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Un espejismo de paz socavado por la cruda realidad que nos precede

Por Alfonso José Jiménez Maroto
27/12/2025 - 07:18
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Imágenes cedidas

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En el marco del Octogésimo Aniversario de la Organización de las Naciones Unidas (ONU): “Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas, decididos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra […], a reafirmar la fe en los derechos humanos fundamentales, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas, a crear condiciones que permitan mantener la justicia y el respeto de las obligaciones dimanantes de los tratados y otras fuentes del derecho internacional, y a promover el progreso social y mejores niveles de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad […], hemos resuelto unir nuestros esfuerzos para el logro de estos fines”.

Con estas primeras palabras se abrían de par en par las puertas del Preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas que entraba con ímpetu el 24/X/1945. Es algo así, como dar oídos entre las cenizas del olvido a casi un siglo quebrado y fracturado, una resonancia de serenidad en la Tierra. Hoy, aquellos principios afirmados entre los estragos de la guerra continúan exclamando.

En ellos, identificamos un ansia inmemorial, pero eternamente flamante, un anhelo que toma cuerpo en el tiempo y las generaciones venideras: la sed de un orden instituido en la dignidad, la justicia y la paz. Si acaso, es la misma fe que nos incita a salvaguardar con valor y entereza puentes que por medio del diálogo y el encuentro, nos engarcen a todas y todos para ser un único pueblo en paz. Años más tarde, los paradigmas que infundieron a la ONU siguen repiqueteando como un apelado más apremiante que en ningún otro tiempo.

Por aquel entonces, existían cincuenta países precursores y en la actualidad se suman ciento noventa y tres Estados miembros, prácticamente el conjunto de la comunidad de naciones. No obstante, los viejos conflictos bélicos y aquellos que percuten en nuestros días, más la carrera armamentística intemperante y el recelo y la desconfianza, persisten carcomiendo la cooperación entre los pueblos y abatiendo sus ilusiones. En tanto, la política internacional da la sensación de encontrarse subyugada más por estrategias de poder y el juicio de los intereses propios, que por vínculos fraternos asentados en el respeto al principio de la igualdad de derechos y la libre determinación de los pueblos, como se certifica en el Artículo 1, punto 2 de la Carta de las Naciones Unidas.

Aun sabiendo que la ONU no transita por su mejor momento, la interrogante inevitable que surge es si Naciones Unidas permanece desempeñando aquel mandato. Es innegable que la organización parece haber perdido algo de chispa en cuanto a su influencia y protagonismo.

El multilateralismo ya no es novedoso y lo bilateral brinda salidas más resueltas, ocasiona acuerdos prestos y se amolda mejor a la celeridad de los memorándums nacionales. Pero lo multilateral, aunque más parsimonioso y dificultoso, proporciona algo mucho más productivo: multiplicidad de expresiones, prodigalidad de visuales y la viabilidad de configurar consensos que dilucidan los intereses urgentes de cada Estado.

Con lo cual, prescindir de la ONU sería como escapar a una aldea global sin criterios.

No cabe duda, que Naciones Unidas ha de encarar numerosos reproches, pero juntamente defiende contra viento y marea una agenda estratégica que ningún otro foro puede desbancar por lo que hay en juego. Me refiero entre algunas, la prevención de conflictos armados, la lucha contra el cambio climático, la normalización de la inteligencia artificial, la gobernanza de la ciberseguridad, el procedimiento de los flujos migratorios, la disminución del hambre y la pobreza extrema y cómo no, la propagación de los derechos humanos.

Aunque no se aviven frenesís políticos diligentes, los sumarios anteriores son categóricos para el progreso y el bienestar de la sociedad. La ONU no siempre alcanza resultados determinados y tangibles frente a los retos del presente, pero como inicialmente planteaba, sería como recular a un espacio sin normas, donde la ley del más fuerte acabaría envalentonándose.

