l Las paredes de la Asociación Elín exponen el arte en estado puro de los inmigrantes que llegan a Ceuta y encuentran en su sede un espacio en el que tomar fuerzas l Ya han pasado por allí 8.000 desde que se abrieron sus puertas ‘Quien quiera ser amado, que ame’. ‘Diferentes colores y un solo pueblo’. ‘Veremos nacer un nuevo mundo más justo para todos’. Las frases, transcriben los sentimientos de los más de 8.000 inmigrantes que han pasado por lo que surgió con la intención de ser un oasis. Tras trece años, lo ha conseguido con creces.
“La Asociación Elín, nombre que tomamos del Éxodo 15 cuando el pueblo iba en busca de la tierra prometida y en medio de la travesía por el desierto llegaron a un lugar llamado así lleno de palmeras y manantiales de agua donde tomaron fuerzas para proseguir el camino, pretende ser eso, un lugar de reposo para esos inmigrantes que llegan a Ceuta después de tanto camino recorrido”, explica la hermana vedruna Paula. Reconoce que no deja de admirar la fuerza y valentía de todos los que llegan a ese remanso de paz en el que “somos iguales y todos tenemos cosas buenas para compartir y ayudarnos a crecer”. Un taller de expresión artística realizado hace dos años empapó las paredes del exterior del centro de lo más profundo que impregna su interior. “Ellos pintaron lo que les salió de dentro, sin ningún orden ni indicación previa y todo desde el amor, la esperanza y las ganas de seguir adelante”.
La casa, modesta, abre sus puertas a todos los que necesitan ese recodo de paz. Una frase escrita por una de las cientos de voluntarias que cada año deciden compartir varios días de su vida al lado de los inmigrantes cuelga de la pared de una de las habitaciones: La posibilidad de realizar un sueño es lo que hace la vida interesante”.
Paula reflexiona. En sus pensamientos se apilan cientos de historias que sin duda le llevan a aseverar que “ellos son verdaderos artistas de la vida, espontáneos, gente con muchos valores y riqueza personal que es capaz de superar lo que para muchos podría provocar un desgarro de impotencia que les paralizara”.
Es un lugar “necesario para ellos porque sienten que Ceuta es una cárcel y aquí cuando llegan lo primero que les decimos es que somos iguales, todos hijos de Dios”. No importa su religión, aseguran las hermanas, porque “eso son diferentes caminos para llegar al mismo, a Dios”. Acuden a talleres de español, de velas decorativas, se organizan actividades deportivas y la comunicación y el entendimiento es la base de todo lo que se organiza. Llegan por el boca a boca. Con muchas ganas de compartir. De aprender. “Les animamos a hablar con la gente, pero nos dicen que la mayoría no quieren”. Paula explica que los ceutíes deben darse cuenta de que “somos tan iguales que todos luchamos por lo mismo: por ser felices, y los estereotipos se crean por la lejanía, por no acercarse directamente a esta realidad, por miedo”. La realidad de miles de personas que cada año emprenden un camino en busca de la felicidad. “Al final, muchos lo consiguen, otros no y tras años de lucha son finalmente deportados”. Elín sigue ayudándoles en la península y recordandoles, pase lo que pase, que “todos somos ganadores, aunque perdamos, porque lo importante es que nuestros corazones permanezcan unidos para ayudarnos”.






