Se llama Manolo. Hoy es protagonista porque sencillamente no quiere que le maten a sus 26 gallinas, o, mejor dicho, que le obliguen a sacrificarlas. Manolo, sencillo, cuenta a cámara lo que suponen para él. También explica cómo adecentó una zona que era un auténtico vertedero para ofrecer algo digno para cuidar a sus gallinas. Ahora, eso que llaman normas y que se aplican cuando la administración quiere, se erige en excusa para instarle a este sacrificio. Yo lo llamaría matanza. Matanza ordenada por los políticos.
Manolo se emociona al narrar su situación. No concibe cómo existiendo leyes de protección animal a él le instan a matar sus gallinas. No lo entiende él ni muchos más ciudadanos cansados de ver las tropelías que se permiten en esta ciudad en donde parece que se ataca siempre al débil.
La maquinaria de la administración funciona solo para unos pocos. Para personas como Manolo parece que no. Las gallinas de Manolo no son solo gallinas, son parte de su historia. Pero la administración llega, ordena, tira de ley y mata.
Mientras tanto, una se pasea por partes de la ciudad en donde se permite de todo. Zonas en las que las construcciones, a pesar de ser ilegales, permanecen porque en la administración no hay bemoles de ordenar su derribo. Zonas en donde el descontrol impera, pero nadie se mete.
Manolo tiene a sus gallinas correctamente controladas, convirtió un vertedero en un lugar limpio. Ahora viene la Ciudad y le advierte que todo eso tiene que desaparecer, adoptando medidas drásticas en vez de otras posibilidades. Toda una vida tirada porque sí.
En esta ciudad se estila eso, que la administración rinda pleitesía a los poderosos, pero hunda después al pobre. La misma administración que mira hacia otro lado con auténticos despropósitos es la misma que quiere ordenar el sacrificio de las gallinas de Manolo o que derribó las escaleras que pacientemente había construido un anciano en Loma Colmenar. Espero que la protesta de este humilde señor llegue a donde debe. Espero que el alcalde salga de la urna de cristal, baje a la calle y se empape de esa gente a la que volverá a pedir el voto. Se empape de sus quejas, de sus querencias, de vivencias como las de Manolo, a quien su propia administración, su reino, le quiere obligar a sacrificar sus gallinas.
Vaya con este Ayuntamiento.






