Aunque es cierto que abundan los libros que denuncian las desigualdades entre los hombres y las mujeres, reconocemos que son escasos los que ahondan en los significados de estos dolorosos hechos. Quizás, al escribir sobre estas cuestiones, no tenemos en cuenta que es ahí -en la mente, en los sentimientos y en la imaginación- donde se originan y se desarrollan esas diferencias injustas y, a veces, lacerantes. Por eso es importante que valoremos los cambios de significados que ha producido el acceso de las mujeres al trabajo, a los estudios y a la política.
Estoy convencido que las consecuencias de estas incorporaciones son mucho más importantes de lo que, a primera vista, nos parecen. Fijaos cómo, gracias a esa presencia, están cambiando, no sólo nuestro trato con las mujeres, sino también nuestras maneras de contemplar la naturaleza y la sociedad, nuestras relaciones familiares, el valor del dinero, el significado del tiempo, el sentido de la actividad frente a la pasividad y la concepción de la moral, del derecho y de la política. Y es que la presencia y la actividad de las mujeres en dichas tareas han alterado de manera irreversible los modelos comunicación, de colaboración y de convivencia humana. Sí: han cambiado la vida de algunos -¿muchos?- hombres.
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