Editorial

El único fin para Ceuta: recuperarla

Ceuta encadena varias jornadas seguidas de concentraciones y manifestaciones. Todo se ha hecho mal en torno a esta grave crisis que azota a la ciudad. Y todo es todo. Si se buscara un ejemplo de torpeza política mayor sería imposible.

No se actuó cuando se tuvo que hacer. ¿Por qué? El tiempo tendrá que colocar las debidas explicaciones que necesita este pueblo, porque las necesita más que nunca. Siguen faltando datos a esta auténtica tropelía. Un mes después no sabemos cuántos entraron, cuántos quedan, quiénes son y, lo más grave, ¿se pudo evitar?

A cada declaración, a cada comparecencia que se conoce, se sube un escalón más en la hilera de improperios. Asistimos al espectáculo bochornoso de ser testigos de las peleas entre Interior y Defensa a costa de explicarnos qué papel desempeñaron agentes del CNI y los servicios de Información.

La hipocresía de este gobierno con un presidente que optó por las vacaciones antes de preocuparse por la seguridad de su país es terrible. ¿Alguien cree que no se podía saber cuántos inmigrantes pretendían el cruce?, ¿por qué no se activaron las oportunas alarmas no ya de seguridad sino de diplomacia para frenar este desaguisado? Si Marruecos es el socio fiable y seguro para España, ¿cómo no reaccionó ante semejante ataque?

No, nada de lo que sucede es casual. Ni los ceutíes son tontos ni nada de lo que ha sucedido se puede explicar con el cuento de que se estaba ante algo extraordinario.

Aquí se ha producido un ataque claro en el que un país como Marruecos ha vuelto a utilizar a sus propios civiles. No le importó ni las consecuencias ni los muertos. Estos últimos siguen sin importarle ahora, después de negar la repatriación de los cadáveres argumentando que no estaban identificados.

Lo están, tienen sus nombres, apellidos y sus padres. Ayer una madre rota de dolor lloró a su hijo en el cementerio de Sidi Embarek. Que le cuente Marruecos a esa mujer si no parió a un hijo en su propio país, a un hijo marroquí al que quería enterrar en su lugar de nacimiento. Que le cuente por qué impide la repatriación. Que cuente por qué mienten hasta a sus propios nacionales.

Las lágrimas de esa madre pesarán en el corazón de quienes rechazan que pueda cumplirse su última voluntad.

La crisis de Ceuta ha sido la vergüenza para el resto de España. La vergüenza de un país que ni siquiera se preocupó en conocer la envergadura de lo que estaba sucediendo, de poner los medios de inmediato, de reflexionar sobre cómo de grave es que en 48 horas entre la misma población de toda una ciudad.

Las soluciones claro que son complicadas, pero más aún si se ha tardado un mes en reaccionar. Es inaudito el comportamiento que ha tenido el Gobierno de la Nación vendiendo normalidades cuando no existían o dando calor a ministros como Óscar Puente quien osó celebrar en ‘X’ que Pedro Sánchez había superado otra crisis en 48 horas. Vergüenza fue todo aquello y vergüenza que todavía el Gobierno en bloque no haya hecho algo tan humano como pedir perdón a toda una ciudadanía.

Las consecuencias de esto las estamos padeciendo ahora. Se están viviendo jornadas de tensión, enfrentamientos y actos que están derivando en sucesos, agresiones, imágenes y comportamientos indeseados…

El pasado 9 de agosto Ceuta celebró una manifestación histórica de un pueblo dolido, ahora celebra manifestaciones casi diarias que pueden terminar de cualquier manera. Esas escenas son las que perturban el fin último que necesita esta ciudad, volver a la normalidad. Esas escenas arrojan una imagen que para nada tiene que ver con lo que es esta tierra.

Hay que salir a la calle, hay que protestar, hay que decirle al Gobierno de España que bien poco miró hacia este pueblo caballa y español. Hay que hacer todo eso, pero sin extremismos, sin violencia y sin enfrentamientos. Dar ejemplo de pueblo unido es la acertada decisión de una sociedad que persigue solo un fin: volver a esos días previos al 30 de julio, volver a la normalidad, a una ciudad alegre y bulliciosa, a una Ceuta como la que siempre ha sido.

Comportamientos e incidentes como los vividos ayer conforman la imagen que muchos quieren para atacar a Ceuta. No hay que dar motivos. Solo hay una única meta posible: que se regrese cuanto antes a ese mediados de julio en el que se pensaba en algo bien distinto a una tierra enrarecida. Y eso no se logra con esta deriva.

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