Las convocatorias de planes de empleo han estado siempre marcadas por la sospecha.
No es de ahora, esto viene desde su creación. Hubo etapas en las que nadie decía nada, porque los cupos mandaban y desde la Delegación de turno se buscaba agradar a cualquier entidad que pudiera convertirse en un altavoz molesto. En este medio hemos llegado a publicar hasta una fotografía de un grupo de jóvenes del Príncipe que recordaban las promesas recibidas e incumplidas pasadas las elecciones. Nada sorprende. A mí, al menos, ninguno me sorprende por mucho que ahora, en batalla electoral, hayan acudido prestos al armario para sacar el traje de la transparencia con el que patearse media Ceuta. Resulta triste que buena parte de la sociedad mantenga sospechas en cuanto a los procesos de selección de los planes. Igual sentimiento arroja la publicación de las famosas listas con los seleccionados y los posteriores comentarios que se escuchan en la calle. Ayer mismo hubo una asamblea de vecinos de distintas barriadas para pedir que haya transparencia en las convocatorias de los planes. No querían significarse con ningún partido político y aprovechaban para tirar de las orejas a todos, porque son, en mayor o menor parte, culpables de que, en la calle, sigan prevaleciendo los malos pensamientos en torno a cómo se puede conseguir esa oportunidad laboral. Los partidos políticos tienen la obligación de trabajar más y mejor por evitar que ese pensamiento se extienda, pero no lo hacen. Su labor se ciñe a culparse mutuamente, olvidando que todos tienen su parte de responsabilidad en lo que está pasando.





