No sé si han llegado a pensar que las modas son como olas. Por eso ahora, los bazares asiáticos están de capa caída y los estudios de láser en aumento. Quizás por eso mismo, las intagramers se operan los pechos a menguantes y las jovencitas se buscan los euros, crocheteando por redes.
Va a ser cierto que solo hay que vivir lo suficiente para ver pasar al cadáver de tu enemigo o -al menos- ver su réquiem visual en Facebook.
Si hablamos del Tiempo, me viene a la memoria las modas depilatorias de los 80, los peinados que osábamos llevar o lo naif qué éramos. Nada que ver con estos receptáculos llenos de visualidad y luz, con máquinas que te hacen" bello" sin dolor, por un módico precio. Nada, pero absolutamente nada, que ver con esa señora que te sacaba los pelos a jalones patrios en su propio cuarto de baño, improvisando con una olla calentada de cera hirviente al gas butano, sobre una púber velluda en total desventaja. Y no era lo peor de la época, ya les digo. En los láseres, no hay duda alguna, hemos mejorado. No en la educación, ni en la calidad sexual. Ahora creen que hacen lo que les pide el cuerpo, pero ya les digo que nosotros nos lo currábamos mucho más, sobre todo de mente. Quizás por lo difícil- porque el pecado calentaba lo suyo, pero te ataba de pies y manos-lo apreciábamos más en cada minuto que rascábamos para ello. Porque no olvidemos que era tema principal de nuestra vida como el hambre en los concursos de supervivencia. Estaba ahí presente como si se fuera a quedar para siempre, de igual modo que nos acomplejaban el tamaño mínimo de nuestros pechos y, sin embargo, ahora son símbolo de elegancia. No lo nombrábamos, ni nunca llegamos a entonar un pene ni siquiera en susurros, pero ahí estaba el deseo y las ganas, más que cualquier otra cosa en nuestra adolescencia.
La vida transmuta como una serpiente cambiando piel, pero siendo siempre la misma serpiente. No sé si me gustará vagar por estos caminos que parecen tan cambiantes, pero solo estéticamente porque se basan en apariencias y falsedades, siendo lo bueno muy difícil de encontrar. A mí me gustaba el paseo por la vida, pero por quién iba acompañada, por sus pasos al lado de los míos, por dejarme espacio para respirar sin tener que pedírselo. Ahora creo que todo ha cambiado tanto que es complicado conocerse, llegar a entender a otra persona e incluso llegarte a entender a ti mismo porque hay tantas variabilidades, tantas posibilidades, que pasa lo mismo que si le das una tarjeta de crédito a un niño en una juguetería.
No es problema del pene ni la pena, sino de la esencia, que falta. Esta mañana conduciendo, después de tantas lluvias, de tanto tonto al volante que se cree que está solo en la carretera, de tanta vida sin ser vista, de indigentes invisibles que pasan por nuestro lado, un cielo rosado se ha puesto ante mis ojos para hacerme ver que aun me importa la vida masticada como un chicle de sabor infinito, no como uno gastado que le damos vueltas por pereza de sacárnoslo de la boca. Me ha dado por pensar que siempre habrá un cielo sobre los Toruños que fueron fenicios, romanos, iberos o la madre que los hizo tan maravillosamente perfectos en su simpleza y cotidianeidad. Porque la esencia es como el amor verdadero, no se va, no se destiñe, jamás se enrancia, ni aborrece.






