A medida que se acercan las elecciones generales de 2027, comienza a dibujarse una realidad que inquieta cada vez más a determinados sectores del poder local en Ceuta. No se trata únicamente de quién gobernará España durante los próximos años. Lo que está en juego es la supervivencia de un modelo político que, durante demasiado tiempo, ha encontrado en el sanchismo el entorno ideal para perpetuarse.
Juan Vivas es plenamente consciente de ello. Sabe que una nueva victoria de Pedro Sánchez constituye, probablemente, la última oportunidad para mantener intacto el sistema de alianzas, cesiones y equilibrios que ha definido su acción política durante los últimos años. La necesita desesperadamente. También sabe que una derrota del socialismo abriría un escenario completamente distinto, uno en el que muchas de las decisiones adoptadas durante este tiempo tendrían que ser explicadas y sobre las que, no me cabe la menor duda, deberá rendir cuentas llegado el momento.
Los últimos procesos electorales han confirmado algo que hace apenas unos años parecía impensable. Las mayorías absolutas del Partido Popular son hoy la excepción y no la norma. El crecimiento sostenido de VOX y su consolidación como tercera fuerza nacional convierten en prácticamente inevitable que cualquier alternativa al socialismo pase por algún tipo de acuerdo entre ambas formaciones. Es una realidad política que ya existe en buena parte de España y que difícilmente podrá ignorarse en el futuro.
Y es precisamente ahí donde aparece el gran problema de Vivas.
Durante años ha convertido a VOX en su principal enemigo político. No ha sido una confrontación normal entre partidos que compiten democráticamente por el apoyo de los ciudadanos. Ha sido una estrategia deliberada de aislamiento, hostigamiento y demonización. Desde las instituciones, desde determinados medios subvencionados y desde los círculos de poder que orbitan alrededor del Gobierno municipal, se ha intentado presentar a VOX como una fuerza ilegítima, incómoda y prescindible. No bastaba con ganar unas elecciones. Había que desacreditar al adversario. Había que expulsarlo del terreno de juego político.
Resulta extremadamente difícil que quienes lo han padecido olviden cómo se impulsaron cordones sanitarios, cómo se promovieron campañas de estigmatización y cómo se intentó convertir en apestados políticos a miles de ciudadanos cuyo único delito consistía en votar una opción distinta de la bendecida por el sistema. Tampoco puede olvidarse que el propio Vivas llegó a respaldar la declaración de persona non grata contra nuestro líder nacional, Santiago Abascal, una decisión vergonzosa que pasará a la historia política de la ciudad como uno de los episodios más indignos de nuestra vida institucional y que fue impulsada por quienes llevan fomentando durante años la islamización y la marroquinización de Ceuta.
Esto último es especialmente grave, por eso, si algunos creen que el tiempo lo cura todo, se equivocan.
VOX no puede, ni debe, olvidar la dureza con la que fue tratado. No puede olvidar los intentos de destrucción política impulsados desde el Partido Popular de Ceuta. No puede olvidar el desprecio sistemático hacia cientos de afiliados, simpatizantes y votantes que fueron señalados únicamente por defender unas ideas distintas. Y tampoco puede olvidar que, mientras se atacaba a VOX, se abrían las puertas a acuerdos y entendimientos con Pedro Sánchez y con la peor representación del islamoizquierdismo local, a quienes se les entregaba prebendas e incluso vicepresidencias.
Esa es la gran contradicción que amenaza hoy al proyecto político de Vivas. Mientras el Partido Popular nacional parece asumir que el futuro pasa irremediablemente por el entendimiento con VOX, en Ceuta se sigue actuando como si millones de españoles fueran un accidente pasajero de la historia. Como si nada hubiera cambiado. Como si las afrentas acumuladas durante años pudieran desaparecer, simplemente porque las encuestas o las circunstancias obliguen ahora a modificar el discurso.
Vivas intentará sobrevivir. De eso no me cabe la menor duda. Y si, para eso, tiene que vender a propios y extraños, lo hará sin el más mínimo de los escrúpulos. Es lo que hace siempre.
Pero en esta ocasión hay una variable en la ecuación y es que, para VOX, la política siempre debe tener memoria. Y las lealtades también.
Con lo que, si en 2027 se produce un cambio de ciclo político en España y se configura una mayoría alternativa al socialismo, Vivas tendrá que decidir qué papel quiere desempeñar. Tendrá que elegir entre integrarse en esa nueva realidad o intentar levantar una excepción ceutí destinada a preservar un modelo agotado. No son pocos quienes sospechan que, llegado el momento, podría optar por presentarse como una figura situada por encima de las siglas, una suerte de caudillo sarraceno cuya legitimidad emanaría exclusivamente de sí mismo y no del proyecto político respaldado por la mayoría de los españoles. Todo es posible.
Sería la consecuencia lógica de una trayectoria marcada por la convicción de que Ceuta debe adaptarse siempre a Vivas y nunca al revés.
Sin embargo, los tiempos están cambiando. El sanchismo afronta su desgaste más profundo y las estructuras políticas que crecieron a su sombra empiezan a percibir el riesgo que supone una España distinta. Una España en la que las decisiones vuelvan a adoptarse pensando en el interés nacional y no en la mera supervivencia de determinados aparatos de poder.
Queda menos de un año para comprobarlo. Entonces sabremos hasta dónde está dispuesto a llegar Juan Vivas para conservar su modelo político. También sabremos si quienes durante años intentaron destruir a VOX han comprendido, por fin, que no estaban combatiendo únicamente a un partido, sino a una parte creciente de la sociedad española que jamás aceptó ser silenciada.
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