Semana triste para los ceutíes que tuvimos la suerte de conocer a Enriqueta Ruiz Lillo, nuestra entrañable Queti. Se marcha una mujer muy querida, ejemplo de que en la vida no hay que rendirse nunca, y que atesoraba unas cualidades excepcionales.
Era honesta, trabajadora, solidaria, transparente... una buena persona en el sentido machadiano de la palabra.
Y eso que la vida no se lo puso fácil. Era una niña cuando el 28 de agosto de 1936 su padre, Ángel Ruiz Enciso, alcalde de Medina-Sidonia, apareció fusilado cerca de un parque de la localidad gaditana. Maestro de profesión, Ángel Ruiz, a pesar de juventud –tenía 38 años- estaba llamado a ser uno de los padres de la patria andaluza. Sólo estuvo cinco meses al frente de la alcaldía, pero en Medina-Sidonia (donde un colegio y una calle llevan su nombre) no olvidan los grandes avances sociales conseguidos en su corta pero fructífera gestión.
Después sufrió la muerte inesperada de su hermano Jacinto y la marcha a Estados Unidos de su otro hermano, el prestigioso escultor y pintor Ángel Ruiz Lillo, autor de la obra ‘La Dama de Ceuta’, esa increíble estatua de mujer que los ceutíes, a diferencia de los estadounidenses, no han podido contemplar. Ángel desarrolló su labor docente en la Universidad de Minnesota, donde fue querido y admirado por su obra de proyección internacional, pero incomprensiblemente sigue siendo un auténtico desconocido en su ciudad natal.
Queti superó todas estas trampas y muchas más que le tendió la vida con un sentido del humor admirable y el apoyo de una familia que la adoraba. A pesar de todos estos malos tragos, siempre tiraba hacia delante con una sonrisa. Y no se perdía un baño en su querida playa del Sarchal, una Feria, con su hermano Ángel, que siempre la visitaba los veranos, o unos Carnavales, con su amiga Laly Orozco.
Su antigua casa de la calle Canalejas se convirtió en un centro de encuentro de buena parte de los jóvenes ceutíes de los años 70-80. Por allí desfilaban los añorados Pepe Pacheco, Pepe Granados, Diego Sánchez Baglietto, José Enrique, Carmelo Tamajón... y también Luis Morales, Pepe García, Chiqui Artamendi, Javier Spiteri, Paco Sánchez, Andrés Lara, y tantos y tantos amigos. Sus puertas siempre estaban abiertas. Pero en el sentido literal de la palabra. Tirabas de una cuerda y entrabas sin avisar. Siempre eras bienvenido. Su madre Mercedes, su marido Ramón o sus hijos Mercedes, Jacinto, mi amigo del alma, Amparo o Marta se volcaban con todos los que nos sentíamos allí como en nuestra propia casa.
Con Queti se marcha una filosofía de vida que no volverá. Tuve la fortuna de visitarla este verano, en el mes de agosto, cuando había iniciado ya este viaje sin retorno. Lo hice en su nueva casa de la calle Canalejas, donde tuvo la suerte de poder regresar hace unos años, gracias al empeño de su hijo Jacinto en sacar adelante un bonito proyecto que lleva el nombre de “La Dama de Ceuta”. Y a pesar de su delicado estado, tuvo fuerzas para decir algunas palabras sobre su querido hermano y su gran obra. Lástima que Queti también se ha ido sin ver cumplido ese sueño, sin ver a “La Dama de Ceuta” en la ciudad que la inspiró.







