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Eureka, una estafa

Por Germinal Castillo
20/02/2026 - 04:16
eureka-estafa-colaboracion-germinal-castillo
Imagen cedida

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“El mundo fue y será una porquería, ya lo sé

En el quinientos seis y en el dos mil también

Que siempre ha habido chorros

Maquiavielos y estafados

Contentos y amargados, valores y dublé

Pero que el siglo veinte es un despliegue

De maldad insolente ya no hay quien lo niegue

Vivimos revolcados en un merengue

Y en el mismo lodo todos manoseados”

 

Así describe, en su texto “Cambalache”, el argentino Enrique Santos Discépulo (1901-1951), la situación actual. Ese tango, cantado por el inmortal Carlos Gardel, también lo es por otro inmortal, Joan Manuel Serrat.

Ahora, todo el mundo se empeña en machacarnos con que “antes todo era color de rosa”, dando la impresión de que el velo de la inocencia se nos acaba de caer de pronto. Siento defraudarle con esta primicia: antes existía la misma proporción de malos que tenemos ahora y si me apuran, hasta más. Pero siempre es más fácil ser fatalista que ponerse manos a la obra para solucionar cosas.

A lo que vamos, las estafas existen desde que existe la falta de escrúpulos, que como, convendrá conmigo, no data de ayer y ni tan siquiera de antes de ayer.

Estafas increíbles son las que pavimentan el infierno de los codiciosos, cuyo afán por poseer les suele nublar la única neurona de guardia que tienen, o como diría mi Mañica preferida, “su corto conocimiento”. El caso es que el “Eureka, tengo una estafa” es más común y antiguo de lo que creemos.

Algunos estafadores se ganan la simpatía del público, y no se sabe muy bien si por su audacia o por la tontucia extrema del estafado. En la actualidad, aunque parezca mentira, siguen funcionando muchas estafas de las de toda la vida. Sin embargo, veamos algunos ejemplos del pasado.

Victor Lustig (1890-1947). Este austrohúngaro (actualmente sería checo) es un verdadero especialista en la materia.

En 1925 París vive “les années folles” y el dinero fluye. Lustig tiene conocimiento, mediante un artículo de prensa, de las quejas que produce el mantenimiento de la Tour Eiffel. No necesita más para activarse.

La Dirección General de Correos y Telégrafos de entonces es la responsable de la “Tour”, porque en todo lo alto se encuentra el sistema de radio y telégrafos. Lustig, autonombrándose subdirector general de la entidad gubernamental, cita, en el Hotel Crillón (Plaza de la Concordia), a seis altos empresarios del mundo de la chatarra. Rodeado de lujo, les explica que el Gobierno quiere vender el monumento más famoso de París. Insiste en que es un plan secreto porque no se quieren disturbios ni protestas al respecto de la venta. Hoy, ese truco no es posible, pero debe recordarse que la obra de Eiffel se construye sólo para la Expo Universal de 1889 y que tiene, en principio, carácter provisional.

Los codiciosos muerden al anzuelo y Lustig termina eligiendo a uno al que le sugiere pagar un soborno para quedarse con el contrato. Obviamente, el estafador consigue el dinero del contrato, más el del soborno. Cuando se descubre el pufo, el perjudicado renuncia a denunciar por miedo a las mofas. No es para menos.

Pero no contento con esta operación, Lustig intenta el subterfugio por segunda vez pero, en esta ocasión, no tiene tanta suerte y tiene que salir corriendo hacia los Estados Unidos para no ser detenido.

Una vez en Nueva York le vende, a otros tantos incautos, una máquina de fabricar billetes de 100 dólares. Lustig, que ya ha demostrado no ser tonto, convence a los incautos que la máquina sólo puede fabricar un billete cada pocas horas. Logra “colocar” varios de sus inventos a 30.000 dólares pieza. Cuando se dan cuenta de la estafa, es lógicamente tarde y Lustig está lejos.

Otro virtuoso del engaño es Arthur Ferguson (1883-1938). Sir Arthur (su ingenio se merece el título nobiliario que no tiene) vende a un turista norteamericano la estatua de Nelson en Londres. También vende el Palacio de Buckingham y el Big Ben. Todo a buen precio, claro. Como no se considera menos que Lustig, durante una visita a París vende también la Tour Eiffel para chatarra. Es descubierto y huye a Estados Unidos. Allí, vende la Estatua de la Libertad y alquila, a un ranchero de Texas, la Casa Blanca. Es finalmente detenido. A su salida de prisión, sigue con lo suyo con una multitud de estafas diferentes. Si el tema funciona, y el personal sigue picando, para qué cambiar.

Estas estafas están perfectamente documentadas, pero otras no lo están tanto, aunque el autor las ha escuchado en primera persona.

En la zona de la Bahía de Cádiz, en los llamados años del hambre (esos que ahora parece que nunca existieron), un representante vende las toneladas de patatas a un precio ridículo. No sólo las cantidades a pagar son muy pocas en un país carente de todo, sino que no se pide dinero por adelantado. Un chollo completo. La única condición es que se remitan los sacos de yute hasta el puerto de Cádiz, desde donde se llenan de patatas para reenviarlas a destino. Cuando el estafador logra cargar un barco entero de sacos de yute, desaparece al igual que los sacos, que terminan en Argentina. Bonita jugada.

En Málaga, en los años 50, otro artista del engaño se hace pasar por el director general de una gigantesca fábrica de aceite implantada en plena capital de la Costa del Sol. Tras llevar de paseo por las instalaciones a los estafados, donde simula dar órdenes metiéndose en las oficinas como si de verdad todo fuese suyo, logra vender toneladas de aceite de oliva a los incautos a un precio irrisorio. Le dejo adivinar el final.

También se habla del que vendió el tranvía de la Alameda de Málaga o el jefe de esa banda que, vestido con bata blanca y acompañado de un “operario” con metro en mano, entra en una tasca de la Plaza de la Merced y, sin mediar palabra, hace una cruz con una tiza en la barra de madera. Al salir, y sin mirar atrás exclama “perfecto, hemos encontrado el punto. ¡Aquí es!”.

El dueño del bar, asustado, no entiende nada hasta que un cliente, casualmente, dice conocer al “ingeniero del ayuntamiento”, al de la bata. Le explica que la nueva avenida va a pasar por su bar, y que la cruz corresponde al emplazamiento de la alcantarilla. Como es lógico, se ofrece mediar a cambio de una bonita cantidad de dinero para parar la obra. Estafa realizada.

Mi Mañica preferida aseguraba que en estos casos no se sabía muy bien quién era más culpable, el sinvergüenza estafador ingenioso o el incrédulo dispuesto a ganar dinero fácil.

El caso es que, para que una estafa funcione de verdad, siempre tiene que existir un incauto esté dispuesto comprar a buen precio, aunque sea humo. Pasa mucho en política.

Una vez más, la reflexión es suya.

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