Los atentados ocurridos en Francia han sacudido a la sociedad. Ha sido París, pero podría haber sido cualquier otro lugar del mundo. Es así de sencillo, del terrorismo nadie se salva. No se trata de buscar explicaciones, ni de concluir que esto pasa por tal o cual acción.
Es puro terrorismo: arrebatar la vida al otro es un asesinato. Nadie está por encima de otro individuo para creerse con la potestad de hacer algo así, ni matar a 1 ni matar a un millón. Asistimos a una situación delicada, una situación en la que no valen los mensajes prefabricados, esos que siempre se dicen en momentos como éste, esos que parecen enlatados, que se adaptan a una situación que estamos viviendo ahora pero que tristemente conocemos de hace tiempo.
Los asesinos, esos que de manera organizada decidieron arrebatar las vidas de 129 personas, dejando a casi 400 más heridas, algunas de ellas en estado crítico, son criminales. Nada más que eso. No cabe explicación, no cabe buscar razonamientos porque, sencillamente, estamos ante una situación de barbarie y sin razón como nunca vistos.
Ante situaciones de este tipo hay quienes, de manera interesada, intentan colar mensajes, intentan convertir esto en un conflicto, en una guerra abierta entre unos y otros, en una cuestión de ideologías y religiones. No. No es tan complicado, es algo mucho más sencillo: hablamos de terroristas, hablamos de criminales. Nadie que no lo sea se tiene que defender, ni nadie tiene el derecho a buscar generalizaciones equivocadas ni conclusiones a todas luces erráticas. Todos somos Francia porque todos debemos estar contra estos crímenes.





