Claridad en las fronteras. Es lo que piden los empresarios de Ceuta y Melilla, pero parece que cuesta. Eso es lo que convierte a los pasos fronterizos con Marruecos en diferentes, en una especie de engendros que no se sabe bien cómo van a funcionar.
Todo depende del otro lado. Si Marruecos quiere, el tránsito es ágil. De lo contrario, te puede bloquear toda una ciudad. Lo ha hecho, como lo hace con la inmigración, aunque en la frontera lo que nos jugamos sean tomates y horas de espera, mientras que en el mar uno se juega evitar la muerte.
Así ha funcionado siempre, aunque ahora nos entreguemos a los discursos de fronteras inteligentes, gestiones, respeto y negociaciones. Eso queda muy bien sobre el papel, pero la realidad que manda en las trincheras es totalmente distinta.
Los empresarios de ambas ciudades ponen el foco en lo que no funciona, como los ciudadanos. Insisten en el régimen de viajeros, algo sobre lo que nadie parece querer hablar, en la dura discriminación ejercida a todo aquel que entra en el país vecino y ve cómo le quitan todo, hasta la leche del biberón, como le sucedió a un amigo mío.
Se creó una plataforma ciudadana que ha caído en el olvido. La misma que quizá se cansó de pegarse contra un muro viendo que por mucha protesta que se lleve a cabo nada cambia, todo sigue igual.
El Gobierno de España debería ser más claro en su discurso sobre las fronteras, hablando de forma valiente sobre los límites, porque los hay, en ese espacio compartido en el que acostumbran a suceder demasiadas cosas raras. Un paso de esta categoría no debe funcionar en base a mosqueos. Hoy lo hace.






