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La Umma (la comunidad musulmana global) y el valor de la vida

Este comunicado nace desde el dolor profundo, la fe comprometida y la responsabilidad moral que sentimos como parte de la umma “la comunidad musulmana global”, pero también como seres humanos conscientes, ante el genocidio sistemático que se está perpetrando contra el pueblo palestino. Gaza.

  1. El genocidio

El genocidio se define como la comisión de actos dirigidos a destruir, en su totalidad o en parte, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Esta definición no solo se basa en las acciones, sino también en la intención que las motiva. En el caso que nos ocupa, la intención genocida no es una suposición: ha sido expresada públicamente en diversas ocasiones por actores con capacidad de decisión, y reiterada de forma clara y documentada.

Ante esta evidencia, la pregunta fundamental ya no es si existe tal intención, sino si esa intención se está materializando a través de un patrón sistemático de operaciones. Es decir, si las acciones sobre el terreno ,los bombardeos masivos, los desplazamientos forzados, la destrucción de infraestructuras civiles esenciales, la negación de alimentos, agua y atención médica responden a una lógica que implementa esa voluntad de aniquilación. El análisis de estos hechos permite afirmar que no se trata de excesos aislados o daños colaterales, sino de un proceso planificado que encaja en los parámetros legales e históricos del crimen de genocidio.

No es una declaración política en sentido partidista, sino una afirmación ética, espiritual y universal frente a una injusticia que hiere la dignidad humana y traiciona los principios fundamentales que sostienen toda conciencia justa: el respeto a la vida, la compasión, la verdad y la justicia. Ante la masacre sistemática que el Estado sionista de Israel lleva a cabo con impunidad en Gaza y en toda Palestina, guardar silencio es un acto de complicidad; alzar la voz, en cambio, es un deber de conciencia, de fe profunda en la dignidad de todo ser humano y de compromiso con la humanidad. Este texto es, por tanto, una expresión de duelo, de resistencia moral y de llamado urgente a una acción colectiva, pacífica y profundamente arraigada en los valores de la justicia, la no violencia y la dignidad compartida. Una acción que rechaza el odio, que no busca venganza, sino verdad, responsabilidad y esperanza.

EFE

  1. El valor absoluto de la vida

La vida es sagrada. Los valores religiosos nos enseñan que la umma (la comunidad musulmana global) es como un solo cuerpo: cuando una parte sufre, todo el cuerpo se resiente. Esta enseñanza no es una metáfora poética, sino un principio ético profundo que nos interpela ante cada injusticia, cada crimen, cada dolor que golpea a cualquier miembro de nuestra comunidad, sin importar su lugar, su lengua o su frontera. Y hoy, ese sufrimiento tiene nombre: Gaza.

La dignidad intrínseca de cada ser humano nace del reconocimiento de que su vida es un valor absoluto, no relativo. No hay cálculo político, conflicto ideológico o interés económico que pueda legitimar la pérdida innecesaria de una sola vida. En un mundo marcado por la violencia estructural, la desigualdad y la indiferencia institucionalizada, esta afirmación se convierte en un principio radicalmente transformador.

No existe justificación que banalice la muerte o el sufrimiento de una sola persona, sea del credo que sea. La vida humana es inviolable, y su preservación es un mandato divino.

El Corán consagra de manera clara un principio moral universal sin distinción alguna: salvar una vida equivale a salvar a toda la humanidad. Esta expresión no solo eleva la vida humana a un plano sagrado, sino que también nos obliga a ver en cada persona una responsabilidad colectiva. Banalizar la muerte, ya sea mediante discursos de odio, políticas represivas, guerras, o abandono social, es traicionar ese principio divino y ético.

EFE

  1. La Fe, la Justicia y la Esperanza como camino

Este mandato no es exclusivo del islam; se encuentra también en el corazón de otras tradiciones religiosas y humanistas. En el cristianismo, la vida es don sagrado; en el judaísmo, "Pikuach nefesh”, es un concepto fundamental en la ley judía, que significa "salvaguardar la vida" o "preservación de la vida humana". En el pensamiento laico, los derechos humanos reconocen la vida como el primero y más fundamental de todos los derechos.

Preservar la vida implica también protegerla de las múltiples formas de muerte lenta: la pobreza extrema, la hambruna, la desnutrición, la violencia de género, el racismo institucional, la exclusión sanitaria o la destrucción ecológica. Toda política justa debe partir de este principio: que ninguna persona sea considerada prescindible.

No se mide a una persona por el poder que acumula, sino por su honestidad, su compromiso con la justicia y su esfuerzo por el bien común. La virtud individual es semilla de transformación social. Su fe y acciones determinan su grandeza. La verdadera grandeza no reside en lo que una persona posee, sino en lo que aporta a los demás

La fe verdadera no es un atributo pasivo, sino una fuerza activa que guía la conducta ética. No se trata solo de creencias, sino de acciones que reflejan esos principios: decir la verdad cuando hay riesgo, actuar con equidad cuando hay presión, defender al débil aunque implique un coste personal.

La justicia, la honestidad, la compasión, el sentido del deber: estas son las virtudes que siembran el cambio en lo colectivo. Una sociedad justa no se construye únicamente mediante leyes o reformas institucionales, sino a partir de una ciudadanía consciente y comprometida. La transformación social comienza cuando los individuos optan por la rectitud, aunque el entorno les invite al egoísmo o la indiferencia.

Además, esta visión empodera a cada persona, sea hombre o mujer, independientemente de su posición económica o social. No es necesario ocupar cargos de poder para ser grande: basta con hacer lo correcto allí donde uno se encuentra. Como decía el Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él): “El mejor de las personas es quien más útil resulta a los demás”. Ese ideal de servicio y coherencia interior es el motor silencioso de toda verdadera acción social.

EFE

  1. Lo que ocurre en Gaza no es un conflicto, es un exterminio

Lo que se está perpetrando en Gaza no es un conflicto, ni una guerra simétrica: es un exterminio colectivo contra un pueblo sitiado, despojado, masacrado por el Estado sionista de Israel. Es la destrucción deliberada de una población entera, con sus hogares, sus hospitales, sus escuelas, sus mezquitas, sus cementerios, su memoria, su historia y su futuro. Es la herida más abierta y más insoportable del cuerpo de la umma hoy día. Ya que el bienestar de los Gazatíes es nuestra responsabilidad como Umma “comunidad musulmana global”, y su pérdida es una herida colectiva.

Ante esta realidad, no se permite la neutralidad ni el silencio. La marginación, la opresión o el exterminio de un solo ser humano ya interpelan la conciencia de todos. ¿Qué decir entonces cuando se trata de miles de niños asesinados y otros sentenciados a una muerte lenta y sufrida a través de la hambruna selectiva, de familias enteras enterradas bajo escombros, de generaciones condenadas al trauma, al exilio o a la muerte? El sufrimiento del pueblo palestino no es una causa extranjera, es una causa moral que nos define como comunidad: callar es traicionar nuestros principios; mirar hacia otro lado es romper el pacto espiritual de la umma.

EFE

  1. El silencio de parte del pueblo judío y el clamor de la historia

Y con dolor, pero también con un profundo sentido de responsabilidad ética, debemos plantearnos: ¿cómo es posible que parte del pueblo judío, cuya historia está marcada por el horror del Holocausto, pueda permitir, justificar o incluso alentar el exterminio de otro pueblo? ¿Cómo es posible que quienes han sufrido la deshumanización absoluta, la persecución, el exterminio, el odio racial sistemático, permitan que un Estado opresor reproduzca esa misma lógica contra los palestinos?

El sufrimiento del pueblo judío durante el exterminio nazi es una herida de toda la humanidad. No es una tragedia exclusiva ni un dolor aislado: lo compartimos todas las personas de conciencia y de bien, incluidos nosotros, los musulmanes, que hoy estamos siendo masacrados en Gaza como Umma. Lloramos con ellos entonces, como lloramos hoy por Palestina. Porque creemos, como enseña nuestra fe, que la injusticia, dondequiera que ocurra, es una amenaza para todos.

El exterminio sistemático del pueblo palestino no puede entenderse como una mera reacción emocional, un efecto colateral del conflicto o una repetición inconsciente de traumas históricos. Lo que se está llevando a cabo en Gaza y en toda Palestina responde a una estrategia política deliberada del Estado sionista de Israel: una hoja de ruta diseñada con plena consciencia, planificación y voluntad de aniquilar a un pueblo entero.

Aunque sin lugar a dudas, todo estado tiene el derecho e incluso el deber de salvaguardar la seguridad de su población, pero ese principio, no puede ser utilizado como coartada para justificar la violencia sistemática y la opresión estructural bajo el discurso de la “seguridad nacional”, el Estado sionista de Israel perpetúa un proyecto de ocupación y limpieza étnica que opera con una lógica colonial, racista y deshumanizadora. Instrumentaliza el miedo y tergiversa el derecho a la seguridad para imponer una realidad de apartheid, asedio y exterminio.

EFE

El objetivo es claro y sistemático: en nombre de esa supuesta seguridad, se borra a Palestina de la historia, del mapa y de la memoria, eliminar a quienes habitan esa tierra, piedra a piedra, vida a vida.

Es bien cierto que son miles los judíos en todo el mundo que han alzado su voz con valentía, denunciando esta barbarie y desmarcándose del aparato colonial y criminal del Estado sionista de Israel. Esa dignidad moral es reconocida, valorada y respetada. Sin embargo, como comunidad musulmana global “la umma”, echamos en falta una condena aún más contundente desde todos los espacios de conciencia, incluyendo el seno de las instituciones religiosas judías. Una repulsa firme, clara y masiva, que desmonte la pretensión de que este genocidio se comete en nombre del pueblo judío. Porque mientras el silencio domine en los espacios sagrados, la maquinaria del exterminio seguirá hablando en nombre de todos.

¿Cómo es posible que parte de un pueblo que padeció la persecución, la desnutrición, el encierro forzado y el exterminio, pueda hoy ver en directo, por televisión, a niños palestinos morir de hambre, a familias enteras desaparecer bajo los escombros, a una población entera ser condenada al olvido, y no alzar una voz unánime de rechazo?

Ese “nunca más” que tantas veces se ha pronunciado en honor a las víctimas del nazismo no puede convertirse en un privilegio histórico para unos y una condena perpetua para otros. “Nunca más debe significar nunca más para nadie. Ni para los judíos, ni para los palestinos, ni para ningún pueblo oprimido.

Nuestro deber, como creyentes y como seres humanos con conciencia, es doble: aliviar el dolor de quienes sufren y denunciar sin ambigüedad a quienes lo provocan. No hay justicia posible si no se nombra al opresor. No hay paz verdadera sin rendición de cuentas. Y no hay humanidad mientras el pueblo gazatí siga siendo tratado como prescindible. 

EFE

  1. Una llamada a toda la humanidad. Gaza nos interpela a todos

Por ello, hacemos un llamado a todas las personas de fe y de conciencia, sean musulmanas, judías, cristianas, hindúes , agnósticas o sin adscripción religiosa: a todas aquellas que creen en el valor sagrado de la vida, en la justicia como fundamento de la convivencia, y en la dignidad humana como principio inviolable, a que alcen su voz con firmeza frente a esta barbarie .Lo que ocurre en Gaza no es una cuestión lejana ni ajena: es una herida moral que interpela a todo ser humano que no ha renunciado a su humanidad. Callar hoy es convertirse en cómplice. Hablar, en cambio, es honrar la memoria de quienes murieron en los campos de exterminio por ser considerados menos que humanos, al igual que pasa en Gaza.

Hoy más que nunca, el bienestar colectivo comienza por el cuidado, la defensa y la dignificación de quienes están siendo deshumanizados. La umma no puede permanecer inerte ante la masacre de Gaza. La comunidad internacional no puede seguir legitimando la impunidad israelí con su silencio cómplice. Y cada uno de nosotros, allí donde se encuentre, tiene la responsabilidad moral de actuar con firmeza y dignidad, de alzar la voz con verdad y respeto, y de resistir pacíficamente, sin rendirse jamás ante la injusticia.".

Porque la herida de Gaza es una herida en el corazón mismo de nuestra humanidad.

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