A finales de julio de 2024 surge una oleada de disturbios racistas y xenófobos por todo el Reino Unido. El detonante es el asesinato de unas niñas en Southporth, de cuyo autor la ultraderecha acusa falsamente a un refugiado musulmán. Un año después, en Florida, el presidente Donald Trump inaugura el centro de detención para inmigrantes Alligator Alcatraz con comentarios “le vamos a enseñar cómo huir de un caimán si se escapan” y “no corran en línea recta”. El sábado 12 de julio de 2025 en Torre Pacheco (Murcia) se organiza una “cacería de inmigrantes” azuzada por la ultraderecha. Mientras tanto, Israel continúa con su estrategia de exterminio del pueblo palestino en La Franja de Gaza.
En estos estallidos de violencia late la amenaza del fascismo, el retorno de la obsesión por la política identitaria. Tras la ofensiva neoliberal, que ha destruido cualquier horizonte de emancipación social, un sector importante de la población mundial abraza agendas nacionalistas, y recurre a formas de identificación racistas.
Pero, ¿ha vuelto el fascismo? Es cierto que este término se utiliza a menudo para evitar un análisis detallado. Slavoj Zizek advierte que en ocasiones el fascismo funciona como una figura fetiche en el imaginario liberal de hoy, porque permite ocultar los verdaderos antagonismos que atraviesan nuestras sociedades. Pero no hay que olvidar que el filósofo existencialista Karl Jasper, en su libro El problema de la culpa (1946), distinguió entre el nazismo como hecho histórico y el concepto de nazismo, su significado esencial como fenómeno universal. El rasgo esencial del nazismo es la racionalidad del exterminio perfeccionado por la tecnología (Auschwitz). El nazismo histórico es un hecho que no puede repetirse, pero no podemos ignorar la propagación del nacionalismo y el racismo por el mundo contemporáneo. El supremacismo blanco está de vuelta, y se alimenta del odio y miedo paranoicos a un enemigo étnico-religioso externo, sobre todo el musulmán. Quizás sea importante, entonces, el análisis de las dinámicas sociales y psicológicas contemporáneas para comprender los últimos eventos políticos. En este punto, el filósofo italiano Franco “Bifo” Berardi, en su diagnóstico de la sensibilidad contemporánea, señala que con la transición tecnológica hacia el entorno digital hemos llegado a un punto decisivo en la disociación entre empatía y vínculo social. Su hipótesis es que la digitalización de la comunicación, con la consiguiente disminución del contacto físico, provoca patologías en la esfera afectiva y emocional. Las nuevas generaciones aprenden más palabras y escuchan más historias de la máquina digital que de sus madres. Esta creciente exposición a un flujo de información frenético reduce el tiempo para la tarea de elaborar la masa de estímulos que saturan la sensibilidad. En el plano emocional, la consecuencia es el aumento de la ansiedad y la depresión. Es cierto que la sensación de angustia existencial, antes propia de una élite intelectual y artística, hoy la comparten miles de individuos. También Bifo dice que en este proceso de digitalización se está sustituyendo la voluntad política por un diseño biosocial que inserta respuestas automatizadas en nuestra percepción, imaginación y deseo.
En esta línea también Jonathan Crary advierte, en su obra 24/7: el capitalismo tardío y el fin del sueño, que se ha instaurado un mundo 24/7 que tiene la apariencia de ser social, pero en realidad es un modelo de rendimiento propio de máquinas. La necesidad capitalista de expandir los mercados provoca la incesante estimulación de la atención social. El resultado es la reducción del tiempo disponible para la elaboración racional y emocional del estímulo informático. Dormimos menos, tenemos menos tiempo para la elaboración de significados y, en cambio, nuestro tiempo de alerta aumenta. Una sociedad de insomnes en la que las relaciones sociales cada vez son más agresivas y los sucesos políticos parecen desprovistos de racionalidad.
En las últimas décadas, con la revolución digital, la comunicación social se ha transformado por los smartphones, que insertan la red en la vida cotidiana. Bifo, de nuevo, señala la transformación de nuestra capacidad de sentir y la disolución de la concepción moderna de humanidad implicada con el proceso de digitalización. El mundo digital ha erosionado las huellas de un modo de interacción basado en el entendimiento empático, fortaleciendo otro basado en la adaptación a una estructura sintáctica y a un código. Los seres humanos viven e intercambian bienes como antes, pero algo ha cambiado en cómo se perciben a sí mismos y a los otros. Como muchos señalan, lo que estamos experimentando hoy es un proceso que se parece al que se desarrolló en los años veinte en Europa, pero la substancia antropológica ha cambiado profundamente. La revolución digital ha transformado el paisaje antropológico y social de nuestro tiempo. La depresión, la miseria existencial, el miedo y la paranoia están saturando la vida contemporánea. Por eso el fascismo de ahora se basa en una antropología diferente. No surge de la euforia, sino de la rabia depresiva, el pánico y un deseo de venganza.
Tal vez la hipótesis de la atrofia de la empatía por las nuevas tecnologías de la información y comunicación no convenza a algunos, pero creo que es una respuesta interesante sobre la tendencia neorreaccionaria actual. La empatía es una habilidad esencial para la comunicación con los otros. A fin de cuentas, la comunicación no solo es verbal, sino también afectiva. Tal vez la salida de todo esto esté en la imaginación y una solidaridad consciente. Hoy la compasión, en su sentido etimológico, y no moral, es revolucionaria.






