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Anaqueles eternos

Por Paco Bonilla
19/07/2025 - 08:33
anaqueles-eternos
Imagen cedida
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He llegado a la conclusión, conclusión por otra parte a la que ya llegan por mi quienes visitan mi biblioteca, de que no soy un lector (o al menos no es eso lo que me define), sino que soy acumulador. Quizá ya lo sabía de antes, pero me negaba a reconocerlo. La cuestión es que, paseando por los mercadillos o tiendas de segunda mano, con la excusa de entretenerme o buscar alguna estilográfica vieja para mi colección, siempre acabo rebuscando entre los libros.

La semana pasada, sin ir más lejos, adquirí mi cuarto Quijote y una nueva edición de los Sonetos de Shakespeare. Por descontado, que son obras que poseo hace tiempo y que he leído y releído innumerables veces. Pero, no me importó, puesto que se trataba de ediciones distintas con nuevos estudios introductorios y una novedosa traducción en el caso de los Sonetos.

Y la verdad es que no siento vergüenza al contarlo, sino más bien una pequeña satisfacción atávica. El síndrome del anaquel eterno no es una patología reconocida, pero quienes lo padecemos lo conocemos bien.

Atesoramos libros no solo para leerlos, sino también para obtener la posibilidad de hacerlo algún día. Es como quien guarda velas por si un día se va la luz. Conozco quien acumula libros por fetichismo, buscando primeras ediciones, ejemplares dedicados, portadas censuradas o erratas gloriosas.

Hay otros que reconocen hacerlo por una especie de ansiedad cultural: para dar el nivel en cualquier conversación sobre los más diversos temas. Pero, en mi caso, no sabría decir por qué lo hago.

Se trata para mí de una necesidad, pero no por urgencias dictadas por el mercado editorial o el “best seller” de moda, sino por afinidad estética. No los adquiero por deber, sino como una forma de lealtad a la lengua, a la belleza y a la inteligencia. A veces los leo con devoción y otras veces simplemente los reacomodo, como queriendo no olvidar la promesa de leerlo.

Porque hay un tipo de goce que solo conocemos los acaparadores: el de tomar un libro aún no leído y tocarlo, hojearlo y decirse “todavía no”. No es un “nunca” ni un “quizá”, sino un “todavía no”; como quien pospone el deseo para que no se agote y siga latiendo en lo postergado. Hay, quizá, una forma sutil de erotismo en la demora.

En ocasiones me detengo a mirar lo anaqueles de mi biblioteca, pero no para revisar lo leído, ni siquiera lo por leer, sino para repasar las versiones posibles de mí mismo, pues cada libro no leído es una vida no vivida, una voz no incorporada. ¿Quién sería yo si hubiera leído a tiempo este o aquel ensayo, esta o aquella novela o poesía?

Reconozco que muchos de los libros que atesoro no son solo míos.

Contienen dedicatorias que no van dirigidas a mí, subrayados de otros, marcapáginas extraños como cartas amarillas, viejos calendarios y hojas secas caídas de algún otoño lejano. En mi biblioteca conviven autores muertos con lectores muertos, y al abrir un volumen antiguo siento que esa lectura es compartida con otros que estuvieron y ya no están.

Quizá tengan razón quienes me acusan de haberme construido una muralla con los libros, puede ser. Pero, hay días en que lo que necesito no es leer, sino estar cerca de aquello que podría salvarme si decidiera abrirlo. En esos momentos los acaricio, los acomodo, los cambio de lugar y les doy un espacio, como quien reordena un altar interior. Porque, en el fondo, de eso se trata el coleccionar libros: de preparar el alma para lo que aún no se ha leído, para lo que aún no sabes que necesitas.

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