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Gente corriente

Por Germinal Castillo
29/01/2026 - 04:17
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Imagen cedida

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Desde el 20 de noviembre 1945, hasta el 1 de octubre 1946, se desarrollaron, en la ciudad alemana de Nuremberg, unos juicios contra los 24 principales dignitarios nazis.

Si bien, obviamente, no fueron los únicos juicios que se llevaron a cabo contra los causantes y colaboradores de la barbarie hitleriana, sí fueron los más significativos, si exceptuamos el de Adolf Eichmann celebrado en Jerusalén en 1961.

Al margen de los desgarradores testimonios de los 240 testigos citados y la lectura de las 300.000 declaraciones no menos dolorosas, hubo un denominador común entre los acusados de este juicio, y en los muchos que le sucedieron: todos aseguraban haber obedecido órdenes recibidas.

Desde el mariscal de campo hasta el soldado raso, desde el administrativo que organizaba los convoys hacia los campos de concentración, hasta el ama de casa que colaboraba con la Gestapo “porque era buena alemana”, todos y todas afirmaban haberse limitado a acatar órdenes de la superioridad.

Con la salvedad de las honrosas excepciones que aún no habían sido aniquiladas por el régimen, el global de la masa anónima asistía, de cerca o de lejos, a las masacres, transformándose en testigos indiferentes, cuando no entusiastas, de la brutalidad totalitaria.

Es decir, los peores crímenes contra el género humano se habían llevado a cabo bajo un denominador común: la obediencia ciega a la autoridad, combinada, eso sí, con la vil y normalizada aceptación de los crímenes.

Aquella cuestión de subordinación extrema que nadie entendía, o que nadie quería entender, quedó en suspenso.

Sin embargo, en 1961, el psicólogo norteamericano Stanley Milgram, de la universidad de Yale, decidió hacer una serie de experimentos para poder resolver la duda suscitada en Nuremberg. Obviamente, el supuesto enigma terminó resolviéndose por completo.

En primer lugar, Milgram reunió a 40 personas, a las que remuneró con una cantidad equivalente a unos 30 euros actuales. A esos 40 participantes se les asignó el rol de “Maestro”, que aceptaron sin pestañear. Se les explicó que la realización de cada prueba estaba bajo la supervisión de un “Investigador” que, en realidad, era un colaborador de Milgram. Para dar más realismo, a estos “investigadores” se les atavió con una bata blanca. La jerarquía quedaba establecida.

El mecanismo era terroríficamente simple.

A los “Maestros” se les colocó en una habitación, al mando de una máquina que producía descargas eléctricas. En frente, cada uno tenía a un “Alumno” atado a una silla, y con electrodos por todo el cuerpo.

Se detalló al “Maestro” ejecutor que el “Alumno” sería preguntado por una serie de cuestiones y que recibiría, por cada fallo registrado, un electroshock.

La particularidad añadida era que, si se acumulaban los errores, se debería aumentar sucesivamente el voltaje hasta alcanzar los 450 voltios máximos. Y, para que no hubiese posibilidad de equivocación, en el panel de control se habían etiquetados los interruptores con los letreros de “moderado”, “fuerte”, “peligro”, “descarga grave” y “XXX”.

En realidad, esos “alumnos” eran actores y las pulsaciones sólo activaban un sonido que marcaba la intensidad de dolor que debían simular. Si algún “Maestro” mostraba dudas, el “Investigador” intervenía con las siguientes frases preestablecidas desde el principio: “continúe, por favor”, “siga, por favor”, “el experimento necesita que usted siga”, “es absolutamente esencial que continúe”, o “usted no tiene otra opción, debe continuar”.

Si el “Maestro” preguntaba quién era el responsable de aquello, caso de que al “Alumno” le pasara algo, el “Investigador” contestaba que él asumía esa carga, con lo que el experimento proseguía.

Conclusión: todos los “Maestros” llegaron hasta los 300 voltios, y el 65% continuó hasta aplicar los 450 voltios máximos en varias ocasiones, y ello a pesar de los gritos y de las súplicas de los “Alumnos”. Ni uno de ellos se opuso a efectuar las descargas eléctricas. NI UNO.

Milgram concluyó que, entre otras cosas, tras un condicionamiento adecuado, el ser humano obedece a las órdenes de la autoridad y deja de lado los dictados de su conciencia. Estableció también que los individuos con personalidad autoritaria eran más obedientes, que este comportamiento no se diferenciaba por género y que SIEMPRE, SIEMPRE ante situaciones extremas, se tendía a justificar lo injustificable. De ahí el escudo del “yo sólo cumplía órdenes”.

Resulta evidente que el condicionamiento es, pues, clave y si la contaminación empieza desde una edad temprana, el daño es irreversible, o casi. Esto lo entendieron perfectamente los nazis y así lo replican a diario actualmente los aprendices a SS.

Por eso, desde “A QUEMARROPA” vamos a continuar propugnando el pensamiento crítico y el librepensamiento, las claves para que nadie pueda decir, libre y tranquilamente “yo sólo cumplía órdenes” tras gasear a miles de personas, o tirotear a inocentes en la calle, como hacen los paramilitares del ICE de Trump Imperator, aunque no sean los únicos.

Como bien decía mi mañica preferida, “le temo más a las orejeras que a las cadenas”. Razón no le faltaba.

Llegados a este punto, y para evaluar nuestro nivel de esclavitud, sólo queda preguntarnos hasta dónde seríamos capaces de llegar con el escudo de la obediencia debida.

Millones de torturados y asesinados esperan ansiosos su respuesta, allá donde estén.

 

Feliz reflexión.

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