Lo malo de ir haciéndose viejo es que nada te sorprende y todo lo anterior te parece mejor que lo que estás viviendo. Seguro que debe de ser porque entonces tenías doce o veinte o incluso treinta, los pulmones plenos, las ganas intactas y la curiosidad insaciable. Las noticias- en esta nueva época- te parecen reiteraciones, las políticas banales y los debates tan insustanciales que ves una foto pixelada de un paisaje y te pones a soñar cómo sería vivir allí, alejado de todos.
Las ciudades no son sino acumuladero de gente que vive y se multiplica y genera deudas. Siempre deudas porque todos los sistemas, no se engañen, sobreviven del dinero, del sudor y de la envidia. Posiblemente en los años 50 solo unos pocos escogidos por su patrimonio, ascendencia o currículo podían viajar, degustar o ver como cotidiano lo que ahora podemos ver todos por las redes. Se nos ha dado acceso a soñar despiertos, a democratizar los deseos, pero… ¿es cierto? Vemos hermosos viajes que otros hacen, casas impresionantes, carpinteros que transforman espacios, señoras que crochetean maravillas y abuelas que levantan pesas que no podría ni un antiguo forzudo de feria. Vemos, y lo queremos para nosotros… las labores, las reformas, las casas y -por supuesto- los viajes. Nunca se ha viajado tanto, nunca se ha movido tanta gente para seguir exactamente igual de idiota, porque contra lo que decía un sabio ver no es conocer, ni mucho menos entender. Supongo que, por eso, nos encontramos gente hasta en la sopa, maleducados, maledicentes y tan orgánicamente compuestos como los primitivos, pero eso sí mojándose el culo en una fontana de Roma.
No es una cosa nunca vista en los que ya viajábamos en los setenta cuando nos abríamos – como país- al extranjero recibiendo divisas por ello. No es raro que viéramos un guiri en pelotas picadas tomando el sol o que en un sitio pequeño y maravilloso como Tarifa se dieran ostias por coger primera fila en acantilados ventosos que antes maldecían los locales. Las caballitas, el pescaito frito, los mariscos de Cadiz, su Mercado, las callejuelas olvidadas donde Amparo Butrón y yo veíamos los pasos de Semana Santa, las plazoletas, los cines de verano, los colegios, o la gente que queríamos, ya no son nada más que masificación de turistas con muchas ganas de ver, fotografiar y pasar a otro chek list.
A mis veinte no solo no nos dejaban que fuéramos por Europa, sino que de dónde íbamos a sacar (estando estudiando) para hacerlo. Sé de un historiador muy prestigioso que siendo de familia numerosa y falto de recursos, se sacó toda su carrera dando clases particulares y hasta una noche tuvo que dormir al raso para poder seguir malviviendo.
Eso ha mejorado, los niños de ahora salen, ven, exigen y dan por saco.
En una sociedad en la que “peque, por favor, no” está a la orden del día, los niños están expuestos a las redes igual que las ciudades a los turistas.
Hemos cambiado de mentalidad a grandes saltos, haciendo -los que no queremos quedarnos atrás- paralelismos en la barra fija para que no se nos note el acartonamiento. Lo malo de irse haciendo viejo es la saciedad e intolerancia a los tontos, que debe quererlos mucho Dios porque los hace con plantilla para no cansarse las manos.






