Acodada sobre siete colinas la ciudad vestía aún todo su azul radiante. El sol de poniente ahogaba sus ascuas de luz en el verdinegro mar de mares. Relucían las barcas hinchadas en su interior por la pesca generosa, y los hombres, con su piel tostada, bruñidos y encerados por la sal de los días y las noches, sonreían mostrando entre las comisuras de sus labios quemados la efímera llama de un cigarrillo fumado a contraluz.
Mientras tanto, Dios lo contemplaba complacido, y maravillado, se decía a sí mismo: «¡Qué hermosa ciudad de muelles dibujados al atardecer, de río de gente laboriosa, comerciantes de las cuatro culturas, de viejas y hondas raíces ancladas en el tiempo. Si yo quisiera crear de la nada otras ciudades, tomaría esa noble esencia, y en el yelmo eterno de mi divinidad, refundiría su molde depositándolo después en mil tierras venturosas!»tienen una segunda oportunidad y tú puedes formar parte del cambio.





