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Soy un síndrome

Por Carlos Antón Torregrosa *
30/05/2026 - 07:29
clase-instituto
Imagen cedida
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Termina el curso y comienza la selectividad. Estos últimos días han sido agónicos también para los profesores: cansancio extremo, acoso del alumnado respecto a las notas, visita de padres que nunca se acercaron por el instituto, recuperaciones, más recuperaciones, subida de notas, más subida de notas, lloros de los discentes, ataques de ansiedad, reclamaciones, a este sí y a mí no, ¿Le puedo hacer un trabajo? No me da la nota para la carrera que quiero cursar.

Luego lleva la evaluación y ahí hay de todo, como en botica. Lo que he visto, oído y callado a lo largo de 34 años para mí se queda, desvelarlo hubiera puesto poner en riesgo mi pellejo.

Lo cierto que la vida pasa como un huracán dejando un reguero de crisis existenciales, docentes y emocionales que te hacen dudar de lo que haces, del sistema educativo y de las leyes que lo sostienen.

A mí, que ya nadie me echa cuentas pues soy de la edad de Matusalén y digo lo que pienso, termino con síndromes que he ido desarrollando con el paso de los cursos, tal vez uno, tal vez varios contenidos en una muñeca rusa, tal vez seamos un síndrome con piernas que anda de acá para allá como "la falsa monea, que de mano en mano va y ninguno se la quea".

La RAE nos dice que un síndrome es un conjunto de signos y síntomas que aparecen juntos y definen un estado clínico o trastorno específico. A diferencia de una enfermedad, cuya causa exacta, un síndrome describe un grupo de características observables sin tener necesariamente una única causa.

Vayan algunos de mis síndromes, aunque he de reconocer que sufro el síndrome de abstinencia cuando se acaba el curso pues la enseñanza es lo que me mantiene vivo en este mundo mundial. También es posible que padezca el síndrome de Estocolmo, una reacción psicológica en la que se desarrolla una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo con los alumnos como respuesta de supervivencia.

Freud conmigo tendría un Potosí pues soy todo un síndrome complicado de definir. Ahí van, para que los psicólogos y psiquiatras investiguen sobre ellos.

El síndrome de oír voces cuando los alumnos dicen que están callados. Es muy parecido a la esquizofrenia pues escuchas frases, gritos y risas; ellos dicen estar callados como muertos.

Síndrome del cuello de garza: no parar de mover el cuello pues crees que los alumnos se organizan para copiarse y no logras descubrirlo.

Síndrome de la manía persecutoria. Te persiguen para saber la nota, para ver si has corregido, para convencerte que los apruebes...

Síndrome del móvil escondido, llegas a creer que los alumnos están cargados de móviles hasta las orejas y confundes cualquier objeto con el teléfono.

Síndrome de la indiferencia, llegar a pensar que a los alumnos le importas un comino cuando termina el curso.

Síndrome del profesor chiflado, pensar que los chicos te ven poco centrado, desequilibrado, que no tienes idea de la asignatura y que evalúas como te da la gana.

Síndrome de Cotard, creen que has muerto o pertenecer a un plano de la realidad que no se corresponde al del resto de personas pues no te ven, no te escuchan, no sienten tu cercanía cuando entras en clase, como si fueras invisible. nunca

Síndrome de la niña del exorcista suele suceder cuando una clase se te va de las manos; los síntomas son convulsiones, movimientos de cuello, paroxismo, gritos satánicos y levitaciones cuando el cuerpo se queda sin paciencia y te crees poseído por el diablo.

Y así, de síndrome en síndrome, comienza la selectividad. Puedes creer que si algunos alumnos no dan pie con bola tú eres el culpable.

Lo mismo tengo el síndrome de que me he escapado del psiquiátrico y me hago pasar por profesor y los chicos son los médicos.

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Comentarios 1

  1. Divorcio Express comentó:
    hace 5 meses

    Interesante artículo. Gracias!

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