El repaso de estos años debe ser sensato. A nadie se le escapa que Naciones Unidas carga con diversos fiascos que importunan su caminar. Tómense como ejemplos, la invalidez de salvar genocidios como el de la República de Ruanda, o la apatía con la que se respondió en los casos de Bosnia o la República Federal de Somalia.

“Entre luces y sombras y al compás de un aluvión de censuras, la ONU enfrenta una crisis menos ostensible pero más aguda: la de su pertinencia”

Ni que decir tiene que esos desaciertos devoran la impresión de incompetencia. Al igual que forjan suspicacias en el sentir gubernamental, la actuación no tan notoria que se esperaría en conflictos de enorme calado como los de Ucrania y Gaza, lo que ayuda a la descalificación y la percepción de que la organización no responde con la contundencia que los tiempos requieren.

Pese a todo, es improcedente desentenderse de consecuciones como la eliminación de la viruela guiada por la Organización Mundial de la Salud, o el Protocolo de Montreal, el sistema internacional de protección de refugiados, las operaciones de paz que estabilizaron países como Mozambique, Namibia, etc., o en cifras aproximadas, los más de cincuenta y cinco millones de minas antipersonales anuladas, o los millones de niños rescatados por las campañas de UNICEF, son muestras visibles de que el multilateralismo puede surtir amplias recompensas. Es más, la identidad de los cascos azules en territorios como la República Democrática del Congo o Sudán del Sur atendiendo a civiles en peligro, engrandece el vigor del mandato fundacional de proteger la paz. Pero para quienes confiamos en la integración regional como herramienta de desarrollo y bienestar eficiente, el significado es instintivo: acoger con valentía el paraguas de Naciones Unidas.

Esta integración regional nos otorga incorporar fuerzas sumatorias entre vecinos, pero el multilateralismo global nos depara el molde universal en el que la totalidad de los países se hallan en pie de correspondencia.

De ahí, que más que desligarnos de la ONU, lo que se trata es requerir su reforma. Demanda órganos de decisión más desenvueltos, transparentes y específicos que no solo pronuncien la alegación de los gobiernos, sino igualmente y de alguna manera, la voz de los pueblos. A ciencia cierta, aquí aflora el tema capital: la irremisible revisión e incremento del Consejo de Seguridad, generalizando su hechura y ejercicio para proyectar el escenario geopolítico del siglo XXI.

El desafío de ahora pasa por democratizar una institución plasmada en el siglo XX, sin perder en el punto cardinal los valores y principios que le dieron fundamento.

Ochenta años más tarde de San Francisco se robustece la significación de que no existe paz potencial, sin reglas compartidas, ni seguridad sostenible, sin cooperación internacional. El planeta de ahora es más enrevesado, dividido e imprevisible que el de 1945, antecedente de su instauración. Inexcusablemente, por eso es imprescindible más multilateralismo y no menos.

Y aunque Naciones Unidas no se encuentre en sus mejores momentos, es el único foro que nos congrega a una misma cubierta. Reformarla, vigorizarla y proveerla de legitimidad no es un incongruencia e irregularidad, sino que es el término ineludible para avalar que la paz y la justicia internacional sean bienes colectivos y no prerrogativas de unos pocos.

En este sentido, interesa indicar que la atracción de cobijarse en el unilateralismo y en el raciocinio de la confrontación es tan poderosa como resbaladiza. Por lo tanto, es clarividente que el relato que privilegia los intereses nacionales sobre la cooperación, gana terreno exponencialmente en numerosos países.

El repliegue sobre sí mismos de algunos Estados que alzan muros físicos y emblemáticos, a la vez que desprecian los acuerdos internacionales y tratan de aminorar la política exterior a un arreglo de corto plazo está extendido. Por ende, el dilema reside que en un mundo interdependiente, ese proceder no produce mayor soberanía ni más seguridad, sino que paradójicamente causa retraimiento e inestabilidad.

