Las ‘redes suciales’ las carga el diablo. Las carga con la maldad de personas que solo buscan crear polémica a base de mentiras, sin controlar las consecuencias de sus acciones. Lo que antes era el chismorreo de barrio ahora cobra unas dimensiones imparables que, en momentos críticos, puede dar lugar a la histeria colectiva. En estos días se ha linchado a un joven de Ceuta del que se han difundido imágenes. Se le ha identificado como el causante de contagios masivos, situándolo en una fiesta en la que no estuvo y usando una imagen antigua para intentar disfrazar esa asistencia. Desde ese momento se le ha llamado criminal, cobarde, terrorista, se le ha deseado la muerte a él y a toda su familia y se ha empezado a alimentar un daño gratuito contra todos ellos. La bola ya nadie la para y en la amplia mayoría de los teléfonos móviles ha llegado el típico mensaje con la foto del supuesto malo y la leyenda del ‘vamos a por él’ traducida de las miles de maneras que puedan imaginarse. Nada es verdad y será la Policía la que termine aclarando el origen de esa bola para actuar contra quien ha promovido todo esto.
Paralelo a esta difusión masiva de fotografías se está haciendo lo mismo con mensajes de todo tipo en los que aparecen los listos de la clase: esas personas que dicen saberlo todo porque supuestamente estuvieron en la fiesta y conocen los nombres de los asistentes. Entonces empiezan a difundir que si estuvieron peces gordos de Ceuta, que todo se va a tapar, que se quiere ocultar lo ocurrido, que si en casas de la ciudad tienen escondidos a positivos porque son de familias importantes... La escalera de la maldad sube un escalón cuando a esos mensajes se les va añadiendo identidades e incluso se amenaza con la difusión de fotografías que deben tener un valor inmenso porque las están intentando quitar de la circulación para que nadie las vea. Como guinda al pastel del despropósito aparecen los que han sido testigos, los que dicen que “sus fuentes” les han confirmado la verdad absoluta que los medios de comunicación quieren tapar y hasta los hay que realmente se creen sus propias mentiras entregándose a la enfermedad colectiva del odio. A esos niveles nos toca movernos. Y esto no cesará si la presión social no arremete contra unas prácticas a base de concienciación. Porque no todo vale.






