En castellano, en francés y en un inglés desacertado. “Usted está en el punto más meridional de Europa.” La frase puede leerse en un tablón informativo claveteado en el suelo de Tarifa, Cádiz, frente a la Isla de las Palomas. La frase y los mapas del tablón interpelan a la imaginación geográfica del visitante. Monumentalizan la singularidad simbólica del lugar. Subrayan la carga evocadora de la encrucijada entre el Atlántico y el Mediterráneo. Pero sobretodo recuerdan que nos encontramos en el extremo sur de esa gran extensión de tierra, Europa, a la que de forma habitual, y un tanto a la ligera, llamamos continente.
Conviene aquí, tal vez, una puntualización. Porque el nombre no hace a la cosa. Y aunque, de forma inexacta, el peso del convencionalismo nos empuje a denominarla “continente”, Europa no deja de ser una península. Es decir: una Paeninsula en latín. O, lo que es lo mismo: una casi-isla. Europa, de hecho, es una gran península ataviada de penínsulas, en el linde sur de una de las cuales (la ibérica), se halla la llamada Isla de las Palomas.
Valga aquí otra puntalización. Porque también la tradición y el convencionalismo obligan a referirnos a la la Isla de las Palomas de forma inexacta. Pese a la insularidad que brolla de su historia y toponimia, la susodicha de las Palomas está en la actualidad unida a Tarifa, es decir, a la masa continental euroasiática, por una lengua de tierra asfaltada. Esto es: por una carretera que ejerce de istmo.
Así que, en realidad, nos hallamos también en este caso, y perdonen ustedes la reiteración, ante una península. Pero no se trata, en cualquier caso, de una península cualquiera. Se trata, ni más ni menos, de la más meridional de las penínsulas de Europa. La última. La más sureña. Peninsularidad al límite.
El caso es que la (llamémosle) Isla de las Palomas equivale, para muchos europeos, a un lugar remoto. Y en consecuencia lo que allí sucede constituye también para muchos una realidad ignota. La isla y sus circunstancias ocupan un espacio periférico no sólo en nuestro imaginario geográfico sino tambien en el universo mediático que lo conforma y deforma.
En esta tesitura, y a fin de enmendar un ápice el agravio, y resarcir el déficit de atención del que adolece el escenario, podrían acometerse algunas modificaciones en el tablón informativo que ven ustedes en la fotografía. Éste agradecería, sin duda, un ensanche de contenidos. Ganaría enteros si ampliara un poco la paleta de indicaciones, y si extendiese, en la medida de lo posible, el abanico de coordenadas que ofrece al visitante.
El tablón podría anunciar, por ejemplo, que allí, en el punto más meridional de Europa, en plena punta sur del viejo semicontinente, se encierra a seres humanos que no han cometido ningún delito. Es decir, el panel podría indicar que la Isla de las Palomas alberga un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE), que depende del CIE de Algeciras.
El cartel podría informar de que, en consecuencia, en la isla se priva de libertad a personas extranjeras que no tienen la documentación en regla. Es decir, repetimos, que no han cometido ningún delito, sino una falta administrativa. Y que mientras discurre el encierro, como sucede en otros CIES esparcidos por la geografía española, y según denuncian organizaciones como SOS Racismo o la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía, allí se vulneran derechos fundamentales de forma reiterada.
La mención al CIE en el tablón, en definitiva, ayudaría a visibilizar una realidad opaca cuyas coordenadas urge conocer. Contribuiría a mapificar el complejo archipiélago de limbos legales y de limbos espaciales que ha ido forjándose en los confines geográficos y jurídicos de la UE, desde que ésta emprendió la senda del blindaje.
(*) Departament de Geografia, Universitat Autònoma de Barcelona
@xavier_ferrer
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