Durante mi estadía en el país del Sol Naciente no todo fue trabajar, los días libres que disponía, y eran muchos, daba mis escapadas a los pueblos y ciudades de la prefectura de Kanagawa y algunos días, me escapaba a Tokio para perderme entre sus barrios que eran casi pueblos por sus exageradas dimensiones. Primero los trenes de cercanías te ponían en contacto con la estación central de Tokio, Shinjuku, Ueno, Shibuya…dependiendo de la zona de Tokio a la que te fueras a dirigir.
No hay una forma más cuerda para visitar la capital nipona que hacerlo por zonas. Es la forma más económica y en la que menos notaras el cansancio de patear sus incontables calles. Dividir Tokio en cinco o seis zonas y dedicarle un dia a cada una de ellas, aunque para ser sincero repetí en varias de ellas por las sensaciones que me causaban al primer encuentro entre sus calles.
Shinjuku es una de mis preferidas por la diversidad de librerías, tiendas de arte y, a unos centenares de metros, está Omoide Yokocho: un pequeño barrio de calles estrechísimas adornadas de farolillos donde se amontonan de forma ordenada un sinfín de pequeños locales abiertos de comida japonesa donde degustar sushi, takoyakis o un buen cuenco de delicioso soba.

Shimokitazawa es el barrio bohemio de Tokio, es un barrio que se rige por normas municipales diferentes al resto de la ciudad, abren y cierran más tarde los locales debido a su rica y variada vida nocturna. Shimokita, como le suelen llamar los lugareños, respira un tempo más pausado entre sus calles, destacan sus tiendas de ropa de segunda mano, sus tiendas de antigüedades y sus cafeterías, sobre todo la favorita de Kiyoto y mía, ‘Les trois chambres’, una cafetería ambientada en los años veinte, llena siempre de bohemios y artistas donde ponen un café de alambique exquisito. Takeshita Street es la calle de compras por excelencia, siempre encuentro algo interesante cada vez que voy, aunque mi razón principal de pasar por allí es que está cerca de Harajuku, donde reside mi tatuadora Aya y, desde la primera vez que fui a Tokio, tengo por costumbre tatuarme cada vez que voy, es una especie de ritual.

Mis hijas y mi hijo son la única razón por la que piso Akihabara, el barrio tecnológico y ‘otaku’ por excelencia, un caos de ruidos de maquinas recreativas y megafonía de ventas mezclado con una ingente cantidad de luces de neón y carteles en caracteres ‘kana’ (caracteres japoneses) lo inunda todo. Ginza es el barrio más ‘chic’ de Tokio, donde las grandes marcas venden sus productos, con largas avenidas donde se pasean coches lujosos y la clase alta se dejan ver entre tiendas de lujo y cafeterías de moda. Los primeros domingos de cada mes cierran el tráfico rodado y la gente pasea tranquilamente atravesando las amplias carreteras. Ueno es esencial si lo que quieres es darte un largo paseo entre arboles en su enorme parque, aunque personalmente para entrar en contacto con la naturaleza prefiero ir a los bosques de Zushi en Kanagawa o ir más al norte a Fukushima aunque si no quieres salir de Tokio, Ueno es una buena opción. Shibuya es un compendio de una gran cantidad de cosas que puedes hacer en la ciudad, lo que necesites comprar allí lo encuentras.

Allí podrás pasar por el cruce más transitado del planeta, miles de personas lo transita diariamente y a unos pocos metros de allí la desgastada estatua de Hachiko, el fiel perro del profesor Hidesaburo Ueno, que se quedó esperándolo en la estación de Shibuya dia tras dia sin saber que su compañero humano había fallecido. Lo que poca gente sabe es que, en la Universidad de Tokio donde el profesor daba clases, hay otra estatua de Hachiko pero esta vez acompañado de su amado dueño.
Asakusa es un distrito al que guardo cierto cariño, fue mi primer contacto con Tokio. Una noche lluviosa, sin móvil, intentando llegar al hostal guiado por un japonés borracho, los dos empapados, me tuvo andando en círculos una hora con la mochila a cuesta antes de decirme que se había perdido, dio una cabezada pegado a un muro y, como si se hubiera acordado de algo, sacó su móvil del bolsillo y me preguntó el nombre del hostel. Llamó, balbuceó algo en japonés que no entendí y un diluvio después vino una chica japonesa muy amable que resultó ser la recepcionista del hostel. Al llegar calado hasta los huesos, yo aún llevaba los ojos como platos, sorprendiéndome, como un niño, con cada detalle que procuraba asimilar. Aún hoy en dia, conociendo mejor la ciudad, me sorprendo de los lugares escondidos y de esas pequeñas cosas que hacen del pueblo nipón una cultura extraordinaria.
Japón me dio una segunda oportunidad la primera vez que fui y Tokio me vio renacer. Una parte de mí, como una piel dañada, quedó para siempre allí: el miedo.






