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Vacaciones de salud

Sin quitarse el abrigo se sentó en el asiento más próximo a la ventana, dejando caer  su exigua maleta sobre los muslos. Miró con avidez hacia el andén buscando a su madre con la mirada. Allí estaba. Le hizo una seña y pudo ver cómo ella se acercaba por entre un grupo de personas que postergaban su adiós con los últimos abrazos y despedidas. Su madre tenía los ojos brillantes y un rictus agrio en la boca que trataba de atenuar mordiéndose el labio inferior.  Lena, desde detrás del cristal,  agitó la mano con vehemencia pretendiendo así sacudirse el pellizco de incertidumbre que le atenazaba el estómago. Afuera, el aire se afiló de pronto.  Nadia , le devolvió el saludo al tiempo que se alzaba el cuello de su gruesa rebeca. Conociendo como conocía a su hija, sabía que debía esforzarse en no derramar ni una sola lágrima mientras estuviese allí de pie; ya tendría tiempo de llorar cuanto le viniese en gana una vez el tren hubiese salido rumbo a Minsk. Ella era una superviviente reconstruida; a pesar de las estrecheces, de un marido alcohólico al  que no veía  desde hacía años y de las continuas e inevitables zancadillas de la vida, si en algo  era una contumaz especialista era  en aguantar el tipo. Dejó ir un suspiro y observó un rato en silencio  a Lena, su única hija. Allí sentada, tras el ventanal del vagón y con el rostro serio, parecía mayor. A pesar de no haber cumplido aún los trece, con su rostro de facciones suaves, su pelo sedoso y rubio y ese cuerpo enjuto y espigado, siempre había aparentado menos edad de la que le correspondía. Pero viéndola en ese instante, vislumbró  por primera vez  que su hija irreversiblemente se había hecho mayor.
Le había costado mucho convencerla para que emprendiera aquel viaje, incluso contradiciendo con su boca lo que su corazón verdaderamente le imponía; pero en el fondo sabía que iba a ser lo mejor para ella. Hacía mucho tiempo que ambas soñaban con aventuras, al menos conmovedoras, de las que la reconcilian a una con las emociones inalcanzables de la vida. Y de pronto se le presentaba la ocasión de que Lena pasase unas “vacaciones de salud”, como las solía llamar Tanya , la responsable de la Fundación de Ayuda Independiente a los Niños de Chernobil . Ella misma había sido la encargada de persuadir a Nadia en la oficina de la ONG, tomando un café y mientras le rozaba amistosamente el antebrazo. Ellos correrían con todos los gatos, le dijo , y además su hija iba a pasar los dos meses de verano con una estupenda familia española, en una ciudad a orillas del Mediterráneo. Al fin Lena  podría  ver el mar. Según le aseguró Tanya,  el aire puro, agua limpia, sol y alimentos no contaminados permitirían que el maltrecho sistema inmunológico de Lena pudiese poco a poco fortalecerse. A su edad, en pleno desarrollo hormonal, eso supondría  prolongar su esperanza de vida, y sobre todo, su calidad de vida. No podían desaprovechar esa oportunidad. Después de incontables noches de continuo desvelo,  en las que incluso podía oír el ruido de sus propias cavilaciones bullendo en su cabeza, lo decidió al fin, y así se lo dijo a su hija. Lena protestó, pataleó y se rebeló como cuando era pequeña y había que correr tras ella para darle un baño, pero al cabo aceptó la idea.“Dos meses pasan volando”, le repetía continuamente, como una letanía, mirándola fijamente con sus ojos claros, vivos, sosegados y alegres
Allí, de pie en aquel mustio andén, como quien fantasea cuando empieza a venirle el sueño, pensó que daría  cualquier cosa por adquirir la feliz sustancia de un gnomo y poder acompañar a su hija oculta  en la mullida cercanía del bolsillo de su abrigo. El tren silbó con fiereza y  Nadia , con la garganta agarrotada de sollozos, articuló  un “cuídate mucho” con los labios que su hija acogió asintiendo con la cabeza y ningún entusiasmo.
Cuando el tren se alejó, su risa se deshizo en una sonrisa huraña, melancólica. Sabía que en la vida y su transcurso, todo acaba atenuándose, a veces poco a poco y con mucho esfuerzo, por eso precisamente,  tenía la certeza de que Lena , al cabo de unos días se acabaría adaptando a esa familia y a ese otro lugar. “ Es una niña fuerte”, concedió Nadia para sus adentros.
Aún no sabía que aquel viaje habría de cambiarle la vida a ambas. Dos meses después, vería de nuevo a su hija, Elena, como la llamaba su familia de España, hablando un rudimentario castellano salpicado de expresiones andaluzas, hecha toda una mujer, con el rostro lleno de luz y una enorme bolsa de viaje repleta de recuerdos,  ropa  recién comprada y echando poderosamente  de menos a esa otra familia, que a partir de entonces, formaría  parte de sus vidas, que inundarían sus paredes de fotografías, que incluso volarían hasta Bielorrusia para visitarlas. Ellas,  que siempre habían estado solas, se sentían por primera vez en su vida,  parte imprescindible  de algo verdaderamente importante.

nota del autor. No existe ningún tratamiento para la radiactividad, la única solución es alejar a los niños de la contaminación.  La  Organización Mundial de la Salud (OMS) contempla que  cuarenta días al año fuera de la zona contaminada es el tiempo mínimo necesario  para que la esperanza de vida de estos niños aumente unos dos años.

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