber que cada momento podía ser el último.
“No solo estábamos perdiéndola, sino que también vivíamos con el miedo de que muriera antes de llegar y no poder despedirnos como merecía”, explica su dueña.
Finalmente, Lili pudo descansar en paz y ser incinerada, pero lejos de su hogar. Su despedida no fue tranquila ni cercana, sino condicionada por la falta de medios en su propia ciudad.
Esta situación no es un caso aislado; es una realidad que afecta a muchas familias en Ceuta, que, en el momento más duro, se ven obligadas a tomar decisiones precipitadas y a desplazarse fuera de la ciudad para poder ofrecer a sus animales el respeto que merecen.
Porque, para quienes tienen mascotas, no son solo animales: son familia.
Y cuando se van, lo único que queda es el amor, el recuerdo… y la necesidad de poder decir adiós en paz.
Hoy, el encendido de las Murallas Reales de Ceuta no debería ser solo una luz más en la ciudad, sino un símbolo: un gesto por todos ellos; por los que se fueron sin despedida, por los que tuvieron que marcharse lejos para poder descansar y por quienes aún temen que ese momento llegue sin poder hacer lo correcto.
Que esa luz represente el amor que les dimos, la dignidad que merecían y la deuda que sigue pendiente con ellos.
Porque nunca debió ser tan difícil decir adiós.






