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Un recuerdo imborrable

En aquel entonces andaba yo por los cinco años. Esa noche, a la hora de la cena, estaba en pijama, al lado de mis padres y hermanos, junto a la radio, desde la que comenzó a sonar una marcha militar.

Inmediatamente después, con voz, solemne, emocionada y bien timbrada,  Fernando Fernández de Córdoba, un conocido actor y locutor, leyó el diario parte oficial de guerra, que resultó ser el último: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Burgos, 1º de abril de 1939, Año de la Victoria. El Generalísimo; Franco”. A esas palabras se unió un mensaje del mismo Franco, del siguiente tenor: “En el momento en que con la victoria final recogemos los frutos de tanto sacrificio y heroísmo, mi corazón está con los combatientes de España y mi recuerdo con los caídos para siempre en sus servicios”.
Aun con mi corta edad, tuve conciencia de que estábamos viviendo algo trascendente. Miré a mis padres, abrazados, y vi con sorpresa, que ella lloraba a lágrima viva. Hasta entonces, yo creía que el llanto sólo se correspondía con el dolor físico o con la pena.  - ¿Por qué lloras, mamá?- le pregunté, y me contestó que lo hacía porque se había emocionado. Al ir cumpliendo años pude comprender su reacción, que en principio no entendí. El final de la guerra significaba que su hermano, su cuñado y otros parientes alistados volverían sanos y salvos; que ya no habría más bombardeos sobre Ceuta y que, por fin, terminaba aquella pesadilla del enfrentamiento bélico entre españoles, unos apoyados por Alemania e Italia y otros por la Unión Soviética y por las Brigadas internacionales. Claro es que a la vez tendría un recuerdo para su primo Ángel Guerrero Sánchez, muerto en combate, pero eso no me lo dijo.
Sin embargo, la llegada de la paz no trajo consigo la reconciliación entre las dos Españas. Había vencedores y había vencidos. Se sucedieron depuraciones, procesos y ejecuciones. Años después, el régimen de Franco comenzó a tomar algunas medidas en un tímido intento de acercamiento: el enterramiento en el Valle de los Caídos de combatientes de ambos lados, algunas leyes de amnistía… Pero la guerra había dejado un poso de odios que parecía imposible eliminar.
De ahí procede la reacción general de gratitud y admiración despertada ante la reciente pérdida de la figura histórica de Adolfo Suárez, quien supo lograr una unidad entre los españoles que se creyó irremisiblemente perdida, consiguiendo la concordia mediante el consenso, en el que unos y otros supieron ceder en beneficio de una transición ejemplar.
Claro es que no todos se conformaron con ello. Hubo hasta un golpe de Estado. En ese sentido me viene a la memoria cierto artículo publicado en este mismo diario, criticando que se hubiera  nombrado a mi hermano Comisario de la Expo-92, de Sevilla, siendo, como era, hijo de un Alcalde republicano, algo que tanto él como yo llevamos muy a honra.
  Lástima que ahora se hable de la supuesta necesidad de hacer una segunda transición, escorada hacia babor. Lástima que proliferen las banderas republicanas entre las gentes de izquierdas, que -a lo que se ve- identifican erróneamente república con gobierno de los suyos, como si en el mundo no hubiera cantidad de repúblicas en las que se produce la alternancia en el poder  de mandatarios de distinta ideología. Si, claro,  ya se que ello no sucede en las llamadas “repúblicas socialistas”. ¿Acaso es ese su modelo? Lástima de los desafíos soberanistas, y lástima también de las leyes partidarias sobre memoria histórica, de la eliminación sistemática de determinados nombres de  vías públicas que correspondían a personas de un bando para sustituirlos por los del otro. En ese aspecto –como igualmente en otros- Ceuta supo dar una lección, al optar por las denominaciones populares (Real, Palmeras, Marina, Revellín, Reyes, Azcárate) para sustituir los que tales calles o plazas tuvieron durante el régimen totalitario surgido de la guerra civil.
En definitiva: nunca he olvidado aquella honda y perdurable impresión que me llevé el día lº de abril de 1939 –esta misma semana se han cumplido ya setenta y cinco años- cuando tras oír el último parte oficial de guerra, el del final de aquella terrible contienda civi, ni llorar a mi madre-.
Entonces aprendí que también se llora de emoción.

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