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La vela de los demás

Lo hemos dicho muchas veces, demasiadas quizás, pero hay días de mierda, muchos. Estos, como una gota malaya sin piedad, se van acumulando en las hojas de un anónimo calendario que se asoma, “de cuando en vez”, para recordarte con un dudoso sentido de la oportunidad, que el sonido de “la” campana es solo parte de ese amanecer que tanto has anhelado.

Pero solo parte.

Y, seguidamente, te sientes como un impostor frente a las demás compañeras y compañeros que siguen caminando, entre los pitidos de las bombas de quimioterapia, hacia el toque mágico.

Sigues vivo y eso, más allá de lo mágico del momento, es un lujo inesperado que te ha regalado la Vida, mi oncóloga, todo el personal sanitario del HUCE, todos y todas las que quieres y que siempre han estado y están a tu lado y los avances de la ciencia. Quien quiera ver en esto la providencia, también es libre de verlo. Faltaría más.

Me van a faltar vidas, lo sé, para poder albergar tanto cariño, tanto apoyo y tanto amor en un corazón, a veces exageradamente hastiado de ser y estar, aunque siempre abierto de par en par, si bien a veces, como ahora, parezca a media asta. Abrir los ojos volviendo de las tinieblas y sentirte afortunado por el calor de esa mano querida, la cómplice sonrisa de tu hermano, o esas palabras de aliento cargadas de dulzura, cosas que no sabes como agradecer, porque nunca se sabe cómo agradecer el amor de tu familia.

Y entonces, sigues…qué remedio, aunque solo sea para no defraudar tanta verdad hecha cariño.

Pero, inevitablemente, llegan esos días de mierda en el que el dolor te rebaja a menos que nada, las pérdidas irremediables y las ausencias dolorosas te hacen naufragar en las inmensidades de una nada compacta que te ahoga en silencio. Aunque no lo parezca. Aunque te creas/creyeses inmune. Aunque alguna vez albergaras el vano pensamiento de que el viaje había terminado pero sin embargo sólo acababa de empezar, es cuando te poseen las dudas siempre situadas acechando en la eterna batalla entre luz y oscuridad…y donde no siempre gana el fulgor. Más quisiera.

Entonces, cuando ya ni escuchas y por encima de una interminable lista de fármacos, solo te queda el infalible remedio de acudir a la poesía, bien lo sabe y escribe mi Hermano Juan Gaitán.

En estas semanas, cuando los intentos de tan simplemente salir de la cama, o levantarse de un sofá, siempre van acompañados de unos gritos de dolor que van de la vergüenza a la incapacidad física de obtener el básico título de ser humano, es cuando encuentras en algunos versos, y en el límite de los límites, una preciada línea de vida.

Y, claro, acudes a Goytisolo, con sus legendarias “Palabras para Julia”, cuyo texto decía, entre otras cosas…

“Tú no puedes volver atrás

Porque la vida ya te empuja

Como un aullido interminable, interminable.

Un hombre solo, una mujer

Así tomados, de uno en uno

Son como polvo, no son nada, no son nada

Te sentirás acorralada

Te sentirás perdida o sola

Tal vez querrás no haber nacido, no haber nacido.

Entonces siempre acuérdateDe lo que un día yo escribíPensando en ti, pensando en ti

Como ahora pienso

La vida es bella ya verás

Como a pesar de los pesares

Tendrás amigos, tendrás amor, tendrás amores.

Nunca te entregues ni te apartes

Junto al camino, nunca digas

No puedo más y aquí me quedo, y aquí me quedo.

Otros esperan que resistas

Que les ayude tu alegría

Que les ayude tu canción, entre tus canciones.

Pero Tú siempre acuérdate

De lo que un día yo escribí

Pensando en ti, pensando en ti

Como ahora pienso…”.

Y entonces, resistes.

Porque no te queda más remedio.

Porque se lo debes a quien te quiere.

Porque otros siguen en estaciones con alma de terminus que Tú pareces haber superado.

Porque en lo que tú creías un frío vacío sideral sin capacidad de sentimientos, siempre te queda ese abrazo tan imprescindible para seguir respirando, ese regalo en forma de sonrisa, ese café esencial por tomar, ese artículo que envío al filo de la hora de cierre que pone de los nervios a Paloma y a Carmen, esa pesquera por hacer, esa pizza cuatro quesos por degustar, esa rodada en moto que nada reemplaza, esa olla de fabada con la familia, ese fundamental TAF por intercambiar, ese DX transatlántico por realizar, ese té en Benzú cuando el atardecer explota de colores, ese viaje a “Estoeselcolmo” por realizar, ese Cervantes por rechazar, ese paseo en los muelles de “La Seine” por disfrutar o esos mares internos por vomitar, también conocidos como lágrimas, que ya creías imposibles de hallar.

Y en esas estamos.

En realidad, este caminar, lento, complicado y jodido trata de apoyo mutuo, de no bajar los brazos, de disfrutar de quien te quiere y de nunca olvidarte que rendirse no es un verbo que debas conjugar por respeto a los demás, a esos que te quieren incondicionalmente, llueva, truene o queme el sol.

Mi Mañica Preferida, en esos momentos en los que el dolor parecía imperar sobre todo y todos, siempre acudía al poeta palestino, al tiempo que universal, Mahmoud Darwish (1941-2008).

Darwish, contantemente citado por el periodista francés Edwy Plenel, debería ser uno de nuestros poetas de referencia. De todas. De todos. Siempre.

En su texto “Pensar en los demás” dice…

"Cuando prepares tu desayuno piensa en los demás,

Y no te olvides de alimentar a las palomas.

Piensa en los demás.

Cuando emprendas tus guerras, piensa en los demás,

Y no olvides a quienes exigen la paz.

Piensa en los demás.

Al pagar tu factura de agua, piense en los demás,

En quienes buscan sustento en las nubes, y no en un grifo.

Piensa en los demás.

Cuando regreses a casa, a tu casa, piensa en los demás,

Como los que viven en tiendas de campaña.

Piensa en los demás.

Cuando te duermas contando estrellas, piensa en los demás,

En quienes no tienen un lugar para dormir.

Piensa en los demás.

Mientras buscas significados con metáforas extravagantes, piensa en los demás.

En quienes han perdido el derecho a hablar.

Piensa en los demás.

Y cuando pienses en los demás, lejos, piensa en ti mismo.

Y di: Soy una vela en la oscuridad.”.

Más allá de lo personal, lo que sí está claro es que, como clama, Mahmoud Darwish, ser vela en la oscuridad es un lujo del que nadie puede prescindir. Vivan/Vivamos donde vivamos, sean/seamos de donde sean/seamos.

Sea como fuese, gracias a Ti por ser siempre esa vela en mitad de tanta negrura.

Gracias por ser Luz a pesar de las tormentas.

Gracias… aunque, una vez más, la reflexión es suya. Y mía.

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