Solo hay que fijarse en variantes como el cambio climático, la inteligencia artificial, la ciberseguridad, la proliferación nuclear y los flujos migratorios y cómo no, las crisis epidemiológicas como la que recientemente nos flageló y cambió para siempre nuestro modo de vivir, son manifestaciones que ningún estado puede afrontar aislado.

No hay milicia o fuerzas armadas, por muy poderosa que esta sea, ni presupuesto nacional capacitado para suplir lo que exclusivamente puede lograrse con la cooperación. Imaginar lo contrario resulta iluso en el mejor de las circunstancias e imprudente en lo deplorable. De cara a esas intimidaciones transnacionales, el multilateralismo no es una ostentación, sino un requerimiento estratégico.

Las Naciones Unidas cumple estos años en un intervalo complicado predominando los alegatos que las empañan. Pero lo indiscutible es que si éstas no militaran, habría que concebirlas. Y no solo concebirlas, valga la redundancia, sino dotarlas de más poder de resolución, legitimidad y democracia interna.

Hoy por hoy, la alternativa es patente: o restauramos la ONU para que pueda ser más virtuosa en esta centuria, o nos encogemos de hombros a un universo manejado por la ley del más fuerte. Quienes pensamos en la integración y la cooperación, no podemos titubear en qué flanco posicionarnos.

Dicho esto, en los años concurridos parece desenvolverse una penumbra sobre el devenir de la entidad, allende del forcejeo acostumbrado acerca de las derivaciones políticas malogradas de su acción.

En la valoración no debiéramos omitir el hecho de que la labor cada vez menos notable de la ONU en la geopolítica, se ha observado pródigamente enmendada por su desempeño como organización de ayuda humanitaria. Y aunque su ineficiencia no es sino fiel destello de la falta de capacidad de los Estados que la acomodan, especialmente los más poderosos, el desánimo repercute en su cometido preferente y la prevención de la guerra, haciendo decaer su lustre y facultad.

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Tampoco es una quimera que la ONU confronta una amalgama de retos que ponen en jaque su validez, autenticidad y hasta su disposición de perpetuarse como punta de lanza de la gobernanza global. Entre los principales cabría subrayar:

Primero, la aplicación habitual del derecho de veto por parte de los actores permanentes (EE.UU., China, Rusia, Reino Unido, Francia) ataja para mal el proceso de elegir una opción en conflictos clave. Evidentemente, esta coyuntura abate la credibilidad de la ONU como interventor neutral y crea enorme decepción en el resto de los Estados miembros, ante el cerco dado en el Consejo de Seguridad.

Segundo, numerosos naciones del Sur interpretan que la ONU irradia un orden mundial resultante del año 1945. La anomalía de seguir todavía sin una reforma el Consejo de Seguridad y el poder decisorio de África, América Latina o el mundo árabe, ceban la insatisfacción, en lo que se denomina crisis de legitimidad y representatividad.

Tercero, el apogeo de nacionalismos, más los antagonismos habidos entre las grandes potencias y el remedio a alianzas ad hoc, como la OTAN, G20, BRICS o foros regionales, menguan el protagonismo de la ONU como dominio central de concertación. O lo que es igual: desgaste del multilateralismo.

Cuarto, tanto el presupuesto ordinario como el que atañe a las operaciones de paz, estriban en gran parte de unas pocas potencias, lo que suscita inseguridad de cara a los recortes o presiones políticas. Obviamente, me refiero a la falta de recursos y dependencia financiera.

Quinto, las burocracias internas y los extensos procedimientos de negociación condicionan el peso de la ONU en crisis humanitarias, epidémicas o catástrofes climáticas, lo que lleva a la nulidad para contestar con premura.

Y sexto, entre los envites globales que la sobrepasan, llámense la ciberseguridad, la inteligencia artificial, el cambio climático, las desigualdades extremas o las migraciones masivas, sugieren contrariedades que reclaman participación a nivel integral, pero los Estados no siempre le confieren lo bastante la atribución a la ONU.

