no de los principales argumentos para entender ese fenómeno vivencial que es la salud mental es saber que la función mental está afectada. Es decir, es el resultado, no de la casualidad, sino de la interacción de varios condicionantes, o factores de afectación.
En un primer momento, distinguimos dos clases de condicionantes: los que tienen que ver con la mente en cuanto órgano que responde a la llamada de la genética; y, por otro lado, los determinantes ambientales, o eventos que el individuo soporta en su relación con el medio.
Tanto los factores biológicos, como las exigencias de la vida en sociedad, pueden alterar la química cerebral, y hacer que aparezca un problema de salud mental.
Pero vamos a centrarnos en el individuo como parte de un sistema socioeconómico de mercado, pues es la forma que ha adoptado la sociedad moderna. Y aquí aparecen dos marcadores: el tiempo y la velocidad.
En efecto, la experiencia mental es relativa al tiempo. Solo podemos operar una vez en cada fracción de tiempo. Por lo que sería bueno que nuestros pensamientos tuvieran un centro de gravedad definido, y siendo aconsejable estar centrado en nuestro proyecto vital, ya que es ahí donde residen los secretos de la prosperidad, y esa realidad que son los sueños y esperanzas.
Así son los motivos de nuestro tiempo de pensar, así será el mundo que construimos en nuestro interior.
Obviamente, debe haber lugar para el reposo y el descanso, aunque insisto en la necesidad de estar centrado, de seguir un hilo conductor. De lo contrario, cogerá fuerza uno de los enemigos más poderosos de la salud mental: el vacío existencial.
El vacío ocurre cuando proyectamos nuestra imagen al futuro y no obtenemos respuesta.
Recopilando, podemos disponer del tiempo, pero lo primero es lo importante. Y lo digo por el problema tremendo que supone dedicar ingentes dosis de tiempo a las redes sociales, a cuál más vacua.
Otra cosa es la velocidad. La mente humana tiene arraigo en el reloj natural, relativo al día, a las fases lunares, y al ciclo de las estaciones. Si bien, ese artificio que es el sistema ha acelerado los procesos mentales sobremanera (imaginaos la experiencia mental de un ingeniero informático de Corea, o la de un bróker de la bolsa de Nueva York).
Si la velocidad a que opera la mente se desboca puede aparecer el estrés; y de ahí al malestar psíquico solo hay un paso.
Se trataría, en definitiva, de alumbrar una forma de vida donde hubiera tiempo para el trabajo, para la familia, y para el ocio, y donde la velocidad a que sometemos la mente tuviera una constante respetuosa con la salud mental.
No nos equivocamos si decimos que vida ha de ser un lugar para vivir, y esto solo ocurrirá si imitamos el ritmo de los procesos naturales.
A partir de cierta carga de trabajo la mente se vuelve quebradiza, y pedirá un tiempo de descanso.
Hagamos un sistema a imagen de nuestra naturaleza. No traspasemos los límites del tiempo y la velocidad. No levantemos la barrera de lo imposible.






