El párroco de Valdepeñas, Emilio Montes, en la misa que ofreció en la parroquia del Santísimo Cristo de la Misericordia, se dirigió a los presentes para denunciar las condiciones laborales de los trabajadores temporeros extranjeros diciendo: “Quiero que tengáis en cuenta tres cosas, si el jornal es de ocho horas, esas son las horas que se trabajan, no 12. Y si se trabajan 12 horas, se deben pagar las horas extras. Porque sean personas pobres o humildes, no voy a pagar 50 euros por trabajar 12 horas. Te pagaré 50 euros por las ocho horas, y si trabajas más, te pagaré las horas extra. No voy a aprovecharme de ti, ni siquiera en las horas”.
Terminando el alegato recordando la obligación legal y moral de dar un alojamiento en condiciones y darlos de alta para que tengan acceso a sus derechos sociales.
No han tardado los rancios en señalar que los curas no están para eso, que se dediquen a hacer cosas de curas.
Piensan que los curas no están para recordar el evangelio a los que asisten a las misas. Quizás el padre Emilio se extendió en el argumento, porque su Jefe lo resumió en el octavo mandamiento: NO HURTARÁS: NO ROBARÁS.
Eso fue lo que el bueno del Padre Emilio quiso recordar a los empresarios y cristianos presentes “NO ROBARÁS” y respetarás los derechos humanos de los temporeros extranjeros.
Este mensaje es cosa de los curas y de la Iglesia por mucho que les moleste a los explotadores y rancios.
El cura no pensaba que su homilía se iba hacer viral, pero el problema de la explotación laboral y la vulneración de derechos no es exclusivo de Valdepeñas y de los extranjeros, también en el resto del país, porque resulta vergonzoso ver cómo en Ceuta “ESPAÑOLITOS DE ESPAÑA” tienen que esconderse para denunciar que trabajan en restaurantes y bares 12 horas y les pagan 8.
Tienen que esconderse para defender sus derechos laborales en plena democracia por miedo a ser despedidos, además de señalarse para encontrar un nuevo empleo.
He criticado en más de una ocasión la intervención de la Iglesia en cuestiones que no les corresponden, también he aplaudido el compromiso de sacerdotes que han realizado una labor encomiable con los más desfavorecidos, sabiendo que iban a ser injustamente criticados por las lenguas viperinas de los rancios que pululan por nuestra tierra.
Sacerdotes comprometidos y tan queridos como el Padre José Béjar o el Padre Francisco Correro “Curro”.
Los rancios deben saber que los sacerdotes no se bajan los pantalones por intentar remover las conciencias de los empleadores ladrones que explotan a los trabajadores extranjeros o españoles.
Tampoco por defender la libertad de credos y el respeto a las distintas confesiones de nuestro país por mucho que les fastidie a los falsos patriotas a los que solo les interesa de Valdepeñas el vino de Jumilla y nada si explotan a los trabajadores.
La Iglesia hace años que perdió el rumbo social, quizás porque dejó de meterse en las cosas terrenales que afectan a los ciudadanos, que en definitiva, son sus feligreses.
Percibo que empiezan a retomar el importante papel de remover las conciencias y posicionarse en cuestiones tan importantes como el respeto a la libertad de credo, la explotación laboral o el racismo.
Un papel que sin duda tiene su precio, pero merece la pena, sobre todo, porque defender lo justo, la verdad y los derechos humanos es cosa de Dios.






