Hemos perdido el norte. Es imposible entender cómo ante una tragedia mayúscula alguien puede responder con insultos. Es imposible asimilar cómo ante los miles de fallecidos y heridos uno puede responder con odio. Pero los humanos somos así, capaces de lo mejor y de lo peor. Nos movemos en extremos que provocan vergüenza.
Marruecos, la población marroquí, vive uno de los golpes más duros. Frente a la solidaridad en mayúsculas demostrada en muchos ámbitos asoman esos grupos radicales capaces de boicotear un minuto de silencio o de refugiarse en la red de los cobardes para, en muchos casos con perfiles falsos, atacar, insultar y vejar a todo un pueblo.
Las imágenes son tan duras y los datos solo aproximados que es una vergüenza para la humanidad en general que haya quien, ante esto, solo ofrezca como reacción posible la del odio mezclando política y religión con este desastre.
Nadie es capaz de asegurar que todo haya terminado. Ante el peor terremoto registrado llega el temor a las réplicas y a nuevos desastres que salpicarán, como siempre sucede, a quien menos tiene, al pobre, al que lo ha perdido todo.
Que el rey de Marruecos sea un dictador, que le importe bien poco la situación de su pueblo es un debate al margen, es un debate manido y conocido porque vemos a diario lo que sucede en la frontera, las muertes y desapariciones de quienes huyen de su país por no encontrar futuro mientras su rey no ofrece alternativas ni suspende sus vacaciones en el norte.
Somos artistas en mezclar cosas quizá porque haya quienes tengan que buscar una vía, un canal para sacar el odio a relucir hasta el punto de utilizar una tragedia para ello. Hasta eso llegamos y fíjense, llega un momento que incluso somos capaces de asimilar que exista ese odio, que se extienda y permanezca. Dormidos como sociedad, callados, sin respuesta dejamos que se mezcle como si nada.






