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Una misa para los que no olvidan

Juan Vivas se marchó ayer con calma del cementerio de Santa Catalina. Allí acababa de presenciar la habitual misa que conmemora el Día de los Difuntos. Tranquilo y con un tono muy sosegado, el presidente de Ceuta conversaba con el resto de las autoridades que le acompañaban mientras dejaba atrás un pasillo de lápidas. A su cabeza, “en un día tan especial”, había vuelto el recuerdo de su padre, que falleció sin llegar a tiempo de ver a su hijo de jefe del Ejecutivo.
Como Vivas, unas 200 personas se acercaron ayer al camposanto para asistir a una ceremonia presidida por el vicario Francisco Correro. Fue una celebración de la que más de uno se marchó llorando tras recordar a los que ya no están. Le pasó, por ejemplo, a María Jiménez, vecina del barrio de Manzanares, que con lágrimas en los ojos rememoraba a su hijo fallecido. “Ha sido una ceremonia tan bonita”, decía. También salió conmovida Ana Natividad Toledo, que quería que se dejara constancia de lo “preciosa” que había resultado la jornada.
La ‘culpa’, repetía, la tenían las palabras de los sacerdotes, la importancia de la fecha y la “hermosa” música que había abierto y cerrado la misa. El cuarteto de cámara Septacore, formado por un violín, una viola, un clarinete y un piano, inició el acto con las primeras notas del réquiem Lacrimosa de Mozart, y bajó el telón con el aria de Giacomo Puccini Nessun dorma.
Entre ambas piezas, el vicario Correro se dirigió a la audiencia, en la que estaban, entre otros, Vivas, el delegado del Gobierno en Ceuta, José Fernández Chacón, y el comandante general  de la ciudad autónoma, Enrique Vidal de Loño. “Como veis, el Sol me da en la espalda”, arrancó el sacerdote; “Y está bien: el Sol es como la muerte. A veces no le puedes mirar de frente, da miedo. Hoy es un día en el que las heridas se abren un poco, pero después tendrán que cerrarse”.
“A la muerte no nos acostumbramos”, prosiguió el vicario. “No sabemos dónde está la muerte. Y siempre nos sorprende. Lo que ocurre es que los cristianos no creemos en la muerte. Dios nos creó para la vida (...). Nuestro Dios es el dios de la vida. Y por eso no tememos a la muerte”.
El objetivo de la ceremonia, resumió el sacerdote, no era otro que “llorar” a los “seres queridos” fallecidos. “Y lo que pedimos es que esas lágrimas las recoja el Señor y las convierta en esperanza”, apeló a los asistentes antes de homenajear a los “muertos por violencia y atentados terroristas”.
Al terminar el acto, mientras se acordaba de su padre, Vivas paró frente al mausoleo donde descansan los restos del alcalde republicano de Ceuta Antonio López Sánchez-Prado. Allí dejó una corona de flores para no olvidar a un médico que pagó con su vida dirigir la vida política de la ciudad autónoma anterior a la dictadura.

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