1973 se recuerda como el año del enigmático “no hay mal que por bien no venga” de Franco dirigido a la viuda de Carrero Blanco en el funeral del presidente del Gobierno asesinado por ETA.
El Régimen se va deshaciendo entre manifestaciones, huelgas, feroz represión y una oposición al franquismo en la que ya cada cual se va posicionando el tablero político. Al año siguiente, un joven abogado laboralista de Sevilla le gana, en Suresnes (Francia), la partida a los exiliados socialistas para materializar el relevo en el PSOE. España ya huele a cambio.
Sin embargo, en la otra punta del mundo, ocurre todo lo contrario. Meses antes, estalla en Chile un golpe de estado organizado y orquestado por la CIA y financiado por la Administración Nixon. El ejército toma las calles con blindados, asalta el “Palacio de la Moneda”, residencia del Gobierno legítimo, y asesina al presidente Allende. Ese 11 de septiembre el planeta conoce al sanguinario general Augusto Pinochet, de infausto recuerdo. Empiezan a desangrarse las venas abiertas de América Latina, como bien escribe Eduardo Galeano.
Se llenan los estadios de fútbol de militantes de izquierda, de sindicalistas, de defensores de los derechos humanos, de artistas comprometidos y de periodistas honestos, entre otras decenas de miles de personas represaliadas.
Para la historia quedan las manos cortadas del cantautor y fundador de Quilapayún, Victor Jara, en el Estadio Nacional de Santiago de Chile. Casi 10.000 personas comparten su suerte. Muchos son torturados hasta la muerte en los vestuarios. Luego viene la Operación Condor y los vuelos de la muerte. Miles de chilenos desaparecen en la noche, tirados al vacío desde helicópteros o aviones. Nunca más se sabrá nada de ellos. Son los desaparecidos de la dictadura chilena.
Justo en esos días, un partido de fútbol casi se celebra en el “Nacional” cuando la Unión Soviética debe jugar allí el partido de vuelta. Una delegación de la FIFA, encabezada por el brazo derecho del entonces presidente del fútbol mundial, se persona en Santiago de Chile para inspeccionar el campo. Cobardemente, sólo se atreven a pisar el césped y no se adentran en el interior de un estadio repleto de muerte.
La FIFA, como no, termina dando luz verde al partido de selecciones siempre y cuando se desalojen a todos los presos, incluido a Hugo Lepe, un arquitecto socialista, jugador de fútbol. Este promotor del sindicato de futbolistas salva su vida gracias a la constancia del capitán de Chile que logra arrancarlo, al fin, de las garras pinochetistas. Finalmente, el equipo soviético, en un arranque de vergüenza que no tiene la FIFA, declina jugar el partido.
Son tiempos duros en los que la Escuela Económica de Chicago implanta en Chile la Doctrina del Shock por primera vez en el mundo, y en toda su extensión. Va a ser un desastre económico neoliberal. Uno más.
En estas, la République Française manda a su embajadora cultural: la gran Juliette Gréco (1927-2020). Cantante que se asemeja a Brel, Ferré o Barbara, “la Gréco” es una intérprete reconocida mundialmente, una actriz con numerosas películas premiadas a sus espaldas, pero, sobre todo, es una artista comprometida.
Cuando sale al escenario, el patio de butacas está lleno de generales y coroneles, a cual más entusiasta del “Guía” de la cruzada anticomunista.
Pero “la Gréco” es mucha “Gréco” y no se amilana. Todas las canciones que interpreta son proclamas antimilitaristas. No se oye, en todo el concierto, ni un solo aplauso. El silencio es brutal. Cuando termina, es directamente acompañada al aeropuerto. ¿Un gesto sin trascendencia? Veamos.
De vuelta a París, comenta la anécdota hasta que llega a los oídos de Étienne Roda Gil, un anarquista, hijo de exiliados anarquistas españoles, que escribe canciones para muchísimos cantantes famosos del hexágono. En pocos minutos, Roda Gil termina su famoso “ÚTIL” al que pone música Julien Clerc.
“¿Para qué sirve una canción
Si está desarmada?
Me decían unos chilenos,
Brazos abiertos, puños cerrados.
Como una lengua antigua
Que se quisiera masacrar,
Quiero ser útil
A vivir y a soñar”.
(Étienne Roda Gil / Julien Clerc)
Juliette Gréco le gana finalmente la partida a los generales chilenos. De alguna manera, lo que parece un brindis al sol se transforma en un bello himno de lucha que atraviesa los tiempos.
Mi Mañica preferida decía que no se trataba de hacer grandes cosas siempre, la clave era siempre hacer y sin parar.
Una música quizás nunca logre nada. Un artículo probablemente jamás conmueva a nadie. Un post en redes sociales seguramente no sirva para cambiar las cosas. Una protesta por nuestros derechos quizás nunca llegue a buen puerto. O sí, porque partiendo de estas premisas, Juliette Gréco jamás se habría subido al escenario con todo lo que eso ha conllevado.
Ahora, la gran pregunta es: ¿Se siente usted útil con la piedra que aporta al edificio colectivo?
En caso de duda, acuérdese siempre de Juliette Gréco. Siempre.
Una vez más, la reflexión es suya.






