Todavía hay quien me pregunta cuántos años llevo en Ceuta. Será porque el acento navarro engaña y más de uno cree que acabo de desembarcar. No se me quita, a mucha honra. Como tampoco se me quita la sensación de tristeza por ver, después de 21 años en estas tierras, la dejadez absoluta que existe en muchos asuntos. Es imposible que, teniendo muchos miembros del Gobierno a los que se ve ‘patear’ los rincones de la ciudad, no se den cuenta del abandono patrimonial y natural en el que nos encontramos. Lo saben porque tienen que verlo, pero sin embargo no actúan. Dejan que se vaya perdiendo todo, que los rincones más preciados de esta tierra asomen hechos una porquería, que elementos históricos se caigan porque nadie los ha cuidado, que tengamos auténticos tesoros perdidos a los que no se saca partido. Las joyas escritas que nos deja José Manuel Pérez Rivera o la pluma crítica y constante de otro de nuestros colaboradores, Ángel Ruiz, son el soplo de aire fresco que tenemos ante tanta dejadez. ¿Saben que tenemos BIC que se van cayendo a pedazos?, ¿que tenemos bienes con okupas eternos y otros que sirven de aliviadero sexual?, ¿que los caminos naturales más preciados están contaminados?, ¿no les preocupa que aparezcan delfines y tortugas muertas?, ¿eso de la ciudad marinera va solo en los discursos de Vivas que se sabe de memoria y repite como niño sabiondo de la clase sin creérselos? Por Dios, tengan un poco de decencia porque es de enorme tristeza que con una Ceuta tan preciosa, con rincones que ya quisieran otras ciudades, tengan tan poca vergüenza de dejar que se muera poco a poco. Es la tierra de todos y como tal debe ser atendida, cuidada y mimada por quienes están en la obligación de dejarse la piel para algo más que cobrar a final de mes.
Podemos enumerar una lista de bienes olvidados en los que prometieron actuar y no lo han hecho, patear todos los montes que quieran para demostrar que no están limpios, recorrer rincones protegidos sobre el papel pero dejados en la realidad. Pero la hipocresía ha dominado una clase política tan esperpéntica como interesada, entregada a las sonrisas ante los medios, las comparecencias insulsas, las mentiras y los pactos encubiertos. La única misión que debe pesar en la hoja de tareas de gobierno y oposición es salvar y conservar esta tierra que va muriéndose poco a poco, que se va quemando y pudriendo sin que importe demasiado.
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