No sé si les pasa, pero todo parece correr para no llevarte a ninguna parte. Antes, la jubilación era un descanso reparador después de tantos años de duro trabajo, pero ahora si no haces nada memorable parece que estás muerto. Es obligado el cuidado físico, no tanto el mental que debería, pero sí es verdad que nos miramos más, aunque quizás sin llegar a vernos. Me explico…vivimos en una sociedad de espejos, de creencias en marcas, tips digitales y mucho postureo que nos deja vacíos y rotos porque es imposible llevarlo todo a rajatabla. Antes, ya les digo, la vida era- o a mí me lo parecía -más pacífica y tranquila, mucho más relajada que esta competición donde siempre ves el culo de alguien delante. Nunca hemos estado suficientemente delgadas, aunque pecásemos de anorexia. Nunca hemos sido las más listas, ni mucho menos las más elegantes, ya de escribir bien ni les cuento. Había que destacar por algo, pero llegadas a nuestro primer atisbo de lo que va a ser el resto de nuestra vida, seguimos sin ser nada de lo que la sociedad espera de nosotras. Lo que sí hacemos es convertirnos en papel plegado, fotos pixeladas e historia pasada, porque todo-absolutamente todo- en este Planeta al menos, es pasable, destruible y perecedero, menos quizás el jodido plástico en el nos envolvemos hasta lo más infinitesimal. Los de mi edad, estamos obligados a hacer ejercicio, mantenernos en forma, cuidar nuestra salud y -encima- entablar relaciones. Los atardeceres se han hecho rancios, los paseos por la playa, cuidado de perros y las manos enganchadas, un meme de TikTok. Ya nada es cierto, todo es confundible porque el maquillaje anímico se ha hecho viral, las respuestas repetidas y los estados digitales, minimizados por su reiteración y envíos sucesivos.
Ya nada es real, porque hasta la masa de pan se hace frente a un móvil, metiéndonosla por los ojos para hacernos creer que media hora después de darle un par de plegadas, nos sale un bollo mejor que el de la panadería de nuestro barrio.
Las abuelas se han hecho instagramers, tiktoqueras y youtubers, no por dinero que algunas habrá que hagan caja, sino por estar más que por ser porque siempre lo fueron. Mi abuela lo era, mi madre lo era, la madre de Amparo lo era, acordándome cada día con más admiración y respeto de ellos , que de otros muchos que conozco por primera vez sin que me importen una mata de apio. No estoy nostálgica, sino coherente.
La playa es la misma que los fenicios navegaban, la arena quizás no, por las mareas, las corrientes y que estamos jorobando el medio ambiente a una velocidad terminal. La lengua se me seca de tanto decir lo mismo, sin desierto que se sorba mis lamentaciones, ni predicadores amigos que pasen por allí. Recuerdo a mi padre frente a la televisión diciendo a una novedad, esa ya la he visto, con el mismo tono que yo uso cuando pronostico que los de Chosen van a acabar fatal.
Lo viral no es el lomo en manteca de Vejer, ni las olas de tres en tres, ni los Levantes que destrozan azoteas, ni la sirena de Tabacalera, ni las palomas sarnosas de la Plaza de España, ni los uniformes de las Carmelitas que raspaban para sus mulas, ni el miedo o la incertidumbre porque no sabías lo que te iba a deparaba el futuro. Ahora sí lo sabemos, es lo bueno de entrar en esta nueva etapa en que destacas por tu invisibilidad, por tu poca paciencia, por tu mala baba y por tus chascarrillos. Nadie nos escuchará hasta que estemos muertas, porque a los mayores se nos desinfla la figura de autoridad, convirtiéndonos – al pegársenos los años-en niños de teta.






