Viajar en Shinkansen (tren bala) es una de las formas más cómodas y rápidas de trasladarse de una ciudad a otra por Japón. Lo más recomendable, si se va a visitar cuatro ciudades o más es comprar el Japan rail pass ya que los billetes de tren salen caros en Japón a no ser que vayas enlazando con cercanías y rompiéndote la cabeza para ahorrar unos miles de yenes. De todas formas es un tema a estudiar antes de llegar al país porque actualmente se ha encarecido bastante ese bono.
Salí con mi hija Gemmary desde la estación de Tokio, compramos asientos en el lado derecho para ver el monte Fuji con claridad al pasar por la prefectura de Yamanashi. Es majestuoso, verlo durante varios minutos con su cumbre nevada, inmenso. En unas pocas horas nos plantamos en la estación de Kyoto, de mucha menor dimensión que la estación de Tokio, estaba llena de turistas, mochileros, nativos de la ciudad esperando a familia llegar. Tardamos un rato largo en salir del gentío y llegar al hotel que, intencionadamente, reservé cerca de la estación por comodidad a la hora de trasladarnos a las afueras de Kyoto, ya que la íbamos a usar como base para ir a otras ciudades.
Kyoto fue la primera capital de Japón hasta que, en el periodo Edo, el emperador decidió llevar la capital a Edo (antiguo nombre de Tokio). Tal vez esa sea la causa de la cantidad de templos, santuarios y barrios con la arquitectura de la época. Personalmente me gusta más Tokio pero he de reconocer que el extrarradio de Kyoto es de una gran belleza y logrando salir de la ciudad la naturaleza lo invade todo, los cerezos en flor en primavera (sakura), el arce y el ginkgo en otoño (momiji) lo invaden todo de luz y color, tonalidades imposibles que transmiten equilibrio y un momento de paz para el Alma. Volviendo a la ciudad, todo es un caos de humanidad, no la recordaba con tanta gente la última vez que estuve, el turismo se ha duplicado, andar por las calles ya no es tan sencillo y el calor que nos acompaña tampoco facilita las cosas. Nos vestimos de samurái y geisha para subir al templo budista Kiyomizu-Dera e imaginar que andábamos por el antiguo Kyoto rodeados de comerciantes y ronin pero la realidad es que nos costó subir hasta el templo por la cantidad de gente que pululaba por la encantadora calle de Ninenzaka, a eso había que sumarle que el calzado que llevábamos de los trajes no invitaba a escapar. Después de mostrar respeto y pedir en oración en la entrada del templo, lo atravesamos con calma disfrutando de los detalles del interior y de las preciosas vistas del exterior que mostraban parte de la ciudad. Después andamos a las afueras del templo hasta que no quedó gente con la que cruzarse, tan solo el canto de los pajaros, el silbar del viento entre las hojas y ese embriagador aroma de tierra mojada mezclado con hojas que hacía del respirar un lujo. Al bajar aprovechamos para disfrutar de los jardines del templo Hokan-Ji pero al contrario que la última visita que hice, estaba lleno de gente. Nos marchamos dejando a nuestra espalda la pagoda Yasaka y un atasco de cientos de personas.
Madrugamos al día siguiente para disfrutar del bosque de bambú de Arashiyama, que se encuentra a las afueras de la ciudad. Llegamos temprano en tren de cercanía pero ya había gente andando por allí. Disfrutamos un rato de los altos troncos de bambú, callejeamos un rato pero terminamos yéndonos con la sensación de que todo en Kyoto estaba masificado. Paseamos por la ciudad y el gentío disminuía a medida que íbamos callejeando. El turismo era sota, caballo y rey, si callejeábamos un poco desaparecía esa sensación de ahogo que daba la desmesurada cantidad de gente.
Al dia siguiente nos dirigimos al santuario Fushimi Inari para ver atardecer desde lo alto y, al igual que el dia anterior, estaba atestado de gente. La diferencia fue que a medida que atravesábamos los cientos de toriis rojos y subíamos los mil doscientos escalones que había hasta la cima, iban bajando gradualmente el número de personas que hacían acto de presencia. Nos llevó algo más de una hora llegar arriba pero las vistas merecieron la pena. Nos fuimos de anochecida del santuario que la película ‘Memorias de una Geisha’ hizo famoso.
No es el turismo lo que quita encanto a una ciudad, es la falta de respeto y la incapacidad de amoldarse a la cultura nipona del mismo lo que, tanto a mi hija como a mí, nos entristeció y nos dio razones para huir de allí. La primera vez que fui aun se podían ver a geishas pasear por el pontocho sin que le molestaran las cámaras y podías tomar un autobús sin que hubiera jaleo dentro. Kyoto es una ciudad preciosa con gente encantadora que tiene mucho que ofrecer, llena de color y aromas inolvidables que merece la pena visitar.






