El 22 de marzo de 1933 debería haber pasado a la historia de la inmundicia humana en un calendario grabado con tinta de sangre. Pero, y como suele ocurrir, esa fecha quedó diluida como Día Mundial del Agua, justo después del Día Mundial de la Poesía, del Síndrome de Down, de los Bosques, o contra la Discriminación Racial. Poco más.
Ese día, que sigue al del inicio de la primavera, marcó un antes y un después de la historia de la Humanidad más reciente. El 22 de marzo de 1933 abrió sus puertas el campo de concentración nazi de Dachau.
A partir de ese día de marzo dio comienzo, tras esa terrible efeméride, fue la puesta en marcha de un elaborado entramado concentracionario que asesinó, de forma técnica, organizada y sistemática a millones de seres humanos, la mayoría judíos.
Pero antes de seguir, bueno será destacar que los nazis copiaron y adaptaron el sistema concentracionario soviético. Éste nació bajo los auspicios de Lenin tras la toma del Palacio de Invierno, el 7 de noviembre 1917 (25 de octubre si nos regimos por el calendario juliano).
En 1920 se oficializan los campos de concentración bajo el impulso de Lenin, Trosky y compañía, siendo el campo de Solovski (ubicado en el archipiélago del mismo nombre en el Mar Blanco) el primero de ellos. Ni el zar de todas las Rusias se atrevió a tanto.
Ahí fueron a parar anarquistas, socialdemócratas, francmasonas y un largo etcétera de todas aquellas que se rebelaban, o tan simplemente discrepaban, de Lenin y del régimen comunista. Todo está inventado.
En 1929 se cambió la apelación de “campo de concentración” por el de “campo de trabajo correctivo”. De ahí nacería el conocido “Archipiélago GULAG” que, oficialmente también, se daría por concluido el 13 de enero de 1960…aunque en la práctica todo fue, y es, muy distinto. Este sistema concentracionario terminó con millones de vidas en una organización que combinaba los trabajos letalmente forzados y la exterminación.
El apunte era necesario, y quizás un Vitriolo al respecto también se imponga. Veremos.
En la Alemania nazi, el incendio del Reichstag (parlamento alemán) fue la excusa perfecta para iniciar la barbarie.
Se acusó injustamente a un comunista polaco del atentado, se le sacó la confesión bajo tortura y se le asesinó. A partir de ahí la máquina infernal inició su marcha.
El incendio sirvió de excusa para aprobar leyes de excepción y con éstas, empezaron las detenciones. Diputadas socialdemócratas (con inmunidad parlamentaria incluida), comunistas, anarquistas, francmasonas, y cualquiera que osase elevar su voz de protesta, empezaron a ingresar en Dachau. Sin más.
Necesario es señalar que el propio Herman Goering reconoció, en un almuerzo ante varios generales alemanes en 1943, ser el autor del famoso incendio. Para sorpresa de nadie.

Primero a cargo de las camisas pardas nazis (las SA), los campos de concentración, tras “la noche de los cuchillos largos” (fecha en la que Hitler mandó fusilar a las SA), fueron gestionados y vigilados por las SS.
Las cosas, lógicamente, fueron a peor. A mucho peor.
Para muestra, una arenga que el jefe de las SS dirigió a sus tropas en el día en el que se hicieron cargo de Dachau:
“¡Camaradas de las SS! Todos sabéis para qué nos ha llamado el Führer. No estamos aquí para tratar a esos cerdos de ahí dentro de un modo humano. No les consideraremos hombres como nosotros, sino como hombres de segunda clase. Hace años que venimos aguantando su criminal naturaleza, pero ahora tenemos el poder. Si esos cerdos hubiesen llegado al poder, nos habrían cortado a todos la cabeza. Por ello no tendremos miramientos. Quien de entre los camaradas aquí presentes no sea capaz de ver la sangre, no es de los nuestros y debe renunciar. Cuantos más de esos perros matemos, menos tendremos que alimentar”.
Fin de la cita.
A partir de ahí empezó los asesinatos en masa de forma sistemática y calculada. Con las SS también empezó la era de los triángulos invertidos en los uniformes de las presas.
Triángulo rojo invertido para las presas políticas y de opinión (anarquistas, socialistas, comunistas, francmasonas, antifranquistas y cualquiera que estuviese contra el régimen nazi).
Rosa para los hombres homosexuales.
Negro para lesbianas, prostitutas, discapacitadas intelectuales, romaníes (posteriormente se les asignaría el marrón), vagabundas y demás personas catalogadas como asociales.
Amarillo para las judías.
Azul para las emigrantes.
Verde para delincuentes comunes.
El resultado es de todas conocido: millones de muertas en cámaras de gas, fusilamientos en masa y hornos crematorios.
¿Y qué se decía de esta barbarie?
Pues nada, absolutamente nada. Se utilizaban los socorridos “algo habrán hecho”, “mira como a mí no me pasa nada” o el típico y cobarde “esto es una manipulación de las judías americanas, porque nada de eso puede existir”.
Se trataba (y se trata también ahora) de negar la evidencia o de, como calificó Hannah Arendt, banalizar el mal. En definitiva, todas tranquilas y dóciles ante una barbarie que dejó en la historia cicatrices infectadas. El genocidio de Gaza, los regímenes franquistas, pinochetistas, argentinos o las propias dictaduras comunistas (pasadas o actuales, Rusia incluida) son buena prueba de que la infección ni tan siquiera ha sido detectada, o tomada en consideración.
