Categorías: Opinión

Un algo de alegría y sentido a la vida

Ser pasivos ante las vicisitudes de la vida, aunque se trate de pequeñas cosas o de algo que ocurre más allá de lo que le atañe directamente, es no vivir la vida en toda su plenitud.
Ni siquiera es suficiente que comentemos con los amigos los resultados de los partidos de fútbol, o los premios concedidos a algunos futbolistas. La vida de cada persona es, naturalmente, mucho más que todo eso aunque se pase muy bien en las tertulias con los amigos, a pesar de que no se pueda fumar el cigarrillo de siempre mientras se saborea el café, la cerveza o la copa de vino.
Es más, incluso, que la labor de cada día, tanto en la familia como en el trabajo, por importante que éste sea. La plenitud de la vida es la entrega de todo nuestro ser a la defensa de la verdad, en todo momento y lugar, con alegría y fortaleza; con deseo de llevar el espíritu del bien a todas partes - para que la gente sea feliz - sin temor a los sacrificios personales que ello pueda acarrear.
Es necesario salir de la concha en la que nuestro egoísmo nos ha instalado; hay que salir de ahí, de ese pensar en nosotros mismos y acudir allí donde hay ataques a la libertad personal, al derecho a la vida y tantos otros derechos fundamentales, para defenderlos a ultranza.
El ser humano tiene capacidad para mucho más de lo que, generalmente, suele hacer. Es cierto que hay unos límites personales, impuestos por la edad, la enfermedad o alguna razón específica, pero es inmensa la mayoría de gente que puede y debe tratar de llevar algo de alegría sana y delicada a la vida para que, ésta, alcance la realidad de su verdadero sentido.
El respeto a la verdad, el amor a toda clase de gente y la moralidad de la vida, en todos sus aspectos, es algo que a todos obliga a cumplir con alegría - porque se hace algo bueno y necesario - y que a todos proporciona calidad humana en su más alto grado.
Nadie debe renunciar a defender la verdad; nadie debe dejar el camino libre a quienes se empeñan en lograr y mantener siempre sus decisiones, basadas muchas veces en un poder ejercido fuera de los límites de la lógica y del buen hacer en las relaciones humanas.
Parece como si no contara para nada mucha gente que piensa de otra forma, que siente de otra forma y que tiene pleno derecho a ser escuchada con toda atención, no sólo por el número de esas personas sino por la calidad de lo que se defiende para el bien general de la sociedad.
¿Por qué se ha de admitir ese laicismo radical que se está imponiendo en la Universidad de Barcelona? No se entiende esa oposición a que la Santa Misa se celebre en la capilla de la Universidad, unos días a la semana.
A nadie hace daño, ni tiene por qué molestar, que unos profesores y alumnos tengan la posibilidad de asistir a Misa, en la que buscan y encuentran fuerzas para sus almas y un algo de alegría y sentido a la vida,

Tienen derecho a intentar ser mejores en sus actuaciones, académicas y cualesquiera otras, y deben ser ayudados a mantener ese derecho. No se debe vivir a capricho de nadie. El sentido de la vida es muy serio.

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