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Guerra sin nadie

Por Germinal Castillo
05/03/2026 - 07:45
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Imagen cedida

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Carl Sandburg (1978-1967) es, entre otras muchas cosas,   poeta, escritor, periodista, novelista y creador de literatura infantil. Tiene en su haber más de 40 libros y 1600 textos poéticos. Ganador de dos premios Pulitzer de poesía y un tercero de historia por una biografía de varios volúmenes de Abraham Lincoln, este norteamericano también cuenta con una nominación para el Nobel de Literatura. Muy pocos pueden presumir de haber construido un edificio intelectual tan impresionante.

Defensor de la clase trabajadora y de la Democracia, Carl Sandburg es uno de los importantes apoyos con el que cuenta el Movimiento por los Derechos Civiles en Estados Unidos y es el primer hombre blanco en tener el honor de recibir, en 1965, un reconocimiento otorgado por la Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color (NCCAP). Ahí es nada.

Claro que esto tiene una segunda lectura. Que tengan que existir en EE.UU organizaciones como la NCCAP para romper las barreras con las que se encuentran las personas de color, es todo un síntoma de cómo sigue el patio en el cortijo de Trump Imperator. Bueno será recordar, no obstante, que esta asociación existe desde 1901 y que, desde entonces, menos derechos civiles, mucho ha llovido en el país de la Estatua de la Libertad.

Volviendo a Sandburg, éste publica en 1936 un poema épico titulado “El pueblo, sí”. Estructurado en 102 secciones y 300 versos, el triplemente premiado por Pulitzer habla de la defensa de la Democracia, de la igualdad entre seres humanos, del crisol de culturas norteamericano y del poder de resistencia del pueblo. Esta porción de texto, del que se han inspirado plumas tan autorizadas como la de Mario Benedetti o Eduardo Galeano, es un diálogo con una niña que asiste a un desfile:

 

“La niña vio su primer desfile de tropas y preguntó:

-¿Qué son aquellos?

-Soldados

-¿Qué son soldados?

-Son para la guerra. Luchan y cada uno intenta matar todos los que pueda del otro lado

La niña se mantuvo quieta y estudiando la escena…

-¿Tú sabes… que yo sé algo?’ ‘

-Sí, ¿qué es lo que sabes?

-En algún tiempo ellos librarán una guerra y nadie vendrá”

 

En 1966, la escritora y activista por la paz, Charlotte E. Keyes y madre de un objetor de conciencia durante la guerra de Vietnam, parafrasea la réplica de la “niña de Sandburg” para escribir el artículo: “¿Qué pasaría si hubiera una guerra y no fuese nadie?”. Esta pregunta es, sin duda, el gran símbolo del pacifismo. ¿Utópica? ¿Prefiere conformarse entonces con la realidad?

Cargada de sentido común, esta pregunta nos pone frente a la comisión indiscriminada de asesinatos llamada guerra. En este AQ somos muy de Pep Guardiola cuando preguafirma “¿Cuantas guerras hay? Da igual, estoy en contra de todas”.

Así de simple. Así de contundente. Así de lógico. Así de humano.

El dirigente nazi Göring, en pleno rearme de la Alemania de Hitler con las posibles penurias alimentarias que ello iba a conllevar, dijo: “Los cañones nos harán más fuertes, la mantequilla más gordos”. Siguiendo la metáfora, ¿por qué siempre terminamos por exaltar los cañones antes que exigir mantequilla?

Pero, si está todo tan claro para todo el mundo…

¿Por qué aceptamos que tenga morir gente por atacar o defender los intereses de los de siempre?

 ¿Por qué seguimos consintiendo que los conflictos bélicos sean un maná infinito para quienes fabrican armas, aún y a costa de masacrar los pueblos?

 ¿Por qué seguimos cayendo en la trampa de aceptar que la razón de la fuerza siempre es superior a la fuerza de la razón?

¿Por qué nos tragamos, una y otra vez, el cuento de que hay pueblos predestinados a ser buenos y otros que, por lo contrario, son malos per se?

 ¿Por qué normalizamos que haya zonas siempre en conflicto permanente sin nunca preguntarnos las verdaderas causas de todo esto?

¿Por qué pensamos que granadas, carros de combate y fusiles de asalto crecen en los árboles y, si no lo pensamos así, por qué actuamos como sí fuera cierto ?

 ¿Por qué proseguimos contemplando como lógico que algunos se apoderen de las cosas del vecino a bomba limpia, a sabiendas de que somos los mismos de siempre los que pagamos las facturas de muertos y las otras?

 ¿Por qué nos tragamos alegremente, una y otra vez, denominaciones como “guerra patriótica”, “guerra quirúrgica”, “guerra selectiva”, “guerra justa” cuando en realidad quieren decir destrucción?

 Mi Hermano Jesús, Grande entre los Grandes, asegura que “la verdad” cocinada que nos hacen digerir son “realidades manipuladas para pasar por encima de personas indefensas”. ¿Por qué a nadie esto le parece mal? Y si es lo contrario ¿por qué no somos consecuentes con nuestros pensamientos de una puta vez?

¿Por qué consentimos que nos hagan emocionarnos más con el paso de la oca que con un paso de baile?

 ¿Por qué nunca caemos en que el dinero empleado en la guerra es NUESTRO dinero?

 ¿Por qué hemos terminado interiorizando que la Paz es tan sólo un (corto) espacio de tiempo entre guerras?

 Y, finalmente, ¿por qué agachamos servilmente la cabeza ante tamañas barbaridades para facilitar que se nos coloque mejor el collar de esclavo en la galera?

Mi Mañica preferida, asqueada de tanta hipocresía con respecto a la guerra, solía decir: “vivimos con temor al hecho de pecar porque nos espera el infierno en el más allá, pero nos es indiferente que millones de seres humanos mueran por los infiernos que creamos, o permitimos que se creen, en la Tierra”.

¿Y si, como como reza en un grafiti, empezásemos a asimilar que si el dinero es el nervio de la guerra, la cultura es el músculo de la Paz?

¿Y si hubiera una guerra y no fuese nadie?

Una vez más, la reflexión es suya.

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