La teatrera España, como escribió Valle-Inclán, por eso quizás tengamos ese arsenal de dramaturgos, ha vuelto a utilizar lo escénico como espacio donde confrontar actitudes, posturas e ideologías, incluso aquellos que deberíamos haber encerrado con siete llaves en el baúl de los olvidos.
Hace unas semanas, la ocasión fue motivada por ese guiñol que el Ayuntamiento de Madrid contrató para que unos jóvenes granadinos a los que la derechona ya se adelantó a calificarlos de anarquistas, representaron lo que es habitual en estos teatritos de cristobitas: muñecos que se muelen a palos unos a otros, tal como está sucediendo entre nuestros políticos. Otra vez, la incultura cogió el rábano y con sus hojas ha vuelto a flagelar a la pobre alcaldesa Manuela, responsabilizándola del espectáculo y hasta de hacer loa del terrorismo. Y lo han pensado incluso los señores ministros. Yo no sé cuánto aguantará Manuela, pues pienso que sólo una voluntad de servicio al ciudadano le está haciendo resistente e impidiendo mandar todo al carajo.
- “¡Aquí os quedáis -hubiera dicho otro- con la quesera corrupta y que os haga partícipe de sus manipulaciones!”
Recientemente he formado parte de un tribunal de tesis doctoral en la Universidad de Sevilla. Para los que sean ajenos, les informaré que en estos momentos se cumple el plazo que el Ministerio dio para la presentación de doctorales inscritas hace años. Esa caducidad, que ha cogido a muchos por sorpresa, está dando como resultado una verdadera lluvia de tesis, algunas auténticos churros, que ni irán a la imprenta, ni las valorarán para optar a la beca Cajal.
La tesis a la que acudí, magnífica, trataba sobre “El teatro universitario sevillano, de 1940 a 1970”, aventura que viví en los sesenta, compartiendo con muchos compañeros, algunos de los cuales han sido buenos profesionales del arte de Talía. Fueron tiempos de silencio en las galerías de las Facultades, transitadas por la policía secreta del régimen, de la que se decía que oían como los tísicos. No obstante, los gritos de protestas solían salir de aquellos escenarios improvisados en las aulas, pasillos y patios. Por ello, leer las cuatrocientas páginas de este trabajo han sido para mi como un revival de un pasado al que he regresado con entusiasmo y nostalgia.
Aquel fue un teatro de jóvenes, siempre en combate con una tropa de censores, puestos que ocuparon viejos falangistas casi analfabetos, y curas de los de sotanas largas, libidinosos hasta la médula, tan incultos como sus compañeros vigilantes. Revisaban línea a línea; verso a verso, por si hasta Lope o Tirso se prestaban a interpretaciones tendenciosas contra el franquismo. Incluso sospecharon de “Platero y yo”, de Juan Ramón. El hecho escandalizó al poeta: “Pero , si es la historia de un burrito”.
“Sí, argumentó el Ministerio de Información y Turismo, más no hay que confiarse, pues hasta un animalito de peluche, como ese, puede ir relleno de dinamita”. ¡Y que Camilo José Cela, durante un tiempo, se dedicase a este oficio...!
Triste época donde se vigilaba todo lo que pudiera ser leído o representado, trayendo en consecuencia la rebelión. Y fue la cultura la que reclamó libertad ante cualquiera que pretendiera podar la inteligencia. Los dictadores y sus muchos acólitos olvidan que lo que para ellos es un ideario que pretende que se asuma como solución a una realidad, la que construyen a su manera, para otros pueda ser una imposición que merece combatirla. El caso es que entre el poder y la cultura se acaba, irremediablemente, en una radicalización cuando la libertad de expresión corre el peligro de ser castigada con la misma cárcel, que fue lo que determinó un juez para los titiriteros de Granada. ¡Qué peligroso resulta que aquello que no se corresponda con el ideario de un régimen, haya que aniquilarlo!. Los nuevos censores (ministros incluidos) no han sabido deslindar la ficción de la realidad, optando por pasar a lo inmediato que es guillotinar el pensamiento. Ha vuelto a demostrarlo el Ayuntamiento de Cartaya (de independientes, más PP), suspendiendo la representación ya contratada para abril, de la obra “La mirada del otro”, texto que plantea nada menos que la redención de un etarra, arrepentido de su etapa criminal. A la España teatrera mojigata, beata e hipócrita, la reconciliación y la misericordia, no entra en los postulados de la convivencia. Se prefiere seguir utilizando a los muertos, como incitadores al voto.
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