Posiblemente, el componente fundamental que le abruma como una carga sobre su futuro es la controversia de potencias principales que persiguen languidecer organismos determinados de la ONU, cuando sus resoluciones no concuerdan con sus alicientes e intereses.

En los últimos trechos, Estados Unidos, tanto bajo las administraciones demócratas como republicanas, contradice sin rodeos a las Naciones Unidas y sus entidades, incluidos sus órganos judiciales, cuando éstos deciden llevar a término su carta y el Derecho Internacional Humanitario.

De este modo, la ONU se halla bajo una presión sustancial, porque se han descabezado fondos críticos conforme se acrecientan las urgencias, al igual que se ha puesto en discusión su competencia para salvaguardar la paz y la seguridad. Conjuntamente de encarnar la organización internacional más universal y genuina del universo, la ONU ha confirmado fehacientemente su precisión en los espacios del afianzamiento de la paz, la lucha contra la pobreza extrema y cada vez más, en las esferas de la actividad climática y la gobernanza digital, comprendida la inteligencia artificial.

Luego, esta conmemoración de su creación podría ser una ocasión ideal para que los gobiernos de manera inminente, colocaran los soportes de la reforma que urge para remozar la ONU.

Y es que han abundado los planteamientos durante años, pero ninguna ha alcanzado buen puerto. Y si no prospera en la conformación institucional, irremediablemente quedará distanciada frente a los instrumentos más manejables.

A día de hoy, el multiplicador concluyente no es tanto externo como interno, en particular el empeño polítco de los Estados miembros, mayormente de las grandes potencias, de continuar esgrimiéndola como foro genuino para formalizar las cuestiones globales. Recuérdese al respecto, que la ONU despuntó como un pacto entre los ganadores de la Segunda Guerra Mundial. Amén, que mientras las grandes potencias contemplen que les resulta favorable, aunque sea como marco para habilitar enfoques, contener conflictos o encauzar cooperación, la ONU permanecerá activa.

En contraste, si es vista como un impedimento y se vuelca todo a foros similares, ésta perderá arraigo. De ahí, que a criterio de los expertos, no se encuentra en riesgo próximo de eclipsarse, pero sí de virar en redondo a ser irrelevante, si no consigue adecuarse y restablecer energías frente a un mundo multipolar, fraccionado y colmado de apuestas transnacionales.

Llegados a este punto, la ONU se ha mantenido como el único campo de encuentro para que los países oxigenen y pretendan zanjar sus disensiones por medio del diálogo y no las armas. Si bien, al consumarse el siglo XX, parecía viable que el paisaje internacional se ordenara en grandes bloques supranacionales, al modo de la Unión Europea.

Sin embargo, ese presagio y avidez técnica no se efectuó, porque el multilateralismo y el bilateralismo son los signos dominantes de la praxis internacional. Con todo, la ONU conserva un rol necesario como foro universal de afluencia y promotor de fórmulas, valores y deseos compartidos.

Vuelvo a insistir, que en los tiempos que corren su presencia es primordial para no decaer en los designios de una coexistencia siempre a la altura de los desafíos de la humanidad y de una correspondencia ecuánime.

En consecuencia, entre luces y sombras y al compás de un aluvión de censuras, la ONU enfrenta una crisis menos ostensible pero más aguda: la de su pertinencia. Su fuste se deteriora, su armazón se ha vuelto entumecido y su engranaje con las sociedades parece convertirse en indefinido. Pero tampoco son menos las tiranteces y proposiciones acentuadas por la polarización diplomática, ahora con oratorias henchidas de desaprobaciones cruzadas, acusaciones sobre agotamiento institucional y llamados inaplazables a reanudar el cumplimiento del sistema multilateral, donde quizás, la ONU sufre su asignatura pendiente: probar que todavía es relevante.

A pesar de todo, años más tarde no ha de quedar en el tintero varias conquistas y victorias de especial importancia, cuyo merecimientos pertenecen única y exclusivamente a la ONU.

