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Hora Ø

Por Germinal Castillo
26/01/2026 - 07:41
Hora Ø
Imagen cedida
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Los tiempos que nos tocan vivir son oscuros, muy oscuros. A golpes de “esclaviómetro” nos han ido inoculando el virus de la aceptación, provocando nuestra aquiescencia ante cualquier situación de desigualdad, tanto propia como ajena. La ajena, más, obviamente.

Dosificada, esta letal infección social ha mandado a galeras esa parte del cerebro que reacciona ante las agresiones y las injusticias. Como bien saben los virólogos, la primera misión del virus es colonizar el cuerpo sano sin matarlo para poder seguir viviendo de él lo más posible.

El virus prefiere mantener en pie lo que le alimenta y, de hecho, invade otras células con el principal objetivo de reproducirse y perpetuar la especie. Dicho de otra forma, las infecciones víricas aprovechan el mecanismo reproductivo de las células vivas que actúan como huésped. Y, cuando ya nada más se puede sacar de la carcasa ocupada, el virus termina por liquidar lo que queda de vivo (según el tipo de virus, claro) para saltar a otro organismo sano al que poder explotar. ¿Le suena?

El problema es que, tanto los virus como los sistemas autoritarios, no corrompen de unidad en unidad, sino que atacan en masa y son miles, o millones el número de afectados. La diferencia estriba en que los gérmenes no hacen distinción en sus ataques. Todos somos objetivos potenciales.

Con los despotismos, la cosa cambia radicalmente.

El Poder (el de verdad) siempre protege y salva a los suyos. Siempre.

Así, es complicado ver la aprobación de leyes que favorezcan a los de allá abajo (es decir, usted y yo), mientras que quienes viven en cercanías de las cúspides se sienten constantemente protegidos. Ahora y siempre. Eso sí, aún más abajo quedan los del inframundo, los que por no tener derecho no tienen derecho ni a ser. A esos, hasta nosotros los apaleamos a veces sin piedad alguna.

La gran pregunta es ¿por qué? ¿Desde cuando las gacelas defienden a los guepardos? o ¿En qué momento las gallinas han ido prefiriendo los zorros para velar por sus sueños?

Muchas son las técnicas ancestrales que se han empleado, y se emplean, para lograr algo que, fríamente analizado, no tiene sentido alguno: ir de nuestro propio pie a las mazmorras y pelearnos por colocarnos nosotros mismos las cadenas.

Aquí nada es nuevo, todo forma parte de un clásico de la opresión. Se paga mucho dinero para difundir noticias falsas, se crea un estado de alarma que sólo existe en las proclamas de los voceros a sueldo y se nos convence, con argumentos de brocha gorda pero eficaces, que no solo los más vulnerables son la causa de todos nuestros males y desgracias, sino que deben ser anulados o abatidos, según el caso y el lugar.

Si piensa que todo esto son fantasías, productos de un agorerismo desenfrenado, le invito a meditar si su sueldo y su modus vivendi son similares a las poderosas que, con sus sobras, pagan el festín de políticos y lacayos varios que les defienden. Sólo se trata de querer ver.

Como este “A QUEMARROPA” que, desde hoy, vive de nuevo su HORA Ø en esta contraportada, le deseo que le llegue también su particular HORA Ø para poder, por fin, distinguir al depredador de la presa.

Con los virus, al menos, tenemos una eficaz forma de combatirlos, la vacuna. Con el autoritarismo, el remedio es usted y su capacidad crítica de no dejar que le sigan intoxicando con el concepto de que le explotan y roban por su bien.

Si decide vacunarse, empiece a actuar. Si por lo contrario decide seguir por la misma senda, haciendo caso a los vencedores, ya sabe a quien le va a toca seguir perdiendo, además de los del inframundo, claro está.

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