A las penurias, al tercermundismo que rodea un tipo de mercadeo que, en estas condiciones, no debería existir ni un minuto más, se añaden situaciones que ponen al límite a la población porteadora. Hombres y mujeres dedicados a la carga de mercancía que son extorsionados en las naves por delincuentes que han convertido la zona en su lugar de acción perfecta. Les atracan, les acosan, amenazan, quitan la mercancía, les extorsionan por permanecer en un hueco de la cola, abusan y vejan a las mujeres... Todo esto ocurre en el entorno transformado, cada madrugada, en un lugar sin ley en plena zona fronteriza. No hay denuncias por escrito ni nunca las habrá. Pero sí testimonios y críticas verbales a todo lo que está ocurriendo. Todos ellos de peso suficiente como para que se termine con el negocio que tienen organizado los delincuentes que se han hecho dueños del lugar. En este mismo punto ha habido disparos, jóvenes apuñalados, se ha detenido también a personas presuntamente relacionadas con estas prácticas, pero las acciones que se llevan a cabo son demasiado endebles como para dar una respuesta eficaz a lo que sucede.
Si ya de por sí resulta indignante las imágenes que a diario vemos en la frontera, las fotografías que se reproducen todas las tardes en la playa del Tarajal, más aún lo es el abanico de situaciones a las que se exponen estos hombres y mujeres que están siendo coaccionados, que son víctimas de abusos y chantajes y que están siendo utilizados incluso para el trasvase de mercancía ilegal al otro lado. No esperen testimonios firmados en una oficina, ni ruedas de reconocimiento ni un trabajo mascado... el miedo habita en los que sufren prácticas mafiosas en nuestra propia ciudad. Y eso debe pararse de inmediato.





