Hay tradiciones que no necesitan presentación porque forman parte de la memoria colectiva de la ciudad y de los propios ceutíes. La Mochila es una de ellas.
Cada 1 de noviembre, generaciones de ceutíes han llenado los montes de familias, amigos, comidas, meriendas y, sobre todo, recuerdos. Es una costumbre que se hereda, que identifica a los caballas y que, difícilmente, puede entenderse como una fecha más del calendario. Por eso, precisamente, duele que este año no pueda desarrollarse como siempre. Hay ocasiones en las que preservar lo que somos exige también saber dar un paso atrás.
La decisión de la Ciudad Autónoma de no respaldar la celebración institucional en los montes no responde a un capricho ni a una renuncia a las tradiciones. Responde a un ejercicio de responsabilidad y prudencia ante una situación que no invita a la simple despreocupación. La seguridad de miles de personas no puede quedar supeditada al deseo legítimo de mantener una jornada como la de todos los años. Y mucho menos cuando los acontecimientos recientes ofrecen motivos suficientes para extremar las precauciones.
Los datos están ahí. Peleas, agresiones, enfrentamientos entre grupos numerosos, lanzamiento de piedras, daños materiales e incluso ataques contra patrullas militares. Son incidencias recogidas en partes oficiales, no impresiones ni discursos interesados.
Su acumulación en un periodo tan corto dibuja un escenario que merece atención y que difícilmente puede despacharse con un mensaje de normalidad.
Que algunos de estos episodios se minimicen no hace que desaparezcan ni resta importancia a la preocupación que generan.
La Delegación del Gobierno defiende que el despliegue de militares, policías nacionales y guardias civiles durante las últimas dos semanas permite garantizar la seguridad en los montes. Su trabajo merece reconocimiento, respeto y agradecimiento. Sería injusto poner en duda la profesionalidad de quienes están desarrollando una labor imprescindible en unas circunstancias especialmente complejas.
Pero reconocer ese esfuerzo no significa que deban ignorarse las dificultades existentes ni que la presencia de efectivos permita despejar cualquier incertidumbre. Una cosa es el trabajo de prevención y vigilancia y otra poder asegurar que una concentración multitudinaria en un entorno natural, con numerosos accesos y dificultades propias de su orografía, se desarrollará sin incidentes.
La Ciudad ha tenido la obligación de valorar ese riesgo y actuar en consecuencia. No hacerlo por temor al coste de suspender una celebración tan arraigada sería una irresponsabilidad mucho mayor.
Las administraciones no están para tomar decisiones pensando en lo que resulta más popular, sino en lo que consideran más seguro para sus ciudadanos. Y si las circunstancias aconsejan no promover este año la concentración en los montes, esa decisión debe entenderse como una medida de cautela, no como un ataque a quienes trabajan para garantizar la seguridad.
Tampoco conviene confundir la suspensión de los actos institucionales con la desaparición de La Mochila. La tradición permanece en la memoria de quienes la han celebrado desde niños y en el deseo de seguir transmitiéndola a las generaciones que vienen detrás. Lo que cambia este año son las circunstancias y, con ellas, la forma de afrontar una jornada que siempre ha sido sinónimo de convivencia.
Para ello se han programado una serie de actividades para no perder su esencia en el recinto del Parque Juan Carlos I, en la Marina. Lo que no hay que hacer es convertir esa decisión en una batalla política ni obligar a elegir entre la defensa de una costumbre y la responsabilidad institucional. Ambas cosas pueden y deben convivir.
Ceuta necesita recuperar cuanto antes la normalidad. Necesita que sus montes vuelvan a ser ese espacio de encuentro en el que las familias disfrutan sin preocupaciones y en el que los más pequeños descubren una tradición que sus padres y abuelos les han contado. Pero esa normalidad no se proclama sin más: se construye con las necesarias garantías. Y no se puede exigir a una Administración que mire hacia otro lado cuando existen razones para preocuparse.
Este 1 de noviembre será diferente. Faltarán las estampas habituales y más tradicionales, las reuniones multitudinarias y buena parte de ese ambiente que convierte La Mochila en una de las fechas más especiales del calendario ceutí.
Será una ausencia que se sentirá, pero que también debe comprenderse. Porque las tradiciones no se defienden poniendo en riesgo a quienes las mantienen vivas. Se defienden cuidándolas, protegiendo a sus protagonistas y esperando a que puedan celebrarse de nuevo con la tranquilidad que merecen.
La Mochila es de todos los ceutíes. Y, precisamente por eso, este año, la prudencia también debe formar parte de la tradición, aunque sea de forma puntual.
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