Categorías: Opinión

Una frontera

Al margen de tensiones, de comunicados cuyo contenido está demasiado adulterado por el ERE que de manera dramática y amenazante ha lanzado Cruz Roja y de alarmismos en torno a la figura del inmigrante, urge una reflexión sobre esos hombres, mujeres y niños con los que nos topamos a diario en esta Ceuta subvencionada. Y urge porque es sano, resulta saludable, ponerse en la piel de ese chiquillo que tiene un futuro deformado sencillamente porque a su madre le tocó parir al otro lado de la frontera. Es tan sencillo como eso: una suerte, un azar, un toque mágico (si queremos llamarlo así) que ha hecho que este mundo esté poblado por desfavorecidos y otros que no lo son tanto. Una línea que nosotros mismos hemos construido durante siglos dibuja un sistema en el que las leyes y los derechos pueden existir o no. Y eso es algo que siempre tenemos que tener presente cuando nos vemos frente al espejo o cuando damos el beso de buenas noches a nuestro hijo a sabiendas de que, al menos, tendrá derechos, dispondrá de recursos y podrá optar a tener un futuro. Pero ¿y si le hubieran parido en el otro mundo, en ese que crece bajo amenazas, en ese que soporta unos sistemas corruptos beneficiados por las lluvias de millones que llegan de la madre Europa para engordar las arcas de los dictadores? Su vida hubiera sido una eterna lucha desde el primer llano. Una lucha, primero, por vivir, por vencer a una muerte temprana, por salir adelante. Y después, por poder crecer sin sometimientos y con opciones.
Como nunca hemos sufrido ese otro lado de la vida es imposible que seamos conscientes de lo afortunados que somos, de la fortuna que, además, hemos conseguido trasladar a nuestros hijos. Viendo las miradas de quienes son igual que nuestros pupilos, de quienes esperan en el CETI una oportunidad del destino, puedes intentar aproximarte a esa sensación de dar gracias a quien sea por haber hecho que a la Diosa Fortuna le diera por aparecer en tu vida.
No me gusta el ambiente que interesadamente se está ofreciendo. Y digo interesadamente porque desde nuestra libertad podemos defender nuestro trabajo, nuestro pan de cada día y el de nuestros hijos, pero sin jugar con una bomba de relojería esperando a ver si explota o no. No me gusta porque es algo que alimenta a los descerebrados, a quienes solo se preocupan de mirarse el ombligo, a quienes son incapaces de ver más allá de un número.
Reflexionemos, y al margen de nuestras propias guerras, seamos capaces de ver la realidad en toda su globalidad y de, al menos, dar ejemplo de ser, simplemente, sanos.

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