Hoy en Ceuta muchos vecinos han levantado la mirada al cielo sobresaltados. El estruendo de varios cazas sobrevolando la ciudad ha sacudido calles, casas y parques. El ruido ha sido tan intenso que ha provocado sustos, llamadas entre familiares, mensajes en redes sociales y la inquietud de quienes no sabían qué estaba ocurriendo.
Más tarde se supo que se trataba de un ejercicio de entrenamiento. Nada más que eso. Un ruido fuerte, inesperado, que no anunciaba peligro real.
Pero durante unos segundos o minutos muchas personas sintieron un pequeño sobresalto. Un latido más rápido. Una sensación de alarma.
Y eso invita a reflexionar.
Porque hay lugares en el mundo donde ese mismo sonido no es un simulacro.
En Gaza, cuando los niños escuchan el rugido de un avión de combate, no piensan en ejercicios militares ni en entrenamientos. Ese ruido puede significar que una bomba caerá en cuestión de segundos. Puede significar que deben correr o esconderse. Puede significar perderlo todo.
El sonido del cielo no es neutro allí. Es una advertencia.
Muchos niños en Gaza han aprendido a reconocer los diferentes sonidos: el zumbido lejano de los drones, el paso de los cazas, el silbido previo a una explosión. Son ruidos que interrumpen el sueño, las conversaciones familiares, los juegos en la calle o los momentos de descanso.
Y, sobre todo, son ruidos que se quedan dentro.
Porque el miedo no desaparece cuando el avión se va. El miedo permanece en la memoria, en la imaginación, y uno se pregunta si volverá a escucharlo.
Hoy, en Ceuta, ese estruendo solo fue un recordatorio fugaz de lo vulnerable que se siente el ser humano cuando el cielo ruge sobre su cabeza.
Para nosotros fue un susto e incluso nos podemos sentir seguros porque se trata de nuestro ejército.
Para muchos en Gaza, es la rutina.
Tal vez, experiencias como la de hoy deberían servirnos para algo más que comentar el ruido o el sobresalto.
Tal vez deberían ayudarnos a imaginar —aunque solo sea por un instante— cómo se vive cuando el sonido de un avión no anuncia un simulacro, sino la posibilidad de un muerte inminente.
Y, sobre todo, cómo debe sentirse un niño cuando el cielo deja de ser un lugar tranquilo y se convierte en algo de lo que hay que protegerse.
¡Viva Palestina libre!