Y en esas estamos.
¿Por qué? Porque la UE ha abierto la puerta a la creación de centros de deportación para migrantes fuera de la propia Unión Europea. Dicho de otra forma, ante la subida de la extrema derecha en todos los países miembros, Europa quiere endurecer las medidas frente a un fenómeno migratorio al alza que se produce por una situación de vida insostenible en los países de origen. Tal cual.
Hasta ahora se había pagado a gendarmes fronterizos como Turquía o Marruecos y se habían firmado acuerdos con algunos países africanos como Gambia, Senegal y Mauritania para frenar el flujo migratorio. Como fuese.
Ahora, le propinamos al asunto una nueva vuelta de tuerca hacia la extrema derecha. Sin inmutarnos damos luz verde a la posibilidad de instalar “centros de detención” para migrantes (los campos de concentración de toda la vida) en países que estén fuera de la Unión. Así, sorteamos las leyes proteccionistas de la UE. Esto es lo que hacen, a diario, los Estados Unidos con la base de Guantánamo, es decir acomodar y acomodarse en una zona de “no derecho”. Un “mátalo, pero poco” en toda regla. Ni más ni menos.
La italiana Meloni ya lo intentó con Albania, pero el marco jurídico no se lo permitió. El acuerdo ya citado viene a cambiarlo todo.
Podemos, pues, imaginar que esos países de fuera de la UE van a tener, si prospera la iniciativa, a decenas de miles de migrantes detenidas por el sólo delito de haber osado llegar a Europa buscando un mundo mejor. Y claro, las condiciones de detención se las dejo a su sabia y fértil imaginación. Si quiere ejercerla, claro.
El siguiente paso será, quizás, transformar esos Dachau de última generación en un neo mercado de esclavas donde iremos, sin carga de conciencia alguna, a buscar mano de obra cuando tengamos que recoger fresas o aceitunas. Robots de carne y hueso que se utilizan y/o desechan según el momento. Buen plan para la tierra de los Derechos Humanos.
A esos campos que se establecerán en Albania, Turquía o Libia (por poner sólo unas cuantas posibilidades) supongo que también les pondrán en el pórtico de la puerta de entrada el mismo letrero que le pusieron al campo de concentración de Dachau: ARBEIT MACHT FREI (El trabajo os hará libres).
Pero usted tranquila que, por ahora con usted no va, sólo concierne a negras y moras… a menos que esto sea el inicio de algo más.
Quizás mañana las que protestemos de viva voz también nos puedan mandar entre alambres de espino allá dónde el Euro no es moneda oficial. Luego serán las “inadaptadas”, según determine el líder de turno y luego vendrá el largo etcétera.
Pero tranquila, usted es “una persona de cuidado” y nada debe temer, ¿verdad?

De todas formas, usted tranquila porque si esto le parece una medida innovadora revise los manuales de la historia vergonzante, claro. En ellos comprobará como el Gobierno francés de Daladier (sí, sí, el mismo que firmó los acuerdos de Munich) encerró a todas las españolas, combatientes o no, en campos de concentración que, temiendo por su vida hubieron de exiliarse al acabar la mal llamada guerra civil española.
Desde 1939 se les amontonó en verdaderos campos de muerte como el de Argelés-sur-mer, Bourg-Madame, Auch, Le Bacarès o Saint-Cyprien.
Muchos establecidos en playas, miles de las prisioneras murieron de ingerir agua de mar al no haber agua potable. Un asesinato en masa voluntariamente olvidado. Al respecto, Federica Montseny escribió una obra maestra sobre el tema “Pasión y muerte de los españoles en Francia. Lectura obligada.
Y si, en algún momento, ha llegado a pensar que el pueblo francés, ante tamaño crimen contra la humanidad, se levantó, protestó, mostró su desacuerdo o tan siquiera dudó de la legalidad de la medida concentracionaria francesa, debo aclararle que, penosamente, nadie movió un meñique. Como dijo Abraham Lincoln “cuando el ser humano se acostumbra a ver los demás llevando las cadenas de la esclavitud es que acepta que, algún día, puede llevarlas él mismo”. Un mucho así se acerca. Brutal.
Quizás llegadas a este punto debamos recordar una obra del pastor luterano alemán Martín Niemöler en 1946, y cuya autoría fue injustamente adjudicada a Bertold Brecht.
El texto reflejaba perfectamente el ambiente vivido durante la época nazi y, desgraciadamente, va camino de asemejarse a lo que vamos a vivir en la UE si no ponemos pie en pared.
«Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio,
ya que no era comunista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
ya que no era socialdemócrata,
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
ya que no era sindicalista,
Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
ya que no era judío,
Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar».
Mientras que, como las vacas, usted va mirando plácidamente como van pasando los trenes, le puede también incluir al texto, entre convoy y convoy contemplado, que “cuando vinieron a por las migrantes, no protesté”.
He de reconocer que viendo toda ésta inmunda basura moral fascista consentida, alentada y hasta aplaudida, me avergüenzo de la condición humana. Espero que usted también. De verdad que lo deseo, sin mucha esperanza, eso sí.
En cuanto a la última frase del texto de Martín Niemöler, grábesela a fuego en el alma porque puede, me temo, que usted terminará empleándola para sí algún día más cercano que tardío.
Eso sí, no hace falta que recuerde que “el trabajo le hará libre” porque, tal y como transcurren las cosas, muy probablemente tendrá ocasión de leerla una y otra vez.
Nada más que añadir, Señoría.