Primero, en razón de la paz, el más incontrastable, pero no por ello minúsculo, es que no se ha llegado a la Tercera Guerra Mundial. Eso, de por sí, desenmascara que su trabajo infatigable y raíz de su génesis, ha cumplido su principal objetivo. A lo largo y ancho de estas ocho décadas, los cascos azules han tendido sus manos en todos los continentes con más de sesenta operaciones de mantenimiento de la paz.

Segundo, la ONU ha impulsado procesos de descolonización y la acogida de nuevos Estados miembros a la organización, alentando el proceso de independencia política de más de ochenta antiguas colonias, por lo que en este momento apenas quedan demarcaciones no autónomas, lo que totaliza un éxito histórico complicado de lograr sin su calidad.

Tercero, la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) adoptada por la Asamblea General (10/XII/1948), ha iluminado más de setenta Tratados Internacionales y es la madre del Derecho Internacional de los Derechos Humanos (DIDH).

“Ochenta años después, identificamos un ansia inmemorial, pero eternamente flamante, un anhelo que toma cuerpo en el tiempo: la sed de un orden instituido en la dignidad, la justicia y la paz”

En otras palabras: los patrones que nos conservan humanos.

Cuarto, la tarea preceptiva de Naciones Unidas ha sido determinante en la construcción de un esqueleto de Tratados Internacionales que sistematizan recintos centrales de la sociabilidad. Partiendo desde el Tratado sobre la No Proliferación de Armas Nucleares (1968) hasta la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados (1951), surcando por los Convenios de Ginebra y sus Protocolos Adicionales y la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados (1969).

Sin ninguna objeción, estos y otros mecanismos no solo han incrustado modelos universales, sino que han dado luz verde a que el Derecho Internacional Contemporáneo disponga de un fundamento técnico común.

Quinto, representaciones como el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA), han rescatado a millones de personas mediante la atención a refugiados, la distribución de alimentos, el amparo de la niñez y la réplica sanitaria. Estas organizaciones han cristalizado en actividades específicas la consecución humanitaria de la ONU.

Sexto, la Corte Internacional de Justicia (CPJ) fundada en 1945 como principal órgano judicial de la ONU, ha ayudado a apuntalar el Derecho Internacional Público (DIP), orillando innumerables forcejeos y controversias geográficas, marítimas y la explotación excesiva de la naturaleza. Su potestad jurídica ha reportado a la confrontación deductiva del método internacional, a cambio de la confrontación beligerante.

Séptimo, la Asamblea General de la ONU opera con ciento noventa y tres Estados en situaciones de escrupulosa igualdad. Una particularidad inexplorada en la historia de los lazos internacionales. Así, este foro patrocina la transparencia de los países y respalda la oportunidad de hacer consensos en torno a los múltiples desafíos de la humanidad. Siendo el único tablero en el que hay lugar para la amplia mayoría de las nacionalidades del mundo.

Y octavo, asido al producto anterior, la Agenda 2030 con sus aspiraciones de desarrollo sostenible, asentó el cuadrilátero más esperanzado de cooperación internacional en materia de paz, pobreza, equidad y medio ambiente. Su alcance está en que se ha prestado de norte magnético y propósitos previsores con los compromisos generales. Como colofón, lo que antes eran voluntades hechas añicos, ha comportado que los Estados regulen sus escaladas con indicadores comunes y expliquen y justifiquen sus acciones, decisiones y el uso de los recursos en un recorrido multilateral.

Finalmente, aunque en su balanceo con fluctuaciones incuestionables pueda revelarse un organismo fragmentado en asuntos de cooperación tecnológica y aceptación en que la ONU debe mejorar, pero al mismo tiempo, con fisuras profundas sobre los conflictos bélicos y humanitarios imperantes, carga sobre sí con una consigna existencial: convencer, acreditar y argumentar que sigue siendo el reflector y la guía para la paz y no un entorno de discursos superficiales.

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