EFE
Los humanos tendemos a comportarnos como seres irracionales. Cada vez más. Así, es lógico que transformemos en ídolos a auténticas aberraciones. El símbolo de la chulería, del odio, del ‘machito’ y de las imposiciones se convierte en adoración pública.
Sucede con Trump. Su éxito provoca adoración entre quienes lo califican de “auténtico político” llegando a confiar en un desembarco similar en España para que saque a este país del hundimiento generalizado.
Resulta que el país con más derechos logrados aspira a que una especie de chulo de barrio con aires de gamberro de discoteca termine mandándolo y también sobre todos nosotros.
Ese Trump es el mismo que ha ordenado que deporten a una niña de 10 años nacida en Estados Unidos y que sufre cáncer cerebral. Lo ha hecho cuando, acompañada de su familia, iba camino del hospital.
La Policía de EEUU detuvo a todos en un control, los llevó a un centro de detención y después al lado mexicano de un puente en Texas.
Son las nuevas víctimas de Donald Trump, el adorado por muchos que encuentran gracioso cuando el mandamás americano se pone a bailar, cuando chulea a líderes de otros países y consideran, además, que “tiene muchos cojones”, fundamentación estupenda para desear que alguien así nos gobierne.
Ese es el que ha deportado a miles de personas en operaciones que ya ni siquiera trascienden en los medios de comunicación, pero suceden. Es el que no ha dudado en echar del país a una niña enferma cuya historia conocemos ahora.
La vida y los palos que nos ha dado no nos ha hecho mejores personas. Las tragedias sufridas solo sirvieron para mecernos en la cuna del miedo durante una temporada. Después de tiempos de sufrimiento hemos vuelto peores.
La pandemia, que supuestamente nos convertiría en mejores personas nos ha hecho perder el norte hasta apoyar auténticas barbaridades y encumbrar a personajes como Trump al trono de los dioses.
El futuro no es nada bueno cuando deportan a una niña con cáncer y esto no provoca ningún tipo de reacción. Cuando se aplaude que este tipo de poderes sean los esperados para sacar adelante el país. No hemos avanzado nada, ni hemos cambiado, ni tampoco somos mejores personas. Eso además de triste es peligroso, mucho, porque no sabemos qué les espera a las futuras generaciones y qué mal lo pasarán aquellos a los que hemos enseñado que personajes como Trump no son ídolos sino que son precisamente a los que deberíamos despreciar.
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