La estudiada aparición en el tiempo de las cuentas suizas del ex “molt honorable senyor” Jordi Pujol ha transparentado el escaparate de esperpentos que se esconde tras una democracia corrupta desde sus orígenes por una plutocracia cleptómana asociada con el nepotismo más evidente.
Este ídolo con pies de barro, cerebro de cortabolsas y manos de prestidigitador, no ha caído de su olimpo por remordimiento de conciencia o arrepentimiento. Ha sido empujado por la presión judicial sobre su clan y la aparición de la lista semi secreta de notables españoles que entregó el testigo protegido Falciani a las autoridades españolas, y donde aparece desde el potito hasta el nombre del anterior monarca que, por cierto, también lo justificaba como una herencia sin declarar.
Los niveles de corrupción en España son tan elevados que afectan de gran manera al PIB y la deuda pública, y a una imagen institucional que se encuentra vapuleada permitiendo y fomentando el afloramiento de radicales que están dispuestos a acabar con todo mediante el fuego purificador.
La ley de transparencia que aprobó en solitario el PP se antoja insuficiente y el ministro de interior anuncia que el cáncer de España es la corrupción; pero ni la justicia, ni la policía, ni la guardia civil dedican más esfuerzos a ello.
Un país con las cifras de paro que nos asolan, unos niveles de pobreza que afectan al 25% de la población, una educación a la cola de la OCDE y un sesgo de la población acostumbrada al paternalismo socialista a modo de prebendas graciables a finales de mes, no va a soportar durante mucho tiempo una situación económica en la que la clase media está desesperanzada, las bajas desoladas, y solo presentan saldos positivos las grandes empresas y las cuentas bancarias de políticos sin escrúpulos.
España no puede soportar el peso de la corrupción por más tiempo. Desde el caso Balear , a los EREs con dos ex presidentes andaluces, a este último catalán. Son asuntos que afectan directamente a los presidentes autonómicos, por lo que hemos de entender su fácil extensión jerárquica y la amplia difusión y enraizamiento de los mismos.
El problema de Cataluña no es el 3% como anunciaba Margall en el Parlamento. El problema es, lo extendido de este porcentaje y otros muy superiores, por toda esta piel de toro enmohecida que se llama España.
Si Mariano Rajoy quiere salir airoso de su legislatura no le bastará con mejorar los parámetros económicos, también deberá liderar una lucha ética contra la corrupción y la utilización de la política con fines personales, pero para ello debería comenzar con su propio Consejo de Ministros y preguntar a Ana Mato por claros y determinantes aspectos de su pasado que contrastan con el resto del Consejo